Mackenzie Country con bebé: lago Tekapo, lago Pukaki y los Clay Cliffs (Días 12 y 13)
Si hay una región de Nueva Zelanda que justifica por sí sola el viaje desde el otro lado del mundo, es el Mackenzie Country. Lagos de un turquesa imposible, montañas con nieve permanente, cielos declarados reserva de oscuridad internacional y una calma que cuesta encontrar en cualquier otro sitio. Lo visitamos en dos días con la peque, con lluvia, con sol y con una ruta de tierra que mereció cada bache.
Día 12: Christchurch → Tekapo → Pukaki → Clay Cliffs
La carretera hacia el sur: campos, montañas y el cambio de paisaje
La peque ha dormido nueve horas del tirón. Salimos descansados, que es una novedad en este viaje. Cogemos el coche y tomamos la carretera hacia el sur. Hace fresco y llueve. Más tráfico del que esperábamos para una carretera que cruza la isla en medio de la nada: furgonetas de campistas, coches de alquiler y algún camión. Pasamos por campos y más campos hasta que el paisaje empieza a cambiar de manera brusca: la llanura se acaba, el horizonte se cierra y aparecen las montañas.
Paramos a comer en un mirador justo cuando entramos en el Mackenzie Dark Sky Reserve. El Mackenzie Basin es una de las pocas reservas de cielo oscuro del mundo reconocidas por la International Dark-Sky Association, lo que significa que la contaminación lumínica es tan baja que de noche se puede ver la Vía Láctea a simple vista. El Observatorio del Monte John, en el lago Tekapo, organiza visitas nocturnas que reservamos pero que al final no pudimos hacer por las nubes. Si podéis, apuntadlo.
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Mucho viento en el mirador. Paran muchos turistas y campers. Después de la Great Ocean Road, donde a veces nos sentíamos casi solos, aquí hay una presencia turística más visible, aunque nada agobiante.
Lago Tekapo: el azul que no esperabas
El lago Tekapo es de ese color turquesa que en las fotos parece retocado y en persona sigue pareciendo retocado. La explicación es la harina glaciar: partículas muy finas de roca molida por los glaciares que quedan en suspensión en el agua y reflejan la luz de una manera que no tiene equivalente en la naturaleza no glaciar. Solo lo habíamos visto así en los Dolomitas. El contraste con las montañas nevadas al fondo es de impacto directo.
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Dejamos el coche en el parking y vamos andando hasta la iglesia Church of the Good Shepherd, el icono fotográfico del lago. Está llena de gente: autobuses de excursiones organizadas, tours de chinos y japoneses, parejas buscando el encuadre perfecto. La iglesia en sí es pequeña, de piedra, construida en 1935 como homenaje a los colonos del Mackenzie. Fotogénica, sí. Diferente de verdad, no tanto. Es bonito pero entre la cantidad de gente y que al final el edificio es discreto, la expectativa supera un poco a la realidad.
El lago, en cambio, no defrauda desde ningún ángulo.
Lago Pukaki: el que más nos gusta
A cuarenta minutos al sur está el lago Pukaki, y es aquí donde nos quedamos sin palabras. Las montañas son más altas, el agua igual de turquesa pero el lago más grande, y hay mucha menos gente. Al fondo, perfectamente encuadrado al final de la carretera que bordea la orilla oeste, el Monte Cook —Aoraki en lengua maorí—, la montaña más alta de Nueva Zelanda con sus 3.724 metros.
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Aoraki significa «nube que atraviesa el cielo» en maorí, y para el pueblo Ngāi Tahu es el ancestro más sagrado: no una montaña, sino un antepasado convertido en piedra. El parque nacional que lo rodea lleva su nombre doble —Aoraki/Mount Cook— desde que en 1998 el gobierno neozelandés acordó con los Ngāi Tahu reconocer oficialmente el nombre maorí.
Son las 16:00 y no nos da tiempo a hacer la ruta del Monte Cook. Lo dejamos para mañana.
Los Clay Cliffs: la sorpresa del día
En vez de buscar alojamiento en la zona cara del parque, nos desviamos hacia los Clay Cliffs antes de ir a dormir. Son varios kilómetros de carretera de grava desde la carretera principal hasta una cerca. Los Cliffs son terreno privado y la entrada cuesta $10 neozelandeses: se puede pagar en efectivo o por transferencia, aunque la transferencia lleva comisión bancaria que supera el precio de la entrada. No llevamos cambio. Llega otro coche y nos cambia. Problema resuelto.
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Más kilómetros de grava y baches, luego un rato andando. Pero merece cada sacudida: los Clay Cliffs son agujas de arcilla erosionada que se elevan desde el suelo seco en formas que no hemos visto en ningún otro sitio. Parecen columnas de un templo antiguo diseñado por alguien con mucha imaginación. Con la luz de última hora de la tarde, el color de la arcilla —entre el beige y el ocre— es espectacular. Muy original, muy poco masificado y muy fácil de subestimar en una guía.
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En vez de quedarnos por la zona cara del lago Pukaki esa noche, conducimos hasta Otematata, un pueblo pequeño donde los precios son cuatro veces más bajos. Recogemos las llaves en el bar del pueblo —ambiente muy americano de película de los años 50—, hacemos cena tranquila y salimos a ver las estrellas un rato. Se ven bien. A la peque, que tiene diez meses, le encantan.
Día 13: La ruta del Monte Cook bajo la niebla (y luego con sol)
La segunda mitad del Pukaki, con todo despejado
Nos levantamos sin prisa. Volvemos hacia el lago Pukaki para llegar al Monte Cook por la orilla oeste. El camino arranca con niebla y nubes bajas que no prometen nada. Pensamos que no vamos a ver gran cosa. Pero a mitad del lago el cielo empieza a abrirse, primero despacio, luego todo a la vez: los picos aparecen sobre el agua turquesa y el Monte Cook se muestra en todo su tamaño. Así es como imaginábamos la Patagonia antes de haberla visto.
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Hooker Valley Trail: la ruta más bonita del viaje
Al llegar al pueblo de Mount Cook hay parking de pago con plazas limitadas. Todo el mundo aparca en el arcén. Nosotros también, con cierta duda, y empezamos el Hooker Valley Trail, la ruta más popular del parque.
El camino recorre el valle del río Hooker hasta un lago glaciar al pie del Monte Cook, con tres puentes colgantes en el camino. Hay mucha gente: autocares enteros de turistas organizados, familias, mochileros. El camino es fácil y está bien mantenido —apto para carritos, aunque hay un par de tramos que requieren cuidado—. La vegetación es curiosa: plantas de tallos altos parecidas a los tajinastes canarios que no hemos visto en ningún otro punto de Nueva Zelanda.
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Sale el sol y empieza a apretar el calor. Los puentes colgantes tienen un límite de 20 personas pero la gente no lo respeta demasiado. El camino llega hasta donde antes estaba el glaciar Hooker, que se ha retirado de manera dramática en las últimas décadas: las fotos de los años 70 muestran hielo donde ahora hay lago. El cambio es visible y contundente. Al final del camino señalado el glaciar sigue retrocediendo y el acceso queda cortado de manera abrupta.
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Comemos bocadillos con vistas al Monte Cook y volvemos. Pensamos en hacer también la ruta Kea Point pero hace demasiado sol para la peque.
La carretera hacia el lago Hawea: paisajes de Noruega e Islandia
Volvemos cogiendo coche y parando en miradores: Tapataia Mahaka, Peter’s Lookout y varios sin nombre señalizado. En varios puntos han talado extensiones enteras de pinos por ser especies invasoras. Nueva Zelanda tiene una política activa de erradicación de plantas y animales no nativos —incluidas algunas que llegaron hace siglos con los maoríes— para proteger los ecosistemas originales. El paisaje de árboles talados a gran escala resulta extraño al principio, pero tiene su lógica.
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La carretera hacia el lago Hawea es de montaña, estrecha y con curvas cerradas. Preciosa. Algunas rectas nos recuerdan a Noruega, algún valle a Islandia. Paramos en el Lindis Pass Summit, a 971 metros, con vistas panorámicas sobre colinas cubiertas de tussock —la hierba dorada que es el paisaje definitorio del interior de la Isla Sur—.
Llegamos a la casa de HomeExchange al final de la tarde. Barrio de casitas bajas, jardines sin vallas, vecinos que saludan. La casa está genial. Hacemos compra en el supermercado local —mucho más caro que el PakNSave de Christchurch, como ocurre en casi todo el interior de Nueva Zelanda— y ponemos lavadora. Por fin ropa limpia.
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Lo que aprendimos del Mackenzie Country
El Mackenzie es de esos sitios que conviene no meter en un día de paso. Los lagos, el Monte Cook y los cielos necesitan tiempo: tiempo para que las nubes se muevan, para hacer las rutas con calma, para quedarse a ver cómo cambia la luz. Dos días se nos quedaron cortos.
El consejo más útil: alojarse en Twizel u Otematata en vez de en el área del Mount Cook. Los precios son mucho más razonables y se llega al parque en menos de media hora.
Útiles para organizar tu viaje al Mackenzie Country
🚗 Coche de alquiler: imprescindible. Sin coche no hay manera de llegar a los Clay Cliffs, al Hooker Valley ni a los miradores del Pukaki. Comparamos precios con DiscoverCars. 🏨 Alojamiento: reservad fuera del área del parque para no pagar pr
ecios desorbitados. Twizel es la base más práctica. Buscamos opciones en Booking. Si tenéis cuenta en HomeExchange, hay intercambios interesantes en la zona de Wanaka y Hawea, que sirve perfectamente de base para el Mackenzie. 🛡️ Seguro de viaje: las carreteras de grava y los cambios de tiempo rápidos hacen que un buen seguro sea especialmente importante en esta zona. Viajamos con Heymondo con cobertura familiar.