Kamakura desde Tokio en un día con bebé (6)
Kamakura desde Tokio en un día con bebé (6)

Kamakura desde Tokio en un día con bebé (6)

Nos levantamos un poco más tarde que otros días, lo cual se agradece. Aun así, empezamos con una pequeña aventura: nos confundimos de línea de metro, tenemos que volver sobre nuestros pasos y acabamos pagando un suplemento extra por el error. El tren a Kamakura cuesta 945 yenes, más ese pequeño “impuesto al despiste”. El pase de tren regional que incluye Kamakura es el Hakone Kamakura Pass.

Llegamos finalmente a Kamakura, antigua capital imperial entre 1185 y 1333, durante el llamado periodo Kamakura, cuando el clan Minamoto estableció aquí el primer shogunato militar de Japón. Fue el inicio del poder samurái y del declive del poder imperial en Kioto.
Hoy es una ciudad tranquila, costera, muy verde y llena de templos.


Komachi-dōri: calor, turismo y comida tentadora

Desde la estación caminamos por Komachi-dōri, una calle peatonal repleta de tiendas turísticas, dulces tradicionales y puestos de comida. Hay muchísima gente y hace mucho calor.

Aunque todo invita a picar algo, recordamos que está prohibido comer caminando por la calle, una norma social muy respetada en Japón. Aun así, el ambiente es animado y muy local.


Tsurugaoka Hachiman-gū: poder, clanes y decepción

Llegamos al santuario Tsurugaoka Hachiman-gū, el más importante de Kamakura, construido por el tercer shogun Minamoto y dedicado al dios Hachiman, protector de los samuráis.

La entrada está flanqueada por dos estanques cubiertos de plantas:

  • Uno dedicado al clan Minamoto

  • Otro al clan enemigo derrotado (los Taira)

Es un simbolismo muy claro de victoria y poder. Hay muchas excursiones escolares, lo que añade ruido y movimiento. El santuario está elevado sobre unas escaleras, pero nos resulta un poco soso y, además, no se puede entrar. Nos deja bastante fríos, sobre todo comparado con otros templos vistos estos días.


Comida de konbini y camino a Hasedera

Volvemos sobre nuestros pasos y compramos comida en un 7-Eleven, que hoy resulta un gran acierto:

  • Long bao de cerdo

  • Sushi de pollo con mayonesa

  • Bollito de pollo y queso

Simple, barato y muy efectivo. La verdad es que los konbinis son bastante socorridos y, a diferencia de este tipo de establecimientos en otros países, tienen productos de calidad que merecen la pena. No nos sorprende que causen sensación.

Desde allí vamos andando hasta Hasedera. Hay un pequeño tren eléctrico que te acerca, pero preferimos recorrer el camino a pie y disfrutar del entorno. Si os planteáis hacerlo en algún momento, ya os adelantamos que no tiene nada más que lo que se ve en esta foto: una calle larga con una acera estrecha y coches pasando.


Hasedera: espiritualidad, naturaleza y una visita que sí emociona

La entrada a Hasedera cuesta 400 yenes. Nada más llegar nos recibe una lámpara roja, un sello goshuin gratuito (detalle que se agradece) y una explosión de plantas y flores.

El templo está construido en la ladera de una montaña, rodeado de vegetación. El ambiente es fresco, tranquilo y muy agradable, algo que se valora enormemente con el calor que hace. La verdad es que resulta curioso pasear por este templo, bajo la atenta mirada de sus estatuas de piedra.

La primera zona que visitamos es la dedicada a la fertilidad y a los niños no nacidos o fallecidos (Mizuko Kuyō). Miles de pequeñas figuras se alinean una junto a otra. Cada año se renuevan y se sustituyen. Se calcula que puede haber hasta 50.000.Es un lugar que impresiona y remueve, aunque también nos genera cierta incomodidad la manera en que la religión convierte sentimientos tan íntimos en rituales organizados. En los templos de Japón es muy habitual ver pequeñas ofrendas (tablillas de madera, figuritas, conchas) que por un precio que ronda los 2000 yenes se pueden poner, con un deseo escrito, en algún altar del templo. Esto no deja de ser, bajo nuestro punto de vista, una forma de monetizar la fe y no nos resulta en absoluto agradable, más aún cuando se juega con familias que han perdido un hijo y se apela a su fe para sacarles unos yenes. Sentimos ser críticos con un país como Japón, que a menudo parece idealizarse por los viajeros… pero, aparte de tener muchas cosas buenas, también tiene algunas cosas más turbias que no nos acaban de convencer.

Más arriba está el templo principal, con un Buda de madera dorada, y aún más arriba un mirador desde el que se ve el océano y la playa de Kamakura. Ese momento lo compensa todo: brisa, vistas y sensación de estar lejos del bullicio de Tokio.


Kotoku-in y el Gran Buda de Kamakura

Muy cerca se encuentra el Kotoku-in, hogar del famoso Gran Buda de Kamakura.
Es una estatua de bronce, sentada, de unos 15 metros de altura, construida en el siglo XIII. A diferencia de otros budas gigantes, se puede entrar dentro, algo curioso y diferente… aunque también os decimos que no hay absolutamente nada. Hace mucho calor en el exterior, pero el interior es fresco gracias a unas pequeñas ventanas en la espalda.

👉 Curiosidad: cada año, niños del lugar fabrican sandalias de paja gigantes (de unos 1,5 metros) para el Buda, como ofrenda simbólica.

Aun así, más allá del Buda, el recinto no ofrece mucho más. Nos parece interesante, pero no tan impresionante si lo comparamos con otros grandes budas asiáticos que hemos visto, como el de Leshan.


Regreso tranquilo y cierre del día

Volvemos en bus y tren hasta el apartamento. Paramos a hacer compras en Don Quijote, ponemos una lavadora y nos damos una ducha reparadora.

A las 20:00 salimos a cenar: hamburguesa de wagyu y teriyaki, y luego damos un paseo por la zona más coreana del barrio, con restaurantes y tiendas distintas al Tokio habitual.

Miramos la previsión del Monte Fuji, que sigue siendo mala, y nos vamos a la cama temprano.
Mañana será otro día… y Japón no perdona el cansancio.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *