Diario de India&Nepal (18): Amanecer en el Ganges

 

Hoy  veremos amanecer en el Ganges. Para ello, salimos a las cinco de la mañana del hotel hacia los ghat, para subirnos a una barca  y recorrer el río.

La verdad es que es increíble como desde primera hora de la mañana hay gente realizando abluciones. Otros, esto es más curioso, simplemente se están dando un baño o, incluso, lavándose los dientes. En algunos ghat están realizando la ceremonia de la Puja, que se celebra dos veces al día: al amanecer y al atardecer, siempre antes de la comida.

Vamos hasta Manikarnika, el ghat donde se realizan las cremaciones.   Hasta allí llevan el cuerpo los familiares, simpre vestidos de blanco, para su incineración. El cuerpo de fallecido ha sido previamente velado durante tres días, limpiado y vestido también de blanco, salvo excepciones.  Los cuerpos siempre deben mantenerse con los pies apuntando hacia el sur, ya que se considera que es el camino hacia la muerte. Una vez colocado en la pira funeraria, el familiar varón más cercano al fallecido enciende el fuego. Este deberá haberse rapado el cabello previamente.  Los asistentes no podrán retirarse hasta que el fuego haya consumido todo el cuerpo.

Las mujeres no tiene permitido asistir porque se considera que son propensas a llorar y, según sus creencias, los fluidos corporales pueden contaminar el cuerpo y espíritu del fallecido. Antiguamente la esposa tenían que saltar al fuego cuando su marido fallecía, por suerte es una tradición que ya no se practica.  Cuando el cuerpo ha sido incinerado, las cenizas se arrojan al Ganges. Los que se encargan de recoger las cenizas , normalmente pertenecientes a la casta más baja -intocables-,  tienen permitido quedarse con las joyas del difunto. Todo lo que no arda, va directo al río. Y sí, estamos hablando de lo que imaginas.

Los hindúes no entierran a sus muertos, sino que los incineran.  Ellos creen que al incinerarlos están dejando libre al alma del fallecido y que Brahma, el creador, es representado a través de las llamas.

Cuando escuché hablar por primera vez sobre Varanasi, creí que esta sería una de las experiencias más duras a las que tendría que enfrentarme. Sin embargo, no resultó ser así. La muerte en el hinduismo no es un tabú, es una etapa más de la larga existencia de una persona. Los crematorios son de acceso libre y las incineraciones se realizan de la manera más natural posible. No me resultó en absoluto desagradable porque lo entendí como lo que es: una despedida. Es la manera en que los familiares se despiden de sus seres queridos, les muestran su respeto y les desean buen camino hacia la liberación. No hay que olvidar que en el hinduismo creen en la reencarnación.

Se cree que el fuego que se utiliza para las cremaciones del Manikarnika ghat emanaba del propio Shiva. Es por ello que este ghat es considerado sagrado en el hinduismo.

El crematorio opera todos los días del año, las veinticuatro horas del día. Se llegan a realizar hasta 25 piras funerarias a la vez. Las cremaciones son un negocio rentable en Varanasi. De hecho, nos comentan, una de las razones por las que los hoteles orientados al turismo extranjero son tan escasos es que no lo necesitan. Varanasi vive del turismo funerario. De los miles de moribundos que acuden cada año a la ciudad para morir y así alcanzar el moksha, es decir, romper el ciclo de las reencarnaciones.  Cada cremación tiene el coste de la madera que se utilice para la misma, normalmente entre 300 y 350 kilos. La calidad de la misma dependerá del poder adquisitivo de la familia.

No todos los cuerpos se creman. Hay 5 excepciones: las embarazadas, los niños, los leprosos, los hombres santos, los leprosos y aquellos que hayan muerto por la mordedura de una cobra. Los cadáveres que no deben ser cremados, son arrojados directamente al río atados a una piedra.

He leído a personas referirse a las cremaciones con repugnancia. Me parece una falta de respeto. Son funerales, son sus creencias y su manera de decir adiós. Considero que es algo que merece ser respetado.  Nosotros no nos sentimos en ningún momento incómodos con el lugar, al menos no mucho más que visitando cementerio. No huele a carne quemada, como muchos dicen, sino a madera e incienso. Ni siquiera se ven los cuerpos, que están cuidadosamente envueltos en tela.

Después del paseo en barca vamos a desayunar al hotel y tras darnos una ducha regresamos a los ghats. Queremos intentar verlos todos, aunque va a estar difícil. Son más de 80 y con la cantidad de fotos que estamos haciendo, es imposible que lleguemos. Y es que en Varanasi todo es tremendamente fotografiable. Posiblemente sea la mejor ciudad de India para los amantes de la fotografía. Cada escena, cada rincón de esta ciudad es una postal.

Pasamos por varios ghat haciendo fotos hasta llegar de nuevo a Manikarnika, donde el que nos dicen que no podemos pasar con la cámara a menos que pidamos un permiso especial, previo donativo. No nos parece nada correcto que intenten hacer negocio tan descaradamente de algo tan íntimo, que además no tenemos ninguna intención de fotografíar, así que subimos las escaleras y nos ponemos a callejear.

Las calles que rodean los ghat son un auténtico laberinto pero merece la pena recorrerlas. Aquí está la verdadera vida de la ciudad. Por allí anda el Templo de Oro pero cuando llegamos la cola es inmensa y además no dejan pasar con ningún material electrónico, con lo que pasamos de largo. Seguimos paseando tranquilamente y, en un momento dado, vemos un letrero anunciando el Blue Lassi -un sitio que nos habían recomendado-. Dando muchas vueltas y preguntando a varias persoans terminamos encontrando el lugar. Un local pequeño en el que, aseguran, preparan el mejor lassi de la ciudad. No podemos asegurar si esto es cierto, pero desde luego están buenísimos.

Al salir nos encontramos con la familia de ayer que nos saluda como si nos conociéramos de toda la vida. Nos dan la mano con una gran sonrisa y nos desean que pasemos un buen día, o eso creemos entender. Se les ve realmente felices. Nos resulta encantador, es algo que ha llegado a parecernos hasta entrañable. Nos hemos cruzado con varios turistas como nosotros que se quejaban del tema de las fotos, pero nosotros estamos encantados. No nos resulta en absoluto molesto y, aunque nos parece raro, en todo momento nos han tratado con respeto a la hora de pedir fotos y nos ha resultado algo simpático.

Después volvemos por los ghat hasta el hotel porque hemos quedado a la 1 para que nos lleven a ver lo que nos falta y después al aeropuerto. Realmente lo pensábamos hacer andando pero nos lo han incluido en el traslado y así nos evitamos caminar con el calorazo que hace, casi mejor porque yo sigo estando regular.

Pasamos por la Universidad de Varanasi, un campus enorme y lleno de vegetación, para llegar al Templo de Shiva que, la verdad, nos decepciona bastante. Después de haber visto tantos templos en India, este realmente no nos dice nada. Eso sí, nos piden varias fotos y nos sentimos de nuevo como estrellas de cine.

Después vamos al templo de los monos, aunque no hay ni uno. Es bonito pero sin más. Ya digo que para que un templo nos sorprenda a estas alturas tiene que ser una pasada.

El acceso a ambos templos es gratuito.

Cuando acabamos de ver todo son las 2 y nos quieren llevar ya al aeropuerto, pero el vuelo es a las 8, así que decimos que ni de broma. Finalmente nos dicen que nos llevan al hotel y que salimos para el aeropuerto a las 4 porque se tarda una hora en llegar y hay que estar tres  horas antes en el aeropuerto. Esto debe ser cosa del país, porque nos lo han dicho en todos los vuelos que hemos cogido.

Comemos en el sitio de ayer. Probamos el paneer mutter masala y una cosa riquísima que se llama malai kofta, que posiblemente sea mi plato peferido desde ya. Después nos vamos a buscar el puesto de anoche y repetimos postre, que estaba buenísimo.

Cuando acabamos damos un pequeño paseo y regresamos al hotel para coger el taxi al aeropuerto. Efectivamente, tardamos una hora y, nuevamente, estar tres horas antes solo nos sirve para tener que esperar dos horas y media.

Al aterrizar en Delhi nos llevamos una alegría porque nos está esperando Baharu, al que saludamos como si de un familiar se tratara. También ha venido Shyam, el hijo de Mahendra, que será nuestro guía mañana y pasado.

Nos dejan el hotel, el Florence Inn, que está situado en una zona bastante animada con un mercadillo enorme que mañana pensamos recorrer. Esta noche estamos cansados después del madrugón, así que vamos a cenar a un sitio cercano. La comida resulta estar muy picante y nos cuesta un poco terminarnos todo.

 

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