Flores (13, 14, 15, 16)
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Flores (13, 14, 15, 16)

 

Nos levantamos temprano para bajar a la playa -aprovechando que la tenemos cerca de casa- a hacernos algunas fotos. Este viaje estamos explotando a F: aparte de oficiar ayer la ceremonia, se ha ofrecido para hacernos hoy las fotos, cosa que aprovechamos encantados. Cuando terminamos recogemos nuestras cosas y salimos hacia el aeropuerto con pena e ilusión a la vez: en un par de de horas empieza de manera oficial nuestra luna de miel!.

Primer día en Flores

El trayecto al aeropuerto resulta ser mucho más rápido de lo que creíamos y, finalmente, llegamos en apenas 40 minutos. Ayer negociamos un precio de 450.000 rupias por vehículo: aunque es un poco caro en términos absolutos, es bastante razonable teniendo en cuenta que, en general, nos pedían más del doble y que en esta zona de Bali es imposible coger un Grab (el Uber de aquí) -no tienen permitido recoger pasajeros, solo dejarlos-. Al parecer los taxistas de la zona se unieron y protestaron, obteniendo este trato especial por parte del gobierno.

Volamos con Nam Air, que nos retrasa el vuelo dos horas. Es un completo desastre: han debido decirlo en bajada por los altavoces, pero no avisan en las pantallas, que permanecen con la hora inicial del vuelo. Al final nos enteramos por gritos en el aeropuerto. Y lo mismo para el cambio de puerta de embarque que hacen a última hora. Menos mal que estábamos atentos: aquí te despistas un segundo y pierdes el vuelo!.

Labuan Bajo

Aterrizamos en Labuan Bajo y lo primero que hacemos es negociar con los taxistas. Realmente el aeropuerto está a cinco minutos en coche de la calle principal de la ciudad, pero son todo cuestas y a pie se pone en 20-25 minutos, con el calor y las mochilas. Nos piden 50.000 rupias, pero conseguimos que nos lo dejen en 40.000, que no es que sea un chollo pero no está mal.

Nuestros hostal está ubicado en la calle principal, muy cerca de la mezquita y con unas vistas impresionantes del puerto. La habitación es una especie de bungalow sin muchos lujos -por no tener, no tenemos ni cisterna (para tirar de la cadena hay que usar un cubo) ni, por supuesto, agua caliente-, pero ya estamos curados de espanto y nos hacemos a cualquier cosa (La verdad es que, como solo lo utilizamos para dormir, siempre tratamos de ajustar al máximo en precio en el alojamiento. Miramos sobretodo que este limpio y,  si se puede, tratamos de evitar compartir habitación. El resto… nos amoldamos).

Tras dejar las cosas, salimos al porche de nuestra cabaña, desde donde se ve toda la bahía. Se está empezando a poner el sol, con que bajamos al puerto para ver el atardecer, que es absolutamente maravilloso. No habíamos leído nada bueno de este lugar y, la verdad, nos está sorprendiendo para bien. Supongo que al final todo es una cuestión de expectativas y, al menos de Labuan Bajo, no traíamos ninguna.

Tras el atardecer pasamos por el hostal, donde hemos quedado con la chica que nos ha organizado el tour y otra pareja de españoles con los que compartiremos conductor. Cuando resolvemos esto, nos vamos a cenar al mercado de pescado, que está muy cerquita. El sitio nos encanta: está lleno de puestecillos en los que exponen el pescado fresco del día para que elijas la pieza que quieres que te hagan a la brasa. Como siempre, te lo sirven con arroz y verduras. Lo que si que nos sorprende es que, además, también incluyen el agua embotellada gratuita. La verdad es que el pescado está buenísimo -lo hacen con especias y el sabor es delicioso-. De postre nos tomamos en otro puestecillo un pisang, que viene a ser plátano aplastado a la brasa con chocolate y leche condensada -una locura!-, y nos vamos a la cama tan contentos

Segundo día en Flores

Salimos temprano, aunque no nos cuesta levantarnos porque los altavoces de la mezquita nos han despertado a eso de las 5 de la mañana con sus rezos (Parece que esto será un habitual en el viaje 🙁 ).

De Labuan Bajo a Wae Rebo hay, aproximadamente, unos 100 kilómetros. Unas 8 horas en coche. Sí, 8 horas, aunque parezca increíble. La carretera hasta Ruteng, que es una de las ciudades más grandes de la isla, es más o menos razonable. El problema viene luego: de Ruteng a Wae Rebo la carretera está repleta de socavones, es estrecha, llena de curvas y en una zona de montaña. Una locura, más aún teniendo en cuenta quee la gente aquí conduce sin norma alguna de circulación visible. Más tarde nos enteraremos de que algún turista intrépido hace este trayecto en motocicleta de alquiler… bueno, a nuestros ojos es una tremenda insensatez. A nuestro juicio, es un camino peligroso, a menos que conozcas muy bien el terreno y estés acostumbrado a él. Nuestra recomendación es hacerlo con un conductor local.

Un paseo por las nubes

Cuando llegamos a Denge, el pueblo desde el que se inicia la caminata a Wae Rebo, el conductor nos para a comer en lo que parece una casa. El tipo nos dice, de malos modos, que solo tiene arroz con pescado y que el plato vale 65.000 rupias. No nos gustan ni sus modos ni el claro abuso que es el precio, por lo que decidimos pasar. Nuestro conductor nos dice que no hay nada más para comer en los alrededores, con que abrimos el jamón envasado que nos trajimos de España -que, todo sea dicho, después de tanto arroz hace que se nos salte una lagrimilla de felicidad-.

La subida hasta Wae Rebo es de unas dos horas, dependiendo del ritmo que lleves. Nos dicen que es necesaria una motocicleta para hacer una parte, pero anoche estuvo lloviendo y está todo lleno de barro. Además, el camino está lleno de baches… vamos, que no lo vemos lo de ir en moto. Les decimos que ni de broma nos subimos en una moto con la carretera así y ceden. Eso sí, de pagar al guía no nos libramos. El camino no puede ser más intuitivo, pero al menos me lleva la mochila. En cualquier caso, se nos olvida todo cuando empezamos la caminata: el paisaje es espectacular, uno de los trekkings más bonitos que hemos hecho. Además, vamos totalmente solos. La niebla que nos rodea crea un ambiente mágico, la vegetación tan frondosa, la manera en que la luz incide entre las copas de los árboles… una absoluta pasada. Estamos totalmente extasiados e incluso de llegar a nuestro destino, nos damos por satisfechos: no sabemos qué nos encontraremos aquí, pero el camino ha sido tan espectacular que ya estamos contentos de haber venido.

Wae Rebo

Wae Rebo es una aldea Manggarai ubicada a 1100 metros por encima del nivel del mar, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2012. Este poblado aún conserva las tradicionales casas Mbaru Niang, de forma cónica y dispuestas en forma de semicírculo. En la más grande de ellas, situada en el centro del semicírculo, se realiza la ceremonia de bienvenida. Es una tradición ancestral que ellos creen que les protege.

Después de darnos la bienvenida, pasamos a la casa en la que dormiremos, donde elegimos colchoneta y nos explican más cosas sobre el poblado: cómo construyen las casas, cómo viven… La verdad es que es bastante interesante, aunque posiblemente lo que más nos llame la atención sea lo que nos encontramos al salir: Un grupo de chavales juegan tranquilamente al bádminton, otros están tocando una guitarra, una mujer pela verduras para la cena, un grupo de niños juega con una botella rellena de algo que parece chocolate. Todo ello como si no estuviéramos allí. De verdad, nunca nos hemos sentido tan ignorados. Es como si fuéramos fantasmas. Ellos están a lo suyo, haciendo su vida y, eso sí, permitiendo que nosotros la veamos. Bueno, eso hasta que D. se anima a jugar al bádminton con ellos.. :D.

Pasar una  noche en Wae Rebo tiene un precio de 325.000 rupias por persona, incluyendo cena y desayuno. Además, se tiene que dar un donativo de 50.000 rupias por el ritual de bienvenida y pagar al guía, que cuesta 200.000 rupias. Estos dos últimos pagos son por grupo, no por persona.

Al rato de estar allí empiezan a llegar más turistas. Van llegando a poquitos, pero al final nos juntamos unos veinticinco. Curiosamente más de la mitad pertenecen a un grupo que viene de Ruteng. Es un número bastante reducido, si tenemos en cuenta lo que hemos visto hasta ahora en Indonesia, pero se entiende por la dificultad que tiene llegar hasta aquí.  Digamos que Wae Rebo es un hotel de difícil acceso.

Cuando anochece nos avisan para cenar (arroz blanco, verduras y pollo). No hemos podido ver ni el atardecer ni vamos a ver las estrellas -y mira que teníamos ganas- por que está muy nublado, con que charlamos un poco y nos vamos a la cama -en modo pánico porque algunos turistas traían sanguijuelas del camino y hemos visto alguna paseándose por el suelo!-.

Tercer día en Flores

Amanecemos con un plato de arroz blanco y un huevo duro por desayuno, que a mí personalmente me hunde. D está encantado, pero es que él es un fan incondicional del arroz, está disfrutando como un enano aquí.

Recogemos las mochilas y emprendemos el camino de bajada, tan bonito como ayer o más, porque ha despejado un poco. No hemos tenido la suerte de ver esto completamente despejado, pero nos damos por satisfechos, las niebla también tiene su encanto.

Caminante no hay camino

Desde Wae Rebo a Ruteng tenemos 4 horas de carretera, la parte mala además. No solemos hablar del camino, pero aquí merece la pena hacerlo. En Flores la vida transcurre en los arcenes y me resulta inevitable fijarme en ello, en la cantidad de historias que transcurren a ambos lados de la carretera. Como la de esa mujer que teje en la puerta de su casa o los niños de uniforme que se dirigen hacia el colegio en fila india y nos saludan con una sonrisa al pasar,  el hombre que transporta un montón de paja más grande que su motocicleta, el grupito que charla tranquilamente bajo la sombra del árbol, la mujer que se da un baño con un barreño, las niñas que saltan a la comba o ese niño que se muere de la risa cuando le saludamos por la ventanilla. Si a eso le sumas las explanadas infinitas, las montañas coronadas por anillos de niebla, las cabañas de madera que se erigen en medio de un campo de arroz o los puestos de frutas que llenan de color el paisaje, obtienes como resultado a un par de extranjeros con los ojos abiertos como platos, tratando de grabar en sus retinas un poquito de esa cotidianidad tan fascinante.

La Spider Web y Ruteng

Nuestra primera parada son unos arrozales conocidos como Spider Web, por su curiosa forma de tela de araña. El valle en el que se encuentran es una preciosidad, rodeado de montañas, además la luz en estos momentos es una maravilla.

El precio de acceso al mirador de la Spider Web es de 15.000 rupias.

Después paramos a comer en un warung, uno de los pocos que hemos visto aquí, en el que nos preparan unos noodles por 10.000 rupias. Esto es algo a tener en cuenta y que no sabíamos antes de viajar, pero al ser una isla menos turística, no es tan fácil encontrar lugares para comer y, cuando se consigue, la oferta no suele pasar de noodles de bote (aunque tengo que reconocer que bastante conseguidos en este caso).

Llegamos a Ruteng y nos ponemos a buscar hotel. El conductor nos lleva a un par de ellos y finalmente nos decidimos por uno que, aunque no tiene agua caliente, al menos no es caro y tiene buena pinta. Después nos vamos a dar una vuelta. Tenemos suerte porque hoy hay una especie de feria aquí y todo está lleno de puestos con un montón de opciones de comida diferentes: brochetas, crepes, albóndigas, sopas, arroz… Nos dedicamos a ir de puesto en puesto probando cosas que nos llaman la atención y haciendo fotos hasta que se hace de noche y regresamos al hotel, ya que estamos bastante cansados.

Último día en Flores

Salimos de Ruteng hacia Labuan Bajo. Este tramo de la carretera está bastante mejor, lo que se nota bastante. También es cierto que en este tipo de carretera no se ve tanta vida como en la anterior, una cosa por otra.

Vamos a las cascadas de Cunca Wulang, donde al llegar nos encontramos con que piden 90.000 rupias por persona para entrar. Nos parece una locura de precio, sobre todo porque la mayor parte del importe es para el guía local, obligatorio e innecesario totalmente. Nos fastidia un montón porque nos sentimos claramente estafados, pero terminamos cediendo.

La cascada está oculta tras un cañón de piedra, por lo que solo se pueden ver bien si se llega a nado. La gente se tira desde la roca, a bastante altura, aunque también puedes meterte desde una zona más baja que hay. El agua no destaca por su claridad, pero aún así nos bañamos y nos acaba gustando bastante el lugar, aunque no para el precio desorbitado y abusivo que tiene. Se les ha ido un poco de las manos.

Después de las cascadas llegamos a Labuan Bajo. Visitamos el mercado de pescado y la zona del puerto, donde vemos uno de los atardeceres más bonitos que hemos visto nunca: los colores del cielo nos dejan maravillados. Tanto que nos quedamos hasta que desaparecen la última gota de naranja y violeta del cielo. Vencidos por el hambre, acabamos cenando en el mismo puesto que el primer día.