Diario de Rusia (6): Palacio de Catalina y metro de San Petersburgo

 

Llueve otra vez. Hoy vamos al Palacio de Catalina y tememos que el tiempo nos estropee la visita a los jardines.

Dejamos las maletas en el hostal después de una surrealista conversación con la casera, que sólo habla ruso. Utilizando nuestros respectivos traductores conseguimos quedar para recoger las maletas más tarde. Vamos a Sennaya a coger el metro. Tenemos que ir hasta Moscovskaya. Un vez allí, salimos a la plaza y justo a la espalda de la estatua vemos la matrioshka 342. Confirmo con el conductor que va hacia el Palacio de Catalina y subimos. El trayecto es de aproximadamente media hora.

El horario de verano del Palacio es de 12 a 19 horas y el coste de la entrada es de 600 rublos. Para entrar al Palacio hay que adquirir previamente la entrada a los jardines, que cuesta 120 rublos.

El Palacio es una preciosidad. Lo mandó construir Catalina I, aunque lo que actualmente vemos es la reconstrucción del original, ya que durante la invasión nazi fue prácticamente destruido. Lo más impresionante es la cámara de ámbar, el único lugar del que no pueden tomarse fotos. Conocida por muchos como la octava maravilla del mundo, esta cámara fue encargada por Sofía Carlota de Hannover, quien buscaba recubrir una de las habitaciones de su palacio de la forma más bella posible. Finalmente, el artesano encargado del proyecto decidió usar ámbar para el trabajo, y el resultado no pudo ser mejor. Con el paso de los años, la maravilla resultante fue ofrecida como regalo al zar Pedro el Grande de Prusia por Friedrich Wilhelm I en 1716.  Durante la II Guerra Mundial, cuando los nazis se aproximaban a San Petersburgo, las obras de arte que albergaba el Palacio fueron puestas a salvo, pero no hubo tiempo de trasladar la cámara, que fue desmantelada por los nazis en 1941. Poco más tarde apareció en Koenigsberg, pero después desapareció misteriosamente y nunca más se volvió a saber de ella. Lo que en actual podemos ver es una reconstrucción de la cámara original, basada en fotografías en blanco y negro y dibujos de la misma.

El Palacio nos gusta mucho, aunque esta hasta arriba de turistas y en ocasiones resulta algo agobiante. Es lo malo del “verano” ruso. Aunque hoy de verano poco, llueve y hace un frío horrible.

Regresamos en la matrioshka en la que venimos, que sale justo de la parada donde nos dejó. Al llegar a Kupchino nos bajamos para coger el metro, pero justo al pasar por Moscovskaya recuerdo que queríamos visitar la Iglesia de Chesme, así que damos la vuelta y vamos a verla. Esta iglesia  fue construida por Catalina la Grande en el emplazamiento exacto donde se enteró de la victoria del ejército ruso sobre los turcos, la batalla de Chesma de 1770. Es rosa y tiene forma de tarta y, aunque está bien, no nos parece nada del otro mundo.

Como el frío no da tregua, decidimos hacer un pequeño tour por el metro. Visitamos en primer lugar la impresionante estación de Avtovo. Después paramos en Pushkinskaia y en Ploshchad Vosstaniya, aunque ya nada nos parece tan bonito.

Finalmente vamos hasta Admiralteyskaya para regresar al hotel dando un pequeño paseo por el Hermitage y el Neva. De camino, descubrimos que hay una calle Zamiatin muy cerca y nos pasamos a verla.

Al llegar al hostal nos encontramos con que no hay nadie. Otra huésped nos ve apurados y nos ofrece ayuda. Es rusa, así que llama al teléfono de contacto y explica la situación. Pocos minutos después aparece el chico del primer día y nos da la maleta, al no parecer la señora de esta mañana había entendido mal la hora. Además, nos había dicho que la habitación ya estaba pagada (habíamos hecho la reserva con tarjeta) pero ahora resulta que no. No llevamos rublos suficientes y los cajeros están cerrados, así que el chico nos da su número de tarjeta para que le hagamos una transferencia al volver a España.

Vamos a buscar el autobús, pero nos encontramos con que la parada ha desaparecido por obras. Esperamos un rato y, al ver que no pasa ninguno, decidimos pedir un taxi. Pero tampoco para ninguno -van todos ocupados-, así que andamos 30 minutos hasta la avenida Nevsky porque, con la tontería, damos una vuelta enorme. Cuando llegamos a Nevsky cogemos el bus 27, que nos lleva hasta la estación. Con los imprevistos se nos ha hecho tarde, por lo que apenas nos da tiempo de coger un par de sandwiches en un puestecito antes de subir al tren.

Esta vez no tenemos tanta suerte como a la ida y compartimos habitación con dos chicos rusos, que resultan ser atletas del equipo militar de remo. Van a Moscú para participar en un campeonato que decidirá si participan en las próximas olimpiadas. Su inglés es algo primitivo y nuestro ruso nulo, pero son muy majos, con lo que la conversación es bastante peculiar. Nos cuentan, entre otras cosas, que entrenan 6 días por semana, 9 horas diarias.

Después de un rato de charla, nos vamos a dormir.