Visitando el castillo de Himeji con nuestra bebé (19)
Visitando el castillo de Himeji con nuestra bebé (19)

Visitando el castillo de Himeji con nuestra bebé (19)

Nos Levantamos sin prisa. Hoy vamos a Himeji, una excursión que teníamos muy clara desde el principio del viaje. Está a algo más de una hora en tren rápido desde Osaka (el limited express, que en realidad es bastante normal, solo hace menos paradas). Afri, como casi siempre, se hace amiga de todo el vagón antes incluso de llegar.

Nada más salir de la estación, la ciudad se ordena sola ante nosotros. Una avenida amplia, recta, sin distracciones, y al fondo, perfectamente alineado, aparece el castillo. Incluso con la lluvia cayendo sin parar, la imagen es poderosa. Caminamos unos 20 minutos hasta la entrada, fijándonos en un detalle muy japonés que nos acompaña durante todo el viaje: las tapas de alcantarilla, aquí decoradas con motivos mecha, casi sacados de Gundam. Hasta lo cotidiano parece pensado para contar algo.

Hay poca gente. Se nota enseguida que Himeji queda fuera del circuito turístico rápido, ese que conecta Tokio, Kioto y Osaka sin apenas desviarse. Eso le da a la visita un aire distinto, más calmado, menos teatral.

El castillo de Himeji: poder, prestigio y supervivencia

Sacamos la entrada combinada, pagando solo 50 yenes más para incluir los jardines Kōko-en. No sabemos todavía que será una de las mejores decisiones del día.

Nada más entrar, un señor mayor voluntario se nos acerca y nos ofrece una visita guiada en inglés. Aceptamos casi por intuición, y acertamos de lleno. Durante casi dos horas y media, nos explica no solo el castillo, sino buena parte de la historia de Japón de una forma cercana, clara y sorprendentemente amena.

No hemos encontrado visitas en español, pero si no hay ningún voluntario el día de tu visita, sí que hay bastantes opciones en inglés.

El Castillo de Himeji no era una residencia al uso. Vivir allí sería incómodo e impráctico. Su función principal era militar y simbólica: un enorme depósito de armas, un centro de control y, sobre todo, una demostración de poder. Fue completado a comienzos del periodo Edo, cuando Japón entraba en una larga etapa de estabilidad bajo el shogunato Tokugawa. Ya no se trataba solo de defenderse, sino de mostrar prestigio y dejar claro quién mandaba.

Cada detalle responde a una lógica defensiva fascinante: suelos inclinados para que el aceite hirviendo no salpicara a los defensores, huecos estratégicos para disparar o lanzar proyectiles, el uso de bambú para colgar la munición, pilares construidos a partir de dos árboles enteros ensamblados cuando no existían troncos lo bastante grandes. Incluso la estructura está pensada para absorber terremotos, algo fundamental en un país sísmico como Japón.

Lo más curioso es que, pese a todo ese despliegue, el castillo nunca fue atacado. No porque no hubiera conflictos, sino porque su mera presencia ya cumplía su función. Himeji era una advertencia silenciosa.

¿Por qué este castillo sigue en pie cuando casi todos desaparecieron?

Aquí llega una de las claves históricas más interesantes del día. La mayoría de castillos japoneses no han sobrevivido. Durante la Restauración Meiji, a finales del siglo XIX, Japón decidió romper de forma radical con su pasado feudal para modernizarse y evitar convertirse en una colonia occidental. Los castillos, símbolos del poder samurái, fueron demolidos, abandonados o reutilizados.

Más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial, muchos de los que quedaban fueron destruidos por los bombardeos. Himeji se salvó casi de milagro: varias bombas cayeron cerca, una incluso atravesó el techo… y no explotó.

A diferencia de otros castillos reconstruidos en hormigón, Himeji ha llegado hasta hoy prácticamente intacto, conservado mediante trabajos periódicos de mantenimiento y blanqueado que le devuelven su aspecto original. De hecho, había sido blanqueado recientemente, y su blanco brillante destaca incluso bajo el cielo gris. No es casual que se le conozca como el Castillo de la Garza Blanca.

Salir de allí con todo este contexto cambia por completo la mirada. No estás viendo solo un castillo bonito, estás viendo una excepción histórica.

Visitar Himeji con un bebé: lo que debes saber

El castillo de Himeji es perfectamente visitable con un bebé, pero debes tener una cosa en cuenta: el castillo en su interior está repleto de escaleras, que son las que dan paso a las distintas plantas y salas. Es decir, para recorrerlo necesitarás una mochila de porteo o llevar a tu bebé en brazos, aunque esto último no es lo más recomendable porque las escaleras son bastante empinadas y subirlas con un bebé en brazos puede resultar peligroso. Piensa que son escaleras de madera, estrechas y voladas.

Los jardines y la parte exterior del castillo sí se puede visitar con carrito, aunque no nos parece lo más cómodo porque también hay alguna escalera. Si tu bebé no aguanta el porteo, quizás esta pueda ser una buena opción porque, sin duda, las vistas del castillo desde los jardines merecen mucho la pena.

Jardines Kōko-en: la calma después de la fortaleza

Bajamos a comer a un FamilyMart con mesas, que ya sentimos casi como parte inseparable del viaje. Nos despedimos del castillo de la forma menos solemne posible: pizza, Famichiki y cerdo al curry japonés. Funciona.

Después entramos en los jardines Kōko-en, y aquí llega otra sorpresa. El recinto agrupa varios jardines de estilos distintos, organizados en torno a estanques, senderos y pequeñas construcciones tradicionales. Cada uno responde a una estética concreta y a una función distinta. Imaginamos que cada jardín luce más en una estación del año, pero incluso así, con lluvia y luz plana, el conjunto resulta precioso y profundamente sereno.

Es el contrapunto perfecto al castillo: menos grandioso, más íntimo, más humano.

Regreso a Osaka: miradores, despedidas y pequeños rituales

Con el atardecer, regresamos a la estación y volvemos a Osaka, combinando un tren normal con uno rápido. Ya en la ciudad, el plan se relaja: buscar terrazas escondidas en los centros comerciales de la estación principal. Existen, y ofrecen vistas estupendas sin pagar entrada, algo que en Japón siempre se agradece.

Vemos que en Corea va a hacer bastante frío, así que parada técnica en Uniqlo para compras de emergencia. Luego intentamos cerrar el día como merece: localizamos un 551 Horai en la estación… pero solo sirve para recalentar. Probamos en otro cercano… no queda nada. Vamos a un tercero, ya casi cerrando, y conseguimos nuestra cena sobre la campana: Butaman y saquitos. Despedida perfecta.

Buscamos la noria, pero está apagada. Decepción, frío y resignación. Improvisamos y vamos al Umeda Sky Building. Para subir al edificio no se paga: cambiamos de ascensor, llegamos a la planta 35 y cruzamos las escaleras mecánicas suspendidas en el aire, una de esas escenas tan japonesas, entre lo futurista y lo surrealista. Subimos y bajamos varias veces. Las vistas son espectaculares. Confirmamos algo que ya intuíamos: en Japón, hackear miradores suele ser mejor que pagar entradas.

Antes de volver al apartamento, pasamos por el supermercado para comprar desayuno y comida para el día siguiente. Nos pasamos… y con el dinero justo no podemos pagar. Quitamos unas patatas, añadimos un persimón, y salimos con 8 yenes de sobra. Japón otra vez: incluso los finales improvisados salen exactos.


Epílogo: Japón, mirado desde más abajo

Este día en Himeji resume bastante bien lo que ha sido nuestro viaje por Japón. Un país que parece hiperorganizado, pero que se entiende mejor cuando te paras. Que impresiona por su estética, pero sobre todo por su historia. Que puede ser abrumador en los grandes iconos… y profundamente humano en los márgenes.

Viajar por Japón con un bebé nos ha obligado a bajar el ritmo, a aceptar desvíos, a renunciar a listas interminables de “imprescindibles”. Y, sin darnos cuenta, eso nos ha permitido mirar de otra forma. Más despacio. Más cerca. Más abajo.

Japón no nos ha sorprendido por lo espectacular —que también—, sino por lo cotidiano: la amabilidad silenciosa, los detalles pensados para convivir, la forma en que pasado y presente no compiten, sino que se superponen.

No ha sido el Japón de los 22 años, ni el de las redes sociales. Ha sido otro distinto. Y quizá por eso, más real.

Y ahora sí, con la sensación de haber cerrado un ciclo, hacemos la mochila para el siguiente país. Corea nos espera.

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