Zanzibar (9)
Zanzibar (9)

Zanzibar (9)

 

Dejamos el hostal a las 6 de la mañana. Otro taxista ha venido a buscarnos. En recepción nos aseguran que es de confianza, aunque hubiéramos preferido a Bakari. Vamos a la terminal de ferrys, a la oficina de Azam Marine. Aquí compramos el billete de ida a Zanzibar por 35$. El precio para residentes es de 25000 tzs, bastante menos. Hay bastante gente esperando para coger ferry, mucho turista sobre todo.

El ferry es impresionante: tiene dos plantas y varias zonas (económica, bussines y vip). A los extranjeros nos dan automáticamente la zona bussines. Tarda una hora y media en llegar a Stone Town, la capital de Zanzibar.

Al llegar nos preguntan por la vacuna de la fiebre amarilla. Yo no la tengo porque me dijeron en Vacunación Internacional que no era necesaria, explico que vengo de España y me preguntan si he visitado algún otro país antes, le digo que no y me dejan pasar sin comprobar nada más. Después hay que rellenar un formulario de inmigración, nos sellan de nuevo el pasaporte y entramos a Zanzibar.

Nos recogen en la terminal de ferrys para llevarnos a nuestro alojamiento en Nungwi. Pensábamos ir en dala dala pero hemos conseguido un taxi por 20$ a través de Marbella, el guía local con el que contacté desde España tras leer múltiples recomendaciones en un foro de viajes, y con el equipaje nos resulta más cómodo así. El trayecto dura aproximadamente una hora. Por el camino observamos que el panorama, aunque similar al del interior, parece algo mejor. Lo que sigo viendo es mucha basura en todas partes. Nos preguntamos si no tendran basureros, la verdad es que no hemos visto contenedores en ninguna parte.

Llegamos a Nungwi. Nos alojamos en Cocoa Guesthouse, que resulta ser una especie de casa privada que alquila habitaciones con baño. No es gran cosa, pero tenemos las playa a menos de un minuto, lo cual es justo lo que queríamos. Bajamos directamente a la playa (al final coger el ferry tan temprano nos ha venido bien porque ahora tenemos todo el día por delante). La playa es alucinante. Arena blanca y fina, aguas cristalinas de color turquesa… Increíble. Parece una de esas imágenes que salen en los anunciones de vacaciones en el Caribe. La luz es cegadora, tenemos que volver a la habitación a por las gafas de sol y la gorra. Además, para ponernos crema. No hemos estado ni cinco minutos en la playa y ya se nos nota la marca de la camiseta. Tremendo.

Paseamos un rato y nos bañamos. En esta zona abundan los resorts, que realmente parecen estar muy bien. Vemos mucho turista y a los famosos beach boys, chavales que te ofrecen excursiones o tratan de venderte cosas por la playa. A veces resulta un poco pesado que te vayan parando cada cinco minutos, pero por lo general son bastante amables y resulta divertido intercambiar con ellos algunas palabras en español, conocen sobre todo frases hechas y resulta muy curioso escucharles decirlas.

Decidimos subir al pueblo a comer ya que los sitios de playa nos parecen demasiado orientados al turismo, en oferta y precio. El panorama aquí es más parecido a la Tanzania que conocemos: casas destartaladas, suciedad, niños jugando en las calles, gallinas… También vemos a muchas mujeres, incluso a niñas pequeñas, tapadas con velo. Se nota que esta isla es musulmana.

Vemos varios sitios que parecen tener comida, pero no tienen ningún cartel ni nada que lo indique, así que tampoco sabemos qué hacer. Finalmente vemos un par de sitios en los que si hay un menú, escrito en swahili, en la puerta. Nos decidimos por el pilau, carne con arroz, que al menos sabemos lo que es. En el primer sitio, bien porque no nos entienden o bien porque pasan, nos dicen que no. Hapana. En el segundo sí que tenemos suerte, nos sientan en una mesa con otro hombre. El lugar está lleno de locales y de moscas. Un ventilador repiquetea en el techo. Preguntamos el precio del plato de ugali. Nos dicen que 1000 tzs, pero inmediatamente rectifican a 2000. La tasa mzungu. Vamos, el precio para extranjeros. Somos conscientes desde el principio de que estamos pagando de más por absolutamente todo, pero mientras no sea algo exagerado tampoco nos importa.

Comemos y regresamos a por la cámara de fotos y a echarnos más crema. El sol aquí pega muy fuerte. Vamos a bajar caminando por la playa hasta Kendwa, la que dicen que es la playa más bonita de la isla.

Alternamos el paseo con un par de baños para sobrellevar mejor el calor. Pasamos por un par de resorts con playa privada que parecen muy lujosos. En uno de ellos nos piden que pasemos rápido porque están grabando un vídeo con drones.

Llegamos a Kendwa. La playa está muy animada, hay mucha gente joven jugando al voleibol y música en los chiringuitos. Un tipo nos ofrece un coco por 10000 tzs, pero después de negociar nos lo deja en 2000. Más tarde nos lo ofrece otro beach boy por 500, pero ya es tarde, se lo habíamos comprado al primero.

Tenemos sed, pero en los puestos de la playa nos piden 2000tzs por una botella de agua pequeña y estamos ya un poco hartos de que nos estafen. Un chaval viene a hablar con nosotros, nos dice que el nos compra la botella, que le demos 1000 tzs que es el precio para locales. Al principio no nos fiamos mucho, pero nos deja su móvil como señaly terminamos por aceptar, aunque sólo sea por ver qué sucede. Le damos el dinero y cinco minutos más tarde vuelve con la botella.

Charlamos un rato con él, tiene una tienda en la playa. Nos cuenta que es de Arusha y que ha venido aquí a buscarse la vida vendiendo souvenirs y artesanía en la playa. Es muy simpático. Finalmente acabamos comprándole unos llaveros e intercambiando los datos de contacto.

Caminamos un poco más hasta el final de Kendwa y volvemos, tememos que haya subido demasiado la marea… Y, efectivamente, así ha sido. Al pasar el segundo resort privado, vemos que no hay playa ya. Tampoco hay salida por tierra ya que la playa limita con una especie de acantilado, no muy alto pero imposible de escalar para nosotros, así que no nos queda otra que pasar por el agua. Nos quedan unos 3 kilómetros para llegar a Nungwi. Al principio no cubre demasiado, así que podemos pasar sin mucha dificultad porque el agua apenas nos llega a la rodilla, pero llega un punto en el que tenemos que echarnos la bolsa de la cámara a la cabeza y pasar nadando. Aquí nos agobiamos un poco, sobre todo cuando una esquina de la mochila se mete en el agua. Nos consuela ver que una pareja de turistas está igual que nosotros, al menos no somos los únicos.

Llegamos a Nungwi empapados, pero con la cámara a salvo. Nos sentamos en la playa a ver el atardecer y un señor mayor se nos acerca. Hace collares con conchas. Se sienta a nuestro lado un rato, es muy amable con nosotros. Nos gustaría comprarle algo pero hemos salido sin dinero. Dice que nos busca mañana al atardecer en la playa y me regala un collar antes de irse.
Image and video hosting by TinyPic Volvemos a la habitación y nos duchamos. Cuando vamos a salir a cenar descubrimos que está lloviendo. Bueno, más bien diluviado. Me pongo el chubasquero y salgo a buscar algo de comer. Todo está cerrado y no hay casi nadie por la calle. Empiezo a calarme y el suelo se está embarrando, no sé a dónde ir. Un tipo me ve y, como si me leyera la mente, me dice que hay un supermercado a la vuelta de la esquina. Cojo un paquete de galletas y unos zumos, no hay mucha más opción. Lo pago a precio de mzungu, pero no me apetece dar más vueltas y tengo hambre. Regreso a la habitación empapada, cenamos y nos vamos a dormir. Mañana nos espera el atolón de Mnemba.

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