Diario de la Costa Oeste (14): Santa Mónica y Venice Beach
Diario de la Costa Oeste (14): Santa Mónica y Venice Beach

Diario de la Costa Oeste (14): Santa Mónica y Venice Beach

Decidimos pasar nuestro último día en la playa, ya que se preveía una ola de calor considerable en LA. Acertamos de lleno, de hecho, llegamos a pasar hasta frío en Santa Mónica. Por la mañana estuvo muy nublado y hacía aire.

 

En Venice beach tuvimos bastante suerte, aparcamos en un parquímetro que alguien había dejado pagado para 1 hora más (fijaros siempre en esto, podéis tener suerte como nosotros y ahorraros unos dólares). Visitamos la playa, los canales y nos hicimos unas cuantas fotos. Los más valientes se bañaron, yo no me atreví porque el agua estaba muy fría. Menos mal que aprovechamos bien aquí porque Santa Mónica estaba hasta arriba de gente. Se conoce que todo el mundo había tenido la misma idea que nosotros. Bueno, eso y que era sábado.

En Santa Mónica aparcamos en el 1333 de Second St, un parking con tarifa plana de 6$ el día. Creo que entre semana eran otros precios, pero no me dio tiempo a fijarme bien.

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Dejamos el coche y fuimos al muelle, aunque con la niebla que había apenas se veía nada. Dimos una vuelta y decidimos dejar la playa para después de comer. Primero queriámos dar una vuelta por Third st Promenade, una calle de tiendas bastante grande. Hicimos algunas compras (como no), comimos y regresamos a la playa, donde los mismos repitieron baño y los demás nos quedamos haciéndonos fotos con las famosas torres de los socorristas. La tarde mejoró un poco respecto a la mañana, pero seguía haciendo fresco.

 

Habíamos quedado a las 7 para cenar con otra amiga a la que aún no había visto, Vicky y su novio, pero pillamos tal atasco a la salida de Santa Mónica que llegamos a las 8. Por suerte, habían decidido llevarnos a cenar a un famoso restaurante de barbacoa Koreana y llevaban una hora a la cola. Venían con dos amigos, Ivy y Daniel, que curiosamente, visitaban Madrid en dos semanas. Todavía nos tocó esperar media hora más hasta que nos dieron mesa, para que os hagáis una idea de lo popular del sitio. Solo os diré que, cuando salimos, aún había gente haciendo cola y el restaurante no dejó de estar abarrotado ni un solo segundo.

La barbacoa koreana consiste en una mesa con dos parrillas en las que la camarera te va cocinando la carne en directo. Esto acompañado por miles de salsas, ensaldas y platos varios, regado con cerveza y té koreanos. Comimos como si no hubiera un mañana, juro que si ni había un kilo de carne por persona no había nada. Era todo de cerdo y todo buenísimo. Yo si no lo veo no me lo creo, me dejó bastante alucinada el sitio.

De nuevo, fuimos invitados, por lo que no sé ni precios ni recuerdo el nombre del restaurante

Nos despedimos de mis amigos, de nuestro anfitrión Andrew y de LA esa noche. Con mucha pena, dejábamos Los Angeles, una ciudad que me había conquistado. No había leído nada bueno de ella, pero la hospitalidad de mis amigos y el aire cinéfilo que desprenden sus calles me enamoraron por completo.

A las cuatro de la mañana dejamos el apartamento rumbo al aeropuerto. Bueno, primero una parada para devolver el coche en Dollar. Por cierto, alucinante como lo tienen montado. Llegas, dejas el coche y hay un autobús esperándote para dejarte en tu terminal. Todo rapidísimo y súper efectivo. De sobresaliente.

El vuelo de vuelta bastante mal, para qué mentir. US Airways deja mucho que desear. De nuevo sin almohadas en el vuelo doméstico y en el trasatlántico nos ofrecieron pollo o pasta para cenar/desayunar o lo que correspondiese. Se conoce que todos se sabían ya lo del pollo incomible que ponen, así que al llegar a los últimos asientos del avión (los nuestros) solo quedaba pasta. La azafata lo insinuó pero luego dijo que en realidad sí que tenían pasta, pero que iban a tardar un poco en calentarla debido a un problema con el horno.

Casi una hora más tarde, nos viene diciendo que no tienen pasta. Eso ya fue la gota que colmó el vaso. Después de llevar horas sin pegar ojo, reventada de cansancio, muerta de hambre y con la espalda hecha polvo, no me pude callar. Tras una charla con la azafata, apareció la sobrecargo del vuelo y, de muy malos modos, me dio un plato de pasta muy indignada ella. Alucinante, de verdad. Me lo comí por no formarla más y porque no podía con mi alma, pero todavía no doy crédito al tema.

Por cierto, si voláis con Us Airways, no os sentéis al final. Aparte de que os dejarán sin comida, las pantallas de televisión están al principio del avión y son minúsculas, así que no veréis nada. Llevad vuestros propios cascos de casa porque los que dan se escuchan fatal y hacen muchísimo daño en el oído. Y llevaos la almohada del primer vuelo, que luego no veréis más.

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