Llegada a Corea: del orden japonés al choque coreano
Madrugamos muchísimo para coger el tren exprés al aeropuerto a las 7:20, incluido en el JR Pass. Todo funciona como un reloj aquí, la verdad es que da gusto. Hay que coger un bus interno hasta la Terminal 2, algo que no teníamos del todo claro, pero sale bien.
En el control nos quitan una navajita pequeña. En teoría, cumple la medida para poder ir como equipaje de mano. Realmente ni recordábamos que la llevábamos, es un llavero que se nos olvidó dejar en casa. El policía es majísimo, intenta negociar con nosotros, pero no hay nada que hacer. Perdida. Pasamos sin problema agua y biberones, y nos sorprende que no hay control de aduanas para revisar los productos tax free. Todo el viaje preocupados y sin abrir nada de lo que habíamos comprado para esto… en fin.
El aeropuerto nos resulta raro: muy moderno, pero extraño. La zona internacional parece una simple sala de espera con solo dos puertas de embarque. La puerta B es aún más desconcertante: pasillos interiores que parecen de almacén, puertas ocultas… sensación de estar circulando por los intesticios del edificio.
El vuelo es low cost. La pequeñaja ni se entera; duerme casi todo el trayecto. A nosotros, en cambio, nos duelen bastante los oídos con la presión. Aterrizamos en Corea: un país más, otra cultura, otra lógica.
El control de fronteras es rápido y frío. Te llaman según el idioma del pasaporte, huellas, foto y listo. Funcionan como robots: ni una sonrisa. El aeropuerto, eso sí, es espectacularmente moderno.
Primeras impresiones de Seúl: una ciudad menos amable… al principio
Cogemos un bus antiguo, con tickets específicos para las maletas. Primer contraste fuerte con Japón: los coches ya no son pequeños ni cuadrados, aquí son “normales”, y se conduce por la derecha.
Nos bajamos en Gyeongbokgung, y el conductor nos tira literalmente la maleta al suelo. Es borde. Cruzar la calle es igual de desagradable: empujones, prisas, cero amabilidad. Primera mala impresión.
Paramos en un combini para preguntar por una SIM card. No nos entienden ni con traductor. En otro, más de lo mismo, aunque al final, con gestos y paciencia, nos indican cuál comprar. La cogemos y caminamos unos 20 minutos hasta el alojamiento. Sacamos dinero con comisión; empezamos a asumir que Corea no es tan cashless como parecía.
La casa aún no está lista por un problema de limpieza, así que salimos a dar una vuelta. Estamos frente a la Casa Azul, antigua residencia y oficina del presidente surcoreano, símbolo del poder político del país hasta hace muy poco.
Vamos al mercado tradicional de Tong-in. Tiene un aire algo turbio. Pedimos una tortilla que marca 3.500 won, pero al servirla nos dicen que son 10.000. Pasamos. Compramos brochetas de pollo: una al vino, muy picante, y otra de queso con teriyaki, buenísima.
Cuando por fin entramos en la casa, llega otra decepción: las fotos eran engañosas. Ducha rápida y a dormir. El día ha sido largo.
Palacio de Gyeongbokgung: historia, poder y espectáculo
Nos levantamos con calma y vamos al Palacio de Gyeongbokgung, el más grande e importante de Seúl y, durante siglos, el verdadero corazón político de Corea. Empezamos por la biblioteca y los estudios, una zona más discreta y tranquila donde aún hay poca gente. Aquí el ambiente es pausado, casi íntimo, y cuesta imaginar que este mismo recinto fue durante siglos el centro del poder absoluto del país.
A medida que nos acercamos al palacio principal, el escenario cambia por completo. Aparece muchísima gente, y gran parte de ella va vestida con hanbok, el traje tradicional coreano. No es casualidad: entrar al palacio es gratuito si vas vestido así, lo que ha convertido la visita en una mezcla curiosa de turismo, recreación histórica y sesiones de fotos constantes. Hay familias, parejas, grupos de amigos… y también bastantes hombres con el traje tradicional masculino, que resulta un tanto llamativo, con su sombrero transparente incluido.
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El palacio es enorme, y la comparación con la Ciudad Prohibida de Pekín surge casi sola. Grandes patios abiertos, edificios alineados con una lógica muy clara, ejes visuales pensados para imponer respeto y transmitir autoridad. Gyeongbokgung fue construido en 1395, poco después de la fundación de la dinastía Joseon, cuando Seúl —entonces llamada Hanyang— se estableció como capital. Durante más de 500 años, Joseon gobernó Corea bajo un sistema profundamente confuciano, donde el orden, la jerarquía y la armonía con la naturaleza eran pilares fundamentales.
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Todo en el palacio responde a esa filosofía: la sobriedad de los colores, la simetría, la ausencia de excesos. No busca deslumbrar con ornamentos recargados, sino imponer con escala, proporción y silencio. A lo largo de su historia fue destruido varias veces, especialmente durante la invasión japonesa del siglo XVI, y más tarde durante la ocupación japonesa del siglo XX, cuando muchos edificios fueron deliberadamente demolidos. Lo que vemos hoy es el resultado de una reconstrucción muy cuidada, que intenta respetar el diseño original y recuperar el simbolismo perdido.
Aun así, el conjunto impresiona. Es majestuoso sin ser ostentoso, fotogénico sin necesidad de artificios, y transmite muy bien la idea de poder que la dinastía Joseon quiso proyectar durante siglos.
Al salir, entramos en el Museo Nacional del Folklore, situado dentro del mismo complejo. Aquí el foco cambia por completo: pasamos del poder real a la vida cotidiana. Hay una pagoda y una especie de barrio recreado con comercios y escenas típicas de los años 70 y 80, una Corea mucho más cercana en el tiempo, marcada por la posguerra, la industrialización acelerada y los cambios sociales brutales.
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Nos parece especialmente interesante porque ayuda a entender que Corea no es solo palacios y tradiciones ancestrales, sino también un país que ha vivido transformaciones extremas en muy poco tiempo. Salimos con la sensación de haber recorrido, en apenas unas horas, varios siglos de historia condensados en un mismo lugar.
Con la peque la verdad es que much
Bukchon Hanok Village: belleza y conflicto vecinal
Buscamos dónde comer por la zona de Hwa-dong, pero la cosa no fluye. Entramos en un restaurante y, sin demasiadas explicaciones, nos dicen que no. No sabemos si es por el carrito, por la hora o simplemente porque no quieren complicarse. Tenemos hambre, cansancio acumulado y pocas ganas de insistir, así que acabamos en un sitio más occidental, un brunch sin sorpresas ni picante. No es memorable, pero cumple su función.
De postre vemos un cheese egg bread por 2.000 won y lo compramos casi por inercia. Esponjoso, caliente y muy rico. A veces Corea acierta más en la comida improvisada que en la planificada.
Seguimos hacia Bukchon Hanok Village, el famoso barrio de casas tradicionales rehabilitadas que aparece en todas las guías. Antes de llegar, preguntamos por una SIM card en un punto de información turística. Nos mandan al 7-Eleven. Vamos… y es mentira. No tienen. Ni saben. Poca ayuda real, más bien una forma rápida de quitarnos de encima.
El barrio está bonito, no hay duda. Las casas hanok conservan esa estética tradicional tan fotogénica, con madera, tejados curvos y callejuelas en pendiente. Pero el ambiente es extraño. Hay carteles por todas partes, vecinos vigilando, personal municipal controlando horarios y normas muy claras: turistas solo de 10:00 a 17:00. Fuera de ese margen, multa. No hablar alto, no sentarse, no molestar. Se percibe una tensión constante entre quienes viven allí y quienes vienen a mirar.
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Bukchon es una zona residencial real, no un decorado, y lleva años sufriendo una turistificación extrema. Al final, todo se concentra en una única calle, completamente saturada. Gente haciendo fotos, posando, repitiendo los mismos encuadres una y otra vez. Bonito, sí, pero incómodo. Más un parque temático vigilado que un barrio vivo.
Por suerte, un poco más adelante encontramos un supermercado grande que sí vende SIM para viajeros. A la primera no funciona. A la segunda, sí. Internet por fin. Un pequeño triunfo cotidiano que, después de tanta fricción, se celebra casi como una victoria.
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Changdeokgung y Changgyeonggung: palacios más tranquilos
Entramos en el Complejo del Palacio de Changdeokgung, uno de los cinco grandes palacios de Seúl y Patrimonio de la Humanidad. Desde el primer momento se nota la diferencia con Gyeongbokgung: hay menos gente, el ritmo es más pausado y el ambiente resulta mucho más agradable. Changdeokgung fue construido a comienzos del siglo XV por el hijo de un rey que había abdicado, en un momento delicado para la dinastía Joseon, y quizá por eso su diseño es menos grandilocuente y más introspectivo.
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Lo que realmente distingue a este palacio es su integración con el entorno natural. A diferencia de otros complejos palaciegos, aquí los edificios no imponen su presencia al paisaje, sino que se adaptan a la topografía, respetando colinas, árboles y desniveles. Es una arquitectura más confuciana, más en armonía con la naturaleza que con la exhibición del poder.
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La sala principal es impresionante, elegante y equilibrada, sin excesos decorativos. Paseamos entre pabellones mientras vemos a muchas parejas vestidas para sesiones de fotos de boda, una escena que se repite en casi todos los palacios coreanos y que refuerza la idea de estos espacios como lugares vivos, no solo monumentos históricos.
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Pagamos 1.000 won adicionales para acceder al Palacio de Changgyeonggung, que está conectado con el conjunto. Este, en comparación, resulta bastante más flojo. Tiene menos encanto y menos coherencia arquitectónica, y se siente más como una ampliación que como una visita imprescindible.
Al caer la noche, el recinto se ilumina suavemente y están ensayando una obra de teatro, lo que añade un punto interesante al paseo. Como nota práctica —y muy relevante viajando con bebé— encontramos cambiadores con esterilizador y pañales, algo que empezamos a comprobar que es bastante habitual en Corea. Un detalle que dice mucho de cómo están pensados los espacios públicos y que, en mitad del cansancio del día, se agradece más de lo que parece.
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Insa-dong y un encuentro inesperado
Paseamos tranquilamente hacia Insa-dong, uno de los barrios culturales de Seúl, lleno de galerías, tiendas de artesanía y espacios creativos. Por el camino paramos en Unhyeongung, una antigua residencia real algo menos conocida que los grandes palacios. Hay una actividad nocturna y entramos casi por curiosidad, sin demasiadas expectativas.
La sorpresa es total. Resulta que el espacio está siendo utilizado por una ONG artística, y nos reciben con los brazos abiertos. Son amabilísimos, se interesan por el viaje y flipan literalmente con la pequeña. Nos invitan a quedarnos, a participar, a mirar de cerca lo que están haciendo. La distancia fría que habíamos sentido en otros momentos del día desaparece de golpe.
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Han llevado a un calígrafo y un pintor de tinta china bastante conocidos, y, casi sin darnos cuenta, nos están escribiendo y pintando un ave fénix como regalo. Nos explican su significado: renacimiento, transformación, continuidad. Todo encaja demasiado bien con el momento que estamos viviendo. Es uno de esos instantes inesperados que no salen en ninguna guía y que justifican por sí solos el viaje.
Aquí, definitivamente, nos reconciliamos con Corea.
Salimos a cenar comida típica coreana: gimbap, mandu y dumplings, sencillo, barato y muy rico. Nada sofisticado, pero reconfortante. Por fin conseguimos una T-Money en un 7-Eleven —eso sí, a precio turista— y la recargamos en efectivo. Bus de vuelta al alojamiento, ducha rápida y a dormir. Mañana será otro día.
Cheonggyecheon, Myeongdong y la Seúl contemporánea
Al día siguiente bajamos hasta la puerta principal de Gyeongbokgung para ver el ensayo y el cambio de guardia real. Suena música tradicional, hay coreografías medidas y uniformes muy llamativos. Es curioso de ver, aunque resulta menos marcial y solemne que su equivalente japonés. Aquí todo parece más teatral, más pensado para el espectador que para imponer respeto.
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Desde allí descendemos por Saemunan Avenue, una de las grandes arterias de la ciudad. El ambiente es intenso: muchísima policía, escenarios montados, exhibiciones de taekwondo, muestras de cultura tradicional y varias manifestaciones políticas. Vemos pancartas contra Trump, otras a favor de Estados Unidos y referencias constantes a la cumbre Asia-Pacífico. No tenemos claro si esta presencia policial tan fuerte se debe a la cumbre, a la cercanía de embajadas importantes —como la de Estados Unidos o Israel— o si simplemente forma parte del paisaje habitual de Seúl. En cualquier caso, la sensación es de ciudad en tensión permanente, muy consciente de su posición geopolítica.
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Llegamos al Cheonggyecheon Stream, uno de los proyectos urbanísticos más emblemáticos de la ciudad. Cuesta creer que este arroyo de más de 8 kilómetros estuviera hasta hace no tanto enterrado bajo una autopista elevada. Hoy es un canal abierto que atraviesa el centro financiero, rodeado de rascacielos, y convertido en un espacio público amable y sorprendentemente tranquilo. Hay gente paseando, sentada en las orillas, leyendo, descansando. Encontramos incluso una biblioteca pública al aire libre. Nos sentamos un rato y leemos un cuento a África. El contraste con el tráfico y el hormigón de apenas unas calles más arriba es enorme. Aquí, Seúl respira.
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Seguimos hacia Myeongdong, el epicentro absoluto de la cosmética coreana. Calles llenas de tiendas, luces, reclamos y personal ofreciendo análisis faciales gratuitos. Entramos, probamos, compramos. Cremas de todo tipo, algunas muy buenas. Aprovechamos también para comprar pañales en el Lotte, que no deja de ser una especie de Corte Inglés pijo a la coreana: grande, ordenado y bastante caro, pero efectivo cuando necesitas algo concreto.
Subimos después al Jeongdong Observatory, una cafetería en lo alto de un edificio con vistas preciosas: por un lado, los tejados y jardines del palacio; por el otro, los edificios modernos que definen el skyline de Seúl. Es uno de esos lugares donde se entiende bien la superposición constante de épocas en la ciudad.
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Bajamos al Palacio Deoksugung, más pequeño y menos espectacular que los anteriores, pero interesante por su mezcla de arquitectura tradicional coreana y edificios de estilo occidental, reflejo de un momento muy concreto de la historia del país, cuando Corea intentaba modernizarse a marchas forzadas para resistir la presión extranjera. El entorno está animado: mercadillos, actuaciones culturales, presencia policial y actos relacionados con la cumbre. No es el palacio que más nos impresiona, pero encaja bien como cierre del paseo.
La sensación al terminar el día es clara: Seúl es una ciudad de capas, donde la historia, la política y la vida cotidiana conviven sin disimulo, a veces de forma caótica, pero siempre intensa.
Dongdaemun y la Seúl futurista
Cogemos el metro hasta el Dongdaemun Design Plaza (DDP), uno de los grandes iconos de la Seúl contemporánea. El edificio, diseñado por Zaha Hadid, destaca ya desde fuera por sus formas imposibles, casi orgánicas, que contrastan con la geometría dura de los edificios vecinos. Dongdaemun fue durante siglos una zona de murallas y puertas defensivas; hoy es uno de los centros creativos y culturales de la ciudad, un buen ejemplo de cómo Corea ha reinterpretado su pasado sin renunciar a una imagen futurista.
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Por dentro, el DDP es una maravilla arquitectónica: curvas continuas, espacios fluidos que se encadenan sin apenas ángulos rectos y una iluminación nocturna que convierte el conjunto en algo casi irreal. Parece un pequeño universo propio, más cercano a una nave espacial que a un centro cultural. Paseamos sin rumbo fijo, simplemente dejándonos llevar por el espacio, que invita a moverse despacio y mirar hacia arriba.
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Salimos con hambre y cenamos en un sitio famoso por sus fideos fríos, un plato muy típico de Corea, especialmente popular en verano. Las raciones son enormes, como casi siempre aquí, y todo está muy rico y reconfortante después del día largo.
Antes de volver a casa, regresamos al Cheonggyecheon, ahora iluminado. El ambiente es completamente distinto al del día: más íntimo, más silencioso. Hay gente paseando, parejas sentadas charlando, grupos pequeños tomando algo. El agua refleja las luces de los edificios y el paseo se siente seguro y agradable.
Volvemos caminando hasta el alojamiento. Se nos hace tarde, pero no importa. Hay noches en las que la ciudad te invita a quedarte un poco más, y esta es una de ellas.
Último día en Seúl: calma antes de partir
Nos levantamos tarde, sin remordimientos. Lavadora puesta, lluvia cayendo sin parar y un día que invita a bajar revoluciones. Cogemos el bus hasta City Hall y, nada más llegar, el panorama es completamente surrealista: toda la avenida principal está llena de sillas, gente cantando, micrófonos, pantallas gigantes y un ambiente que recuerda más a un telepredicador que a un acto urbano europeo. Hay muchísima gente participando, todo muy animado y perfectamente organizado. Corea tiene estas cosas: de repente, la calle se convierte en escenario.
Corea del Sur es uno de los países con mayor proliferación de nuevos movimientos religiosos del mundo. Aunque oficialmente es un país con libertad religiosa, el cristianismo evangélico coreano (especialmente el protestante radical) tiene una presencia enorme y muy visible en el espacio público.
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Tras la Guerra de Corea (1950–53), el país quedó devastado. En ese contexto de pobreza extrema, trauma colectivo y ausencia de un Estado fuerte, las iglesias evangélicas ocuparon un vacío social: ofrecían comunidad, ayuda material, sentido vital y una narrativa de salvación. Muchas crecieron de forma explosiva a partir de los años 60 y 70, coincidiendo con la industrialización acelerada del país.
Algunas de esas iglesias evolucionaron hacia movimientos sectarios con líderes carismáticos, discursos apocalípticos y estructuras muy jerárquicas.
Seguimos caminando y entramos a comer en un restaurante taiwanés. Las raciones son enormes, bastante más grandes —y con mejor pinta— que en las fotos. Noodles, carne, arroz… todo abundante y muy rico. En Corea esto será una constante: se come mucho y bien, incluso en sitios sencillos.
Después paseamos por el barrio financiero, avanzando casi sin darnos cuenta en dirección a Gangnam, hasta que cogemos el metro hacia el Mercado de Namdaemun. Llegamos cuando están empezando a cerrar, pero aún nos da tiempo a probar un hotteok, ese bollito relleno de azúcar, canela y frutos secos que se come caliente y que reconcilia con cualquier día lluvioso.
Desde allí seguimos hacia Seoullo 7017, una antigua autopista elevada reconvertida en parque urbano. El proyecto recuerda inevitablemente al High Line de Nueva York, pero con personalidad propia. Hay plantas típicas coreanas, bancos, miradores, un piano público que alguien se anima a tocar y unas vistas curiosas: por un lado la estación de tren antigua, por otro la nueva, y debajo una avenida descomunal de 20 carriles. Al atardecer, con la lluvia aflojando, el paseo resulta especialmente agradable.
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Bajamos por Mallidong, una especie de escultura urbana hecha de escaleras y plataformas que conecta distintos niveles del barrio. Es uno de esos espacios que no sabes muy bien cómo clasificar, pero que funcionan sorprendentemente bien.
Entramos después en un supermercado inmenso, abarrotado de gente. Aquí encontramos por fin la misma leche de fórmula que usamos en España, lo cual nos da una tranquilidad enorme. Aprovechamos para cenar allí mismo: mandu de varios tipos y gimbap, barato, rápido y riquísimo. Un descubrimiento inesperado y muy acertado.
Volvemos a subir a Seoullo, ahora completamente iluminado. El ambiente es tranquilo, gente paseando sin prisa, parejas charlando, grupos pequeños sentados. Cogemos el bus de vuelta y, por fin, llegamos a casa a una hora razonable.
Antes de cerrar el día, pasamos también por la Starfield Library, una biblioteca espectacular dentro de un centro comercial. Estanterías altísimas, luz cuidada y un diseño que impresiona. Hay bastante postureo y gente haciéndose fotos, pero aun así el espacio es tan bonito que se disfruta igual.
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Seúl se despide así: caótica, intensa, contradictoria… pero, poco a poco, cada vez más cercana.
Conclusión: Seúl, una ciudad que se gana poco a poco
Seúl no entra fácil. No es inmediata ni amable a primera vista. Es más dura, más caótica y menos complaciente que cualquier ciudad de Japón. Pero cuando bajas el ritmo, cuando aceptas sus contradicciones y te dejas llevar por lo cotidiano, empieza a revelarse.
Es una ciudad marcada por la historia, la ocupación, la guerra y una modernización brutal. Eso se nota en su carácter. Pero también es una ciudad viva, cultural, creativa, que sorprende cuando menos te lo esperas.
Con un bebé, Seúl se vuelve distinta: más parques, más centros culturales, más pequeños descubrimientos. No nos enamoró de inmediato. Pero cuando nos fuimos, ya la mirábamos con otros ojos.