Diario de Namibia y Botswana (17 y 18): Moremi
Diario de Namibia y Botswana (17 y 18): Moremi

Diario de Namibia y Botswana (17 y 18): Moremi

 

Primer día

Nos levantamos ya con luz. Cada día amanece más tarde y anochece antes, por lo que vamos perdiendo horas de luz a medida que avanzan los días, se nota que aquí se acerca el invierno.

Después de desayunar medimos de nuevo la presión de los neumáticos y comprobamos que la rueda de ayer ha seguido perdiendo presión. Ya tenemos localizada la minicrisis del día: ha sido madrugadora esta vez. A ver si, con suerte, no acumulamos más. Nos ponemos a cambiarla por una de las dos de repuesto que llevamos encima, es más complicado de lo que parecía y, sobre todo, laborioso. Nos lleva un buen rato hacer el cambio.

África es así. Tú tienes unos planes y África otros. Aquí no se puede dar nada por sentado, no se puede planificar, no se puede esperar que las cosas sigan un rumbo trazado previamente. Lo inesperado aquí se espera constantemente. Eso es lo más agotador de todo, que siempre hay algo, un contratiempo, algo que no sale como debería haber salido… y eso es algo que empieza a acumularse y a cansar mucho.

A eso de las 9:30 salimos y cogemos el camino que nos indicó ayer el tipo del camping. Resulta ser un camino de arena al que le sigue un lodazal y un sendero con unas hierbas del tamaño del coche, que vamos atravesando cruzando los dedos para que no se queden demasiadas atrapadas en el motor -ya os digo que no sirve de nada-.

Llegamos a un punto en el que el mapa nos indica que tenemos que seguir por la izquierda, pero solo vemos un barrizal inmenso que es imposible de salvar con el coche. Justo en ese instante llega un conductor de safaris. Le decimos que queremos ir a la North Gate de Moremi y nos dice que le sigamos. Nos mete por un camino que estaba oculto detrás de unos matorrales y que jamás hubiéramos visto sin su ayuda, ni nos creemos la suerte que hemos tenido.

North Gate

Llegamos a la entrada del parque. El hombre que nos ha ayudado es el de la recepción, ya es casualidad. Nos dice que hemos venido por un camino que no es, que el camino principal es otro y que no se explica cómo nos han mandado por ahí. Nos explica dónde ir y qué ver. Luego pagamos la entrada y compramos un par de botellas de agua, que ya estamos bajos de suministros y por aquí no hay supermercados.

Mientras tanto, como hemos dejado por descuido la ventanilla abierta, se nos ha colado un mono en el coche. Está en el asiento del copiloto, mirándonos con indiferencia. Ha rebuscado por todo el coche y sacado todo lo que teníamos guardado, pero finalmente parece que ha decidido que solo se llevará un plátano como botín. Lo coge y sale por la ventanilla por la que ha entrado. Es el segundo mono que nos roba comida. 

Hippo Pool

Nos dirigimos a Hippo Pool. Por el camino vemos a una pareja de leones tumbados entre la hierba. El guía de la entrada nos ha dicho que para ver leones activos tendríamos que llegar al parque a eso de las 6:30, porque si no es muy complicado verlos, ya que se tumban por el calor y pasan desapercibidos.

Hippo Pool es una zona del río muy chula en la que hay de todo: elefantes, facoqueros, cigüeñas carroñeras, cocodrilos y un montón de hipopótamos. Tiene como una pequeña torre desde la que se puede ver todo el río y que, además, es la zona de merendero, así que podemos salir del coche y comer algo. 

Las carreteras del parque son bastante malas, con muchos tramos de arena profunda y estrechos, con árboles a los lados.  Además, no está muy bien indicado y eso sumado a lo complejo del terreno hace que conducir por aquí sea muy agobiante. Tardamos casi dos horas en hacer 15 km y vamos bastante en tensión todo el camino. 

Después de comer regresamos, ya que queremos volver con luz del día. Pasamos por el sitio donde habíamos visto a los leones antes pero ya no están. Decidimos volver por el sitio por el que vinimos porque ya lo conocemos y, viendo el estado de las carreteras de este lugar, preferimos malo conocido a bueno por conocer.

Llegamos al camping y hablamos para reservar un Game Drive para mañana porque no queremos conducir por el parque y va a ser nuestra última oportunidad de ver animales. Sinceramente, creemos que no merece la pena el estrés y el agobio que supone conducir por aquí, porque además al ir tan preocupados por el tema de la conducción, no podemos ir pendientes de ver animales. Hemos preguntado en la North Gate pero no nos convence porque tendríamos que ir hasta allí antes del amanecer, y ese camino a oscuras nos parece una locura. Tampoco tenemos Internet para buscar otra alternativa, así que finalmente nos quedamos con los Game Drive que ofrece el propio «camping». Nos piden 1500 pulas por persona, pero después de hablar con el propietario, un sudafricano que tiene varios campings en el país, nos lo deja a 1070 pulas sin comida. Hemos tenido suerte porque ya tenía a una pareja y hemos podido jugar un poco con el hecho de que ya tenía que hacer la salida. 

Regresamos a la parcela después de perdernos un poco y casi quedarnos atrapados en la arena, otra vez. Preparamos cena y comida de mañana, nos duchamos y nos vamos a dormir.

Segundo día

Volvemos a despertarnos antes del amanecer, algo que a estas alturas ya es completamente rutina. Eso y recoger las tiendas y desayunar a oscuras. Nos hemos convertido en unos verdaderos expertos, tardamos apenas 10 minutos en tener las tiendas dobladas y guardadas en sus fundas.

Game Drive

A las 5:45 de la mañana estamos aparcando el coche en la entrada del camping. Hoy no toca conducir, algo que nos parece maravilloso, sobre todo sabiendo como sabemos ahora el estado de los caminos que llevan a Moremi y el de los caminos que recorren el interior del parque. Despreocuparnos del coche es un verdadero alivio.

Vamos a ir en un 4×4 descubierto, con espacio para 8 personas. Hace bastante frío, así que el trayecto hasta la North Gate, que es de casi 2 horas, lo hacemos congelados. Hoy nos llevan por el famoso camino oficial que no nos atrevimos a coger ayer y, sinceramente, no está mucho mejor que el que hicimos nosotros. 

Esta vez la entrada iba incluída en la excursión, así como el agua, por lo que no tenemos que preocuparnos de pagar nada. Lo único que nos hemos traído ha sido nuestra comida, porque es el acuerdo al que llegamos ayer a cambio de la rebaja que nos hicieron. A la hora del almuerzo vamos a alegrarnos mucho de esa decisión porque, no solo ahorramos dinero, sino que nos libramos de comer algo con una pinta bastante poco apetecible.

Nuestro guía nos lleva hasta la zona a la que pretendíamos llegar ayer pero que, obviamente, no alcanzamos. No tarda nada en hacerlo. La verdad es que es brutal la diferencia entre su manera de conducir y la nuestra. No sé si porque el coche es mucho más potente o porque está más que acostumbrado a conducir por aquí, pero va mucho más rápido que nosotros y se mete por lugares por los que no nos hubiéramos atrevido ni a pensar en meternos. 

Hay muchos animales a estas horas, sobre todo en las zonas cercanas al río. Se nota que es más temprano que ayer y que aún están activos. Aunque el plato fuerte llega cuando ya llevamos un rato de Game Drive.

Nos encontramos a dos leonas con sus cachorros, nada más y nada menos que tres. Nos cuenta el guía que es normal que las leonas abandonen al macho cuando tienen cachorros, ya que así únicamente se tienen que preocupar de alimentarlos a ellos. Nos dice que las camadas suelen ser más numerosas, pero que pocos cachorros sobreviven porque son a menudo devorados por las hienas mientras las leonas están cazando. 

Los cachorros se acercan al río a beber agua y una de las leonas va con ellos. Estamos tan cerca que, la verdad, da bastante miedo. No me explico cómo no nos atacan. El guía me dice que no saben que somos «comestibles». Para ellos, nosotros y el vehículo formamos un todo con un fuerte olor a gasolina que no les permite distinguir nada más… así que es importante que no nos pongamos en pie, que permanezcamos en el interior del vehículo y que no hagamos ruido. No sé cómo alguien podría hablar en un momento así, de esos que te dejan sin palabras. Estamos absolutamente alucinados, este instante es uno de los más increíbles que hemos vivido nunca. 

Nos quedamos un buen rato allí, sin muchas ganas de irnos, pero toca continuar. El guía nos explica que los animales están muy acostumbrados a los vehículos y que saben que no vamos a hacerles daño, así que no atacan. Me produce un sentimiento encontrado escuchar eso. Por un lado, me da pena que los animales se hayan acostumbrado a la presencia humana, porque eso implica que la actividad turística ha invadido su hábitat natural. Por otro, pienso que de otra manera yo no estaría ahora aquí. Que nadie podría estar aquí haciendo esto, aprendiendo de la naturaleza, viendo algo así. El guía nos dice que el turismo de caza es diferente. Que una vez que un animal es elegido para ser cazado, está condenado a morir… porque, de otra manera, se vuelve peligroso para el ser humano. Y eso me hace pensar que estos leones son afortunados porque no temen al hombre, son libres. Aquí, de algún modo, los que están «atrapados» somos nosotros. Venimos aquí a aprender y a respetar. No pienso que sea una mala manera de hacer las cosas.

Seguimos avanzando y nos encontramos con una manada de elefantes, con varias crías. Uno de ellos no tiene colmillos y el guía nos explica que hay muchos elefantes que nacen sin ellos, aunque cada vez menos. Se debe a la selección natural. Al final los elefantes eran cazados por el marfil, así que solo los que carecían de colmillos sobrevivían y se reproducían. Él nos cuenta que la caza es necesaria porque hay demasiados elefantes y que lo destrozan todo, pero yo no comparto su opinión. Y menos aún cuando estamos hablando de una caza deportiva, que mata animales por el simple placer de hacerlo… y por dinero, claro, el dinero siempre está presente en estas cosas.

Avanzamos unos metros para pararnos a almorzar en medio del parque, sin vallas ni nada que se le asemeje, no estamos ni en uno de los famosos «picnic areas». Después del almuerzo, regresamos al camping. De camino, en medio de Moremi, vemos alguno de los famosos alojamientos a los que se accede en helicóptero. 

Cuando llegamos al camping volvemos a coger nuestro coche. Toca regresar a Maun, hoy dormiremos en una cama y tendremos una ducha normal, con agua caliente y todo. Aprovechamos para hacer algo de compra, llenar el depósito y sacar dinero. Se agradece regresar a la civilización, aunque en el fondo vamos a echar de menos esos días en medio de la nada, completamente incomunicados y charlando alrededor de una hoguera.