Rumbo a los Alpes Japoneses: lluvia, niebla y hospitalidad inesperada
Amanece lloviendo. Compramos algo de comida y llegamos con tiempo a la estación de autobuses. Aquí ya notamos que entramos en otro Japón: en el bus todos los asientos están asignados, incluso el de la bebé, por el que nos han hecho pagar billete completo.
Durante el trayecto nos cuentan la historia del KitKat en Japón: cómo la marca se convirtió en un amuleto de buena suerte para estudiantes (“kitto katsu”, seguro que ganarás), y por qué existen cientos de sabores regionales.
Tenemos una parada de 15 minutos que, en la práctica, sirve para comprar comida. Al final, todo el mundo come en el autobús, algo que en la ciudad sería impensable.
El paisaje cambia por completo. Montañas enormes cubiertas de niebla, bosques densos, carreteras serpenteantes. El viaje se retrasa casi dos horas y media y llegamos a Takayama ya de noche. El pueblo está completamente apagado, sin apenas iluminación ni gente en la calle. Sensación de sitio “cerrado”.
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Un alojamiento que no esperábamos (pero que recordaremos)
Vamos al alojamiento y descubrimos que es un onsen. Llaman al dueño, que vive justo al lado.
La sorpresa es total: no es un hotel al uso, sino la casa de los propios señores, una vivienda tradicional japonesa. Nos alojan en las habitaciones de la planta superior, con paneles correderos, futones y suelo de tatami.
El baño es compartido. En ese momento, la familia está reunida cenando: siete personas, varias generaciones. El choque cultural es fuerte, pero el trato es muy amable. La habitación es enorme, nos incluyen desayuno, onsen y recogida de basura.
Nos duchamos y salimos a buscar algo para cenar, pero casi todo cierra a las 20:00. Entramos en un restaurante bien valorado, pero está lleno; reservamos para el día siguiente. En otro sitio muy auténtico el señor es bastante borde y nos exige pedir más comida.
Al final, FamilyMart y cena en casa. No es lo soñado, pero encaja con el día.
Takayama: mercados, tradición y vida rural
Desayunamos con calma. Aquí no hay prisa ni grandes distancias. El pan está sorprendentemente bueno. Salimos y cruzamos el puente rojo Nakabashi, uno de los iconos de Takayama, hacia el mercado matutino Jinya-mae.
Este primer mercado es muy pequeño, casi testimonial. Está frente al Takayama Jinya, antiguo edificio del gobierno local durante el shogunato Tokugawa. Tiene mucha importancia histórica —era el centro administrativo de la región—, aunque el edificio en sí resulta bastante sencillo.
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Calles tradicionales y mercados matutinos
Nos dirigimos a la zona más conocida: Sanmachi Suji, las calles tradicionales. Son muy bonitas, con casas de madera bien conservadas, pero están atestadas de gente y casi todo son negocios turísticos.
Probamos sake en la bodega Funasaka y un bollito ikinari de patata dulce y judías, delicioso.
Seguimos hacia el mercado matutino de Miyagawa, más grande y animado. Probamos miso, snacks de batata, setas, dulces… y compramos una manzana Hida. Mucho turismo. El paseo junto al río nos resulta algo decepcionante.
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Santuarios, descanso y carne de Hida
Llegamos al Santuario Sakurayama Hachiman, rodeado de árboles. Encontramos una especie de lounge gratuito en la calle para descansar, algo muy japonés. El santuario es bonito, tranquilo, con un árbol espectacular mostrando todos los colores del otoño.
Pasamos por el templo Takayama Betsuin Shorenji y bajamos por una calle comercial que recuerda un poco a una zona de playa española: tiendas, gente paseando, ambiente relajado.
Probamos carne de Hida en una ventanita: una brocheta por 500 yenes, el último trozo del día. Justo después cierran.
👉 La carne de Hida es una de las variedades de wagyu más apreciadas de Japón.
El ginkgo milenario y sushi sin ceremonia
Seguimos hasta el templo Hida Kokubunji, el más antiguo de la ciudad. El templo está bien, pero lo realmente impresionante es su ginkgo milenario:
1.200 años, 28 metros de altura, enorme y majestuoso. Un árbol que eclipsa cualquier edificio.
Salimos del centro y caminamos hacia una zona más industrial para comer en Hama Sushi. Recepción digital, cola organizada y mesa en 10 minutos.
Sushi en cinta individual, rápido, sabroso y sorprendentemente bueno. Platos pequeños que invitan a probar de todo. 23 platos, 4.300 yenes para cuatro personas. Barato y eficaz.
Hida no Sato: Japón rural al anochecer
Salimos algo tarde (15:15) y aceleramos para llegar a Hida no Sato, un pueblo tradicional trasladado aquí para su conservación. En octubre hacen iluminación nocturna, así que compramos un ticket combinado (900 yenes).
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Dejamos el carrito y recorremos las casas alrededor del lago. El entorno es precioso y hay bastante poca gente. Cada casa explica un aspecto de la vida rural japonesa:
el tejido de la seda, los molinos, los matrimonios, el uso de la madera, la organización familiar…
Los tejados de paja son impresionantes. También hay instrumentos antiguos para usar: zancos, pistolas de agua, juegos tradicionales.
Empieza a oscurecer y se ilumina solo la zona del lago. El resto queda en penumbra, con antorchas encendidas. El ambiente es íntimo y muy especial.
Vuelta a oscuras y cena final
Volvemos andando porque no hay autobús. Tampoco farolas. Está bastante oscuro, pero el paseo tiene algo mágico. Hacemos algunas compras —KitKats de sabores nuevos— y vamos a cenar a las 19:00 al restaurante que habíamos reservado el día anterior.
Pedimos noodles fritos tradicionales y carne de cerdo y pollo empanada y adobada. Todo muy rico y el trato, esta vez, excelente.
Regresamos a la casa, ducha, descanso y a dormir.
Takayama nos ha mostrado un Japón mucho más lento, doméstico y humano. Uno que no sale en los neones.