Nos levantamos antes de las 7 de la mañana y ya hace calor. Hacemos un desayuno variado, a base de bollitos del konbini de turno, y, a las 8:00, salimos hacia Shinjuku para coger el tren a Nikkō, una de las excursiones clásicas desde Tokio. Nosotros decidimos ir por libre, pero hay excursiones organizadas a muy buen precio.
Desde Shinjuku solo hay un tren directo de ida al día, mientras que desde la estación del otro lado de Tokio (Asakusa) hay mucha más frecuencia. Aun así, preferimos salir desde aquí ya que nos resulta mucho más cómodo. Como ya vimos al llegar, la estación es un poco caótica, pero como ya nos la medio conocemos, en taquilla compramos rápido y descubrimos que está bastante bien indicado dónde coger el tren. Sale a las 9:34 en punto y tarda unas dos horas en llegar.
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👉 Dato práctico: este tren solo se puede pagar en efectivo, algo a tener muy en cuenta para la vuelta.
Una alternativa es coger el Nikko Pass, un pase ilimitado de tren para ir a Nikko desde Tokio.
Camino a pie y primer contacto con Nikko
Desde la estación se puede coger un shuttle bus, pero decidimos ir andando (unos 30 minutos) y aprovechar para ver el entorno. Paramos en un FamilyMart para comprar la comida: sándwiches japoneses de salmón, cerdo, pollo teriyaki… prácticos y baratos. Preferimos ir preparados por si nos encontramos con la típica zona turismo sin restaurantes o con restaurantes a precios muy elevados.
Hay bastante atasco en la carretera y, de hecho, casi llegamos antes andando que los coches. No sabemos si es habitual o por culpa de las obras que hay, que mantienen un carril completamente cortado.
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Llegamos al famoso puente Shinkyō, uno de los símbolos de Nikko, y aquí sentimos una pequeña decepción: está lleno de coches, cobran por cruzarlo y pierde bastante encanto. No es la imagen bucólica que uno imagina, con el puente rodeado de montañas. Más bien es un puente en medio de una carretera que, con un poco de habilidad fotográfica, parece estar ubicado entre montañas,
👉 Curiosidad: el puente Shinkyō es sagrado y solo podían cruzarlo los enviados imperiales y los monjes. Hoy se cobra entrada para preservarlo, aunque la carretera moderna le resta magia.
Subida al bosque y cambio de ambiente
En cuanto empezamos a subir por la montaña, todo cambia. El tráfico desaparece, entramos en el bosque, baja la temperatura y el ambiente se vuelve mucho más tranquilo. Comemos tranquilamente en un parking, el único sitio donde encontramos sombra, rodeados de árboles, antes de empezar la visita a los templos.
Rinno-ji: los tres grandes Budas
Primera parada: Rinnō-ji, uno de los templos principales de Nikko. Compramos una entrada conjunta que incluye también el templo Taiyū-in.
Dentro se encuentran los tres grandes Budas (Amida, Senju-Kannon y Bato-Kannon), de unos 7 metros de altura, que representan diferentes manifestaciones del budismo.
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Se accede por la base del edificio. Es de pago y no ponen sello, algo que nos sorprende. Pensábamos que los goshuin se encontraban en todos los templos, pero estamos viendo que no. Lo que se consigue con facilidad es el goshuin de pago, pero claro, si completas el libro con ellos te sale al final por un pico.
Toshō-gū: el mausoleo de Tokugawa Ieyasu
Seguimos hacia el plato fuerte de Nikko: el Santuario Toshō-gū, construido por el nieto de Tokugawa Ieyasu, fundador del shogunato Tokugawa, que gobernó Japón durante más de 250 años (periodo Edo).
Nada más llegar vemos la pagoda de cinco pisos, que simboliza los cinco elementos de la filosofía budista: tierra, agua, fuego, viento y vacío.
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Hay cola para sacar entradas y solo aceptan efectivo. Muchísima gente esperando. Y aquí de nuevo nos choca la modernidad que se presupone que existe en Japón y la realidad, ¿realmente no se puede habilitar una plataforma para comprar la entrada online? Evitaría una cola innecesaria.
El santuario es espectacular: relieves de monos, elefantes imaginados (los artesanos nunca habían visto uno real), templos a varios niveles y una decoración extremadamente detallada.
👉 Aquí están los famosos tres monos sabios: “no ver el mal, no oír el mal, no decir el mal”.
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La puerta principal es impresionante, pero el exceso de visitantes hace que la experiencia sea algo agobiante.
Para entrar en algunos edificios hay que descalzarse y no se pueden hacer fotos en el interior.
Subimos por escaleras y pasamos junto a la figura del gato durmiente (Nemuri-neko) hasta llegar a la zona donde se encuentra la tumba de Tokugawa Ieyasu, enterrado bajo una estupa en lo alto del complejo.
El templo del dragón… y una pequeña decepción
Al salir, entramos en otro templo incluido en la entrada. En el techo hay un dragón pintado que produce eco solo cuando se aplaude justo bajo su boca.
Un señor explica la historia en japonés mezclado con palabras sueltas en inglés, pero no se entiende casi nada. El discurso acaba pareciendo una especie de teletienda, con el supuesto monje intentando vendernos amuletos varios. Nos deja bastante fríos.
Futarasan y Taiyū-in: la sorpresa del día
Seguimos por un camino precioso, flanqueado por árboles enormes y linternas de piedra, hasta el santuario Futarasan. Desde fuera parece que no tiene mucho y decidimos no entrar.
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Justo al lado está el Taiyū-in, incluido en la entrada que compramos antes. Es el mausoleo del shogun Tokugawa Iemitsu, el nieto que mandó construir el Toshō-gū.
Al principio pensamos que nos habían estafado con la entrada conjunta… pero no.
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Sorpresa total: el Taiyū-in es precioso. No tan grandioso como Toshō-gū, pero mucho más tranquilo, con muy poca gente y una atmósfera mucho más auténtica. Nos gusta incluso más que el principal.
Carrera de vuelta y regreso a Tokio
Volvemos corriendo a la estación porque el único tren de vuelta sale a las 16:39. De nuevo, solo efectivo. Llegamos justos, pero bien.
Intentamos buscar un banco, pero no es fácil y muchos sitios no aceptan tarjeta. Probamos un pez gofre relleno de matcha, típico de la zona, y cenamos en un restaurante indio, con curris variados que nos saben a gloria después del día.
Regresamos caminando por la zona de Shinjuku, con sus luces, carteles y calles llenas de vida. Un contraste brutal con el bosque silencioso de Nikko apenas unas horas antes.