Ereván: arquitectura soviética e historia (13)
Ereván: arquitectura soviética e historia (13)

Ereván: arquitectura soviética e historia (13)

 

Nos levantamos y desayunamos con calma. Tenemos un free tour reservado a las 10 y lo único que queremos hacer antes es visitar un antiguo pasadizo de la época soviética que está muy chulo. La pena es que mientras hacemos fotos nos escribe la chica del tour, cancelándolo porque está en la frontera ayudando a los refugiados de Artsaj.

El memorial del genocidio armenio

Rehacemos los planes, buscamos otro tour para por la tarde y cogemos un taxi hasta el memorial y el museo de las víctimas del genocidio armenio. El memorial es una estructura de hormigón muy simple pero que, curiosamente, transmite a la vez  una sensción de calma, seriedad y gravedad que consiguen un homenaje y recuerdo muy potentes. Está fantásticamente diseñado y nos parece un sitio que invita profundamente a la reflexión. El museo también cuenta muy bien la historia del genocidio armenio, cosa muy necesaria al ser un tema bastante desconocido (por lo menos para nosotros).

Durante la Primera Guerra Mundial, el Imperio Otomano llevó a cabo el Genocidio Armenio entre 1915 y 1923. Acusados de conspirar con las fuerzas enemigas, los armenios fueron sometidos a deportaciones masivas y atrocidades sistemáticas. Marchas forzadas hacia el desierto de Siria y Mesopotamia resultaron en la muerte de hasta 1.5 millones de armenios debido a ejecuciones, violencia sexual y condiciones inhumanas en campos de concentración. A pesar de la evidencia histórica y el reconocimiento internacional, el gobierno turco sigue negando oficialmente el término “genocidio”. Y esta es una de las mayores fuentes de conflicto entre ambos países, obviamente.

Arquitectura soviética en Ereván

Nos queda poco pendiente que ver en Yerevan, por lo que decidimos visitar antiguos edificios de la era soviética, de los que la ciudad está llena. Somos unos apasionados de la arquitectura soviética, y sobre todo del brutalismo. Muy al contrario de lo que la gente cree, este estilo arquitectónico se llama así por el uso visto del hormigón en sus edificacioens. El brutalismo  emergió en la década de 1950 y alcanzó su apogeo en la década de 1960 y se caracteriza por el uso de formas geométricas simples.

Se relaciona mucho con la Unión Soviética, pero lo cierto es que hay grandes exponentes del brutalismo en ciudades que no fueron ni remotamente soviéticas, como Ottawa, Marsella o Londres. De hecho, en Madrid tenemos una iglesia cerca de Nuevos Ministerios que es un ejemplo bastante bueno del brutalismo, Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Filipinas, o las famosas Torres Blancas de Avenida de América.

Cogemos un Utaxi hasta la antigua estación del funicular, que resulta estar abandonada y en unas condiciones pésimas, con basura y pintadas por todos lados. No investigamos mucho porque nos parece hasta peligroso, así que la dejamos de lado y nos vamos a la Sala de música, que está activa y en mucha mejor condición. Una cosa que nos encanta del brutalismo y de la arquitectura soviética es que no se limita a edificios religiosos o de la realeza, como sí suele pasar en otros estilos arquitectónicos como el gótico o el barroco, si no que se pueden encontrar edificios de uso público y popular como estaciones de metro, ayuntamientos o, incluso, edificios de viviendas.  Justo al lado está la estación de metro de Yeritasardakan, también de la época soviética y súper interesante.

Una visita guiada

La pena es que se nos está haciendo tarde, aún no hemos comido y vamos a llegar al tour justos de tiempo: bajamos hacia el centro -con un par de kebabs de Angus, un lamacun y un helado comunista de camino- y llegamos justos a la puerta del museo en la Plaza de la República. Aun así, parece que llegamos pronto o, más bien, nuestro guía llega tarde.

 

 

Y cuando llega, a la carrera, es todo un espectáculo. El tipo es rarísimo, por alguna razón que desconocemos, le toma manía a una chica alemana del grupo y se tira todo el recorrido lanzándole pullitas y comentarios dañinos sobre Alemania. La chica le confronta un par de veces, con la correspondiente tensión para todo el grupo. Aparte de eso, el tour en sí es bastante regulero porque no cuenta nada más que anécdotas personales y muy poca historia del país, cosa que para un tour de casi tres horas se hace pesada. La verdad es que todo termina siendo bastante raro y, sobre todo, muy incómodo.

Nos despedimos en el Cascade, donde vemos nuestro último atardecer (por lo menos por el momento) en Armenia. La verdad es que este espacio se ha convertido en un punto de referencia para nosotros, algo especial en la ciudad, y no solo por las fotos, sino también por el concepto y la idea con la que fue diseñado. Nos parece maravilloso porque está hecho para ser utilizado y disfrutado por la gente de esta ciudad, resuelve un problema mundano al interconectar los dos niveles de la ciudad y lo hace de una manera bonita, práctica y cultural. De verdad, no nos puede maravillar más la arquitectura soviética en ese sentido.

Cae la noche en la Plaza de la República

Bajamos cuando deja de haber luz y, por los pelos, imprimimos los billetes para mañana (aunque luego no nos harán falta).. todo mientras que pasa una manifestación por la calle principal (manifestación rápidamente disuelta por decenas de coches de policía), obviamente a favor de la liberación de Artsaj.

 

Nos vamos a cenar a Karas (nos pararon ayer por la calle y fueron muy majos, cosa nada habitual por estos lares) unas verduras a la parrilla, harisa y kebab y, después, nos vamos a la plaza de la República.

Esta vez, en vez de volver por el camino más corto, optamos por bajar por el parque Vardanyan hasta el Ayuntamiento… y menudo éxito: el espectáculo de fuentes que no hemos podido ver en la plaza principal por la situación en el país se compensa con las múltiples fuentes, que juegan entre ellas con chorros y colores, y las estatuas que las adornan.

Es una delicia de parque. De hecho, sin saber muy bien cómo, nos ha dado la media noche otra vez cuando llegamos al hostal. Eso sí, llegamos con la sensación de haber tenido una buenísima despedida… un hasta pronto más que un adiós, porque Ereván nos ha enamorado y no dudaremos en absoluto en volver si alguna vez surge una oportunidad. Es una ciudad increíble.