Diario de Namibia y Bostwana (1): Doha, una escala inesperada.

 

Mucha gente piensa que un viaje empieza el mismo día que despega su vuelo, que arrancan el coche o que se suben al tren. Lo cierto es que no. El viaje empieza en el momento en el que sueñas por primera vez con él. Cuando ese lugar, ese país o esa ciudad, aparecen en tu mente por cualquier causa y tú cabeza comienza a trabajar en cómo hacer realidad ese sueño.

Nosotros llevábamos meses viajando a África. Desde que pensamos en visitar las cataratas Victoria por primera vez, hace años, hasta que se nos ocurrió la manera de materializar aquella idea. Meses de mucho trabajo, de leer, de investigar, de preguntar, de descubrir… este ha sido, hasta la fecha, uno de los viajes que más nos ha costado organizar. Son muchos pequeños detalles, muchos aspectos a tener en cuenta, muchas dificultades. Prepararlo todo con meses de antelación, medir hasta el último segundo de la ruta para que todo cuadrara, para que pudiéramos hacer realidad todo aquello con lo que habíamos soñado.

Pero con lo que nunca sueñas es con que las cosas no salgan como las habías planeado. Con que por megafonía anuncien que tú vuelo saldrá con retraso. Con que una azafata, con rostro serio, te confirme que has perdido tu conexión. Con que te digan que tú única opción es perder 24 horas de tu viaje. Eso te cae como un jarro de agua fría encima. Y te hace despertar de golpe.

Doha

Así empieza nuestra llegada a Catar, con una muy mala noticia. Tenemos que pasar 24 horas en este país, que no formaba parte de nuestros planes. Tenemos que averiguar cómo podemos salvar nuestra ruta por África. Qatar airways nos proporciona hotel, comidas y traslados al aeropuerto. Sellamos el pasaporte y entramos a un país que no habíamos previsto conocer. A una ciudad que no formaba parte de nuestros sueños. Estamos en Doha.

Doha nos recuerda enormemente a Abu Dhabi. Son ciudades muy similares, aunque ambas prueban el triunfo del dinero del petróleo sobre la naturaleza y el desierto. Ciudades modernas, sin historia, sin alma. Con edificios que impresionan, sí, porque si algo puede hacer el dinero es impresionar… pero que te deja frío.

Lo primero que hacemos, después de dormir unas horas y desayunar, es ir al zoco. Es la parte que más nos gusta de la ciudad, repleta de pequeñas callejuelas con puestecillos de todo tipo. No hay mucha gente ahora, y es que luego descubriremos que la vida en esta ciudad comienza cuando cae el sol. El zoco imita ser viejo, pero no lo es. Los pequeños detalles lo delatan. Con todo, tiene su encanto. Nos gusta especialmente ver a la gente, bastante amable y tan diferente a nosotros. Vemos muchas mujeres con burka, lo cual siempre resulta muy impactante.

Nuestra siguiente parada es el puerto, desde donde se ve el Skyline de la ciudad. Edificios modernos, de formas originales, que no tienen nada que envidiar a otros Skyline más famosos, salvo quizás su historia. De ahí al Museo de Arte Islámico, un edificio también bastante nuevo que cuenta con una bonita terraza desde la que se tiene una buena vista del Skyline.

El calor puede con nosotros, ya empieza a pegar fuerte el sol, así que volvemos al hotel en taxi. Unos veinte minutos de trayecto por apenas unos tres euros al cambio. Utilizamos Uber, así nos evitamos tener que cambiar dinero.

Ya en el hotel, aprovechamos la wifi para tratar de gestionar nuestra llegada a Windhoek. Nuestro itinerario inicial contemplaba el día de hoy como un día de avituallamiento. La idea era recoger el coche, hacer la compra y prepararnos para el viaje. Ese día está perdido. También hemos perdido parte del día de mañana, ya que nuestro vuelo aterriza casi a las 11. El problema es que de Windhoek a Sesriem, dónde tenemos reserva de camping para mañana, hay cinco horas de trayecto. Y en Namibia no solo es peligroso conducir de noche, sino que lo tenemos prohibido en el contrato de alquiler y, para colmo, el acceso al camping cierra por encontrarse esté dentro de un parque Nacional. Así que tenemos una carrera contrarreloj por delante.

La gente de Aloe Car se muestra muy comprensiva con nuestra situación. Tras hablar con ellos, conseguimos acortar un poco nuestra salida hacia Sesriem. Haremos la compra más adelante, aprovechando que llevamos embutido en la maleta, y ellos se van a encargar de comprarnos unas garrafas de agua y una tarjeta SIM, para evitarnos esa gestión. Estamos hablando de ahorrar algo más de una hora, lo cual es muy bueno. Solo nos queda confiar en que el vuelo llegue puntual y en qué los trámites de entrada al país y recogida de equipaje no se alarguen demasiado. Cruzaremos los dedos.

Después de la comida y de pasar las horas más calurosas del día en la piscina del hotel, regresamos al zoco en taxi. Esta vez el ambiente es distinto. Mucha más gente por la calle, mucho más ambiente. Se nota que ha caído el sol y que han bajado las temperaturas. Ahora es agradable pasear por aquí. 

Repetimos itinerario y, esta vez, nos animamos también a coger un barco que atraviesa la bahía. Nos permiten pagar en euro, 4 por cabeza (y conseguimos que nos devuelvan algún Rial para pagar el taxi) y, aunque parece más una discoteca que un crucero, acaba siendo curioso.

Regresamos al hotel para la cena tras otro pequeño paseo por el zoco. Nos quedamos muy sorprendido con el mercado de los pájaros, donde además de aves de todo tipo, se vencen cachorros de perros y gatos o peces, entre otros animales. Después de cenar y ducharnos, nos recoge el taxi y nos lleva al aeropuerto.