Desayunamos tranquilos y cogemos la JR Loop Line, solo una parada, hasta llegar a Tenjin-bashi-suji. Nada más salir del tren entramos en una calle comercial techada larguísima, considerada una de las más largas de Japón, con varios kilómetros de tiendas, bares y pequeños negocios locales. A esta hora aún están abriendo persianas, sacando carteles y colocando cajas en la puerta. Nos gusta verla así, sin multitudes, con la ciudad arrancando el día.
Desde el principio notamos cierta tensión con el transporte. El metro no está incluido en el JR Pass y Osaka tiene muchas líneas privadas, estaciones con nombres parecidos y combinaciones poco claras. No es difícil, pero sí menos intuitivo que Tokio o Kioto, y con carrito se nota más.
Tenmangū y el Osaka menos turístico
Caminamos hasta el Santuario Tenmangū, dedicado a Sugawara no Michizane, una figura histórica del siglo IX que fue erudito, poeta y político, y que tras su muerte fue deificado como patrón de los estudios y el conocimiento. Por eso este santuario es muy popular entre estudiantes que vienen a rezar antes de exámenes importantes.
El templo está en obras, así que el exterior pierde bastante, pero el interior mantiene un ambiente tranquilo y recogido. Aquí no hay hordas de turistas ni disfraces: se respira un Osaka más local, más funcional, menos preocupado por la postal.
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Cruzamos el puente y llegamos a Nakanoshima Park, una isla alargada situada entre dos ríos, en pleno distrito financiero. Caminamos por el paseo arbolado, muy agradable, con gente paseando, leyendo o simplemente sentada mirando el agua.
Este parque es un buen ejemplo de cómo Osaka integra espacios verdes reales en zonas muy urbanizadas. No es espectacular, pero es cómodo, vivido y agradable, y nos da un respiro antes de volver a meternos en zonas más concurridas.
Castillo de Osaka: bonito por fuera, imposible por dentro
Llegamos al Castillo de Osaka, uno de los grandes símbolos de la ciudad. El parque que lo rodea es enorme, con varios fosos defensivos, murallas, puentes y zonas arboladas que empiezan a teñirse de los colores del otoño, aunque todavía falta para el momento álgido.
El castillo original fue construido en el siglo XVI por Toyotomi Hideyoshi, uno de los grandes unificadores de Japón. El edificio actual es una reconstrucción, ya que el original fue destruido varias veces a lo largo de la historia.
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Por dentro alberga un museo moderno, pero nos encontramos con más de 40 minutos de cola y, además, no permiten acceder con carrito, lo que implica dejarlo fuera. No nos compensa. Decidimos disfrutar del castillo desde fuera, que sinceramente es donde más luce.
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Paseamos tranquilamente entre los fosos y buscamos algo para comer en los restaurantes del parque, para no romper demasiado la ruta. Comemos un poke sorprendentemente bueno, con pescado crudo, ligero y perfecto para seguir caminando.
Tennoji y uno de los templos más antiguos de Japón
Cogemos el tren hasta Tennoji para visitar el templo Shitennō-ji, fundado en el año 593. Está considerado el primer templo budista estatal de Japón, construido cuando el budismo comenzaba a consolidarse en el país.
Hoy la entrada es gratuita, no sabemos muy bien por qué, pero entramos encantados. Dentro encontramos a un lama rezando, murales que representan la vida de Buda y una pagoda de cinco pisos a la que se accede descalzo. La subida en sí no tiene mucho interés, pero el conjunto del templo transmite antigüedad real, algo que no siempre se siente en edificios reconstruidos.
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Rodeando el templo hay un mercadillo de segunda mano, muy local y muy barato. Se venden todo tipo de cosas:
okonomiyaki por 150 yenes, kimonos por 500. Compramos dos kimonos casi por impulso. Es uno de esos momentos que no se planifican y que acaban siendo un recuerdo perfecto.
Damos un paseo por Tennoji Park, amplio y tranquilo, y desde allí cogemos el tren hacia Namba, uno de los corazones de Osaka.
Namba Parks y el Osaka moderno
Nuestra primera parada es Namba Parks, un centro comercial con jardines en la azotea que suben en terrazas. La idea es buena, pero una carretera elevada atraviesa la zona y tapa gran parte de las vistas. Una pena.
De ahí nos metemos de lleno en la zona comercial, empezando por Ebisu-Bashi-suji: una calle recta, interminable, llena de tiendas, gente y ruido, que desemboca directamente en Dotonbori.
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Dotonbori: excesos y neón
Dotonbori es una locura. Una mezcla entre Times Square y una feria permanente, con un río en medio y carteles gigantes por todas partes. El famoso letrero de Glico, la noria ovalada de Don Quijote, restaurantes que compiten por llamar la atención con figuras imposibles…
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Aquí todo es exagerado, sin complejos. Probamos takoyakis recién hechos y paseamos sin rumbo. Nos gusta. Es ruidoso, caótico y divertido, justo lo que esperábamos de Osaka.
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Hozenji Yokocho: un respiro inesperado
Buscando algo más tranquilo, nos desviamos hacia Hozenji Yokocho, un callejón estrecho y empedrado que parece sacado de otra época. Aquí el contraste con Dotonbori es total.
Entramos en el templo Hozen-ji, pequeño y cubierto de musgo, y aprovechamos para comer los famosos butaman buns de 551 Horai, considerados por muchos los mejores del país. Están espectaculares.
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Intentamos probar la tarta de queso de Rikuro Ojisan, pero la cola es infinita y las que no requieren espera están frías, así que lo dejamos.
Namba Walk y regreso
Volvemos a través de Namba Walk, un chikagai, es decir, una ciudad subterránea. En realidad es un enorme centro comercial bajo tierra que conecta cuatro estaciones de metro, con tiendas, galerías e incluso espacios de arte.
Llegamos al JR Namba, pero tenemos que volver sobre nuestros pasos para poder conectar con la JR Loop Line y regresar a la estación principal de Osaka. Nada es sencillo con el transporte hoy.
Supermercado, ducha, lavadora, secado improvisado en la ducha… y a dormir.
Osaka es directa, ruidosa y sin adornos.
No intenta gustarte: te arrolla.