El despertador suena a las 4:45, el madrugón más duro de todo el viaje con diferencia. Hoy toca excursión al Parque Nacional de Seoraksan, uno de los espacios naturales más importantes de Corea del Sur. El autobús sale a las 6:30 desde Myeongdong, así que casi cogemos el primer metro del día, que abre a las 5:30.
Llegamos con tiempo y compramos café en un kombini. Nos preocupa que alguien llegue tarde, pero aquí la gente es puntual: el bus sale exactamente a la hora prevista. Nos esperan 3 horas y media de trayecto, y no es exagerado: Seoraksan está al noreste del país, en la cordillera de Taebaek, cerca del mar del Este (Mar de Japón). Además, encontramos bastante atasco al llegar al parque.
Nos hemos decidido por una excursión organizada porque era la manera más práctica y cómoda de llegar a Seoraksan con un bebé. Además, la única opción que nos permitía ver el parque en un solo día.
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El Parque Nacional de Seoraksan: montañas sagradas y otoño en su punto justo
Seoraksan es uno de los parques nacionales más antiguos y venerados de Corea. Sus montañas han sido consideradas sagradas durante siglos, y el parque mezcla paisaje alpino, bosques de hoja caduca, templos budistas y rutas muy bien señalizadas.
Hay cuatro rutas principales, con tiempos y dificultad claramente indicados, lo que facilita mucho la organización. Tenemos que volver al autobús a las 15:10, así que solo podemos hacer dos recorridos.

Intentamos coger el teleférico nada más llegar, pero hay cola y el siguiente turno disponible es dentro de hora y media. Reservamos para las 13:00 y aprovechamos la mañana para hacer otra ruta.
Buda de la Unificación y ruta hacia Biseondae
Antes de empezar a caminar pasamos por el Buda de la Unificación, una enorme estatua de bronce levantada en los años 90 como símbolo de esperanza para la reunificación de las dos Coreas. Es grande, solemne y está colocada en un entorno muy tranquilo.
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Dudamos entre ir a las cascadas Biryong o a la roca Biseondae, y finalmente elegimos esta última. El paisaje es cárstico, muy similar al de Zhangjiajie en China: picos afilados, roca clara y vegetación densa.
El sendero discurre junto al río, entre árboles que ya están en pleno otoño. Los colores son intensos: rojos, naranjas, amarillos. Hay bastante gente, pero no se siente agobiante. Llegamos al mirador de la roca, aunque no subimos a la parte más técnica: no tenemos tiempo ni vamos en “modo experto”. En realidad, lo más bonito es el propio paseo. Ida y vuelta, con fotos, nos lleva unas dos horas muy agradables.
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Teleférico de Seoraksan: vistas sin esfuerzo
Nos queda media hora para comer, pero todo lo que vemos son restaurantes para sentarse y esperar, así que decidimos ir directos al teleférico con la idea de comer después. Y resulta que en la estación del teleférico sí hay comida rápida.
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Compramos unas salchichas con pan de arroz y unas bolas de pollo, que nos comemos en la misma cola. El teleférico es grande: subimos unas 50 personas en cada cabina. La subida dura apenas cuatro minutos, pero el paisaje se abre de golpe y es espectacular.
Arriba encontramos más puestos de comida, además de baratos. Probamos unos pancakes con miel que resultan estar deliciosos. Damos un pequeño paseo por la parte alta hasta el otro lado, donde se abren vistas preciosas de los picos cortantes del parque.
Nota para familias: el teleférico no es viable con carrito, aunque sorprendentemente la gente deja los carritos allí, sin problema. La ruta a pie sí se puede hacer con carro durante buena parte del recorrido, aunque no completa.
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Últimas fotos y despedida del parque
Bajamos con tiempo y volvemos a la zona del río para hacer las últimas fotos. El paisaje, con los colores del otoño reflejados en el agua, es realmente bonito. Hemos tenido suerte con el momento del año: Seoraksan en otoño está en su punto justo.
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Cogemos el autobús puntual. El guía es muy majo y nos deja de vuelta en Myeongdong.
Última noche en Seúl
Nos vamos directos al mercado nocturno de comida. Compramos dumplings, brochetas, pan de huevo, buns de vegetales y batata para la peque: su primer street food.
Volvemos en bus y entramos a un Starbucks para una taza tranquila. Mientras tanto, unas chicas juegan con nuestra hija y le regalan un llavero con luces. Pequeños gestos que se repiten durante todo el viaje.
Ducha, maleta… y a dormir.
Último día: despedida tranquila y vuelta a casa
Nos levantamos sin despertador. Lujazo. Dejamos las maletas en el apartamento y salimos a dar un último paseo. Pasamos por delante del palacio que hemos visto estos días: hoy la entrada es gratuita, como todos los palacios, mientras dure el APEC, y hay delegaciones por todas partes.
Entramos al Museo del Folclore, muy visual y bien pensado, aunque algo disperso. Luego volvemos al palacio, donde hay una representación de lucha tradicional, bastante chula.
Seguimos hacia un parque con esculturas al aire libre y muestras de fachadas creativas, una iniciativa urbana para reflexionar sobre cómo todas las ciudades tienden a parecerse.
La verdad es que nos hubiera gustado incluir la visita guiada al DMZ, pero al final lo descartamos porque no nos terminaba de convencer ir con la peque, pero podría ser una buena opción para completar una estancia en Seúl.
Barbacoa coreana y camino al aeropuerto
A las 12 vamos a una barbacoa coreana, con cierto miedo: en Corea muchas reseñas están infladas a cambio de regalos. Investigamos bien y esta parece fiable. Y lo es.
Pedimos carne de cerdo variada. Aquí cocinan ellos: la cortan en su punto y te explican cómo comerla. Nos llenan la mesa de entrantes. La ensalada está espectacular, la carne muy buena y hay refill de ensalada. El servicio es rapidísimo y muy eficiente.
A las 13:30 tenemos transporte contratado con Trip (por poco más que el bus), pero llega 40 minutos antes…¡y trae silla para la peque! Tomamos un café dalgona y salimos hacia el aeropuerto. Tardamos una hora.
Otras opciones para ir al aeropuerto incluyen el tren, que es bastante práctico para evitar atascos.
Aeropuertos, cunas y el regreso
Por el APEC llegamos con tiempo de sobra. En el check-in nos dicen que no tenemos cuna reservada. Reclamamos, protestamos y finalmente nos cambian de asiento. Nos dicen que la cuna la tenemos que pedir en Pekín.
En el control de seguridad, viajando con bebé, se puede pasar prácticamente de todo. Preguntan por la comida, pero no revisan nada.
Vuelo corto, con comida sorpresa incluida. Llegamos rápido, aunque los controles son largos. Esta vez ya tienen nuestras huellas registradas. Nos recoge un conductor y vamos a un hotel cerca del aeropuerto: fue muy bueno hace 30 años, ahora está algo dejado y huele a tabaco, pero sirve para ducharse y descansar.
Al día siguiente nos recogen a las 4:00. En recepción el empleado duerme tras el mostrador. En el aeropuerto nadie nos soluciona lo de la cuna, ni Trip tampoco, aunque nos dan una compensación. Controles lentísimos y poco pensados para viajar con bebé. Café caro.
Llegamos al avión… y hay cuna.
Volvemos a casa.
Epílogo: lo que nos llevamos de Japón y Corea
Japón y Corea no son destinos fáciles, ni rápidos, ni cómodos en el sentido occidental de la palabra. Exigen atención, paciencia y capacidad de adaptación. Pero también devuelven muchísimo a cambio.
Viajando con nuestra hija hemos aprendido a bajar el ritmo, a mirar desde otra altura, a valorar lo cotidiano. Hemos visto templos milenarios, paisajes salvajes, ciudades futuristas y personas que, sin hablar nuestro idioma, han sido increíblemente amables.
No ha sido un viaje perfecto. Ha habido frío, errores, cansancio y logística absurda. Pero ha sido real. Y eso, al final, es lo que más recordamos.
Volvemos distintos.
Y con muchas ganas de seguir viajando así.