Diario de Tanzania (6): Ngorongoro

 

El viento ha soplado fuerte esta noche. Cuando nos despertamos, a las 5:30, algunas tiendas se han volado. Las nuestras, por suerte, están intactas.

Desayunamos pancakes que ha preparado Paolo y salimos: hoy bajamos al crater de Ngorongoro. Se considera que el cráter del Ngorongoro es la zona delimitada de menor extensión en la que es posible encontrar a los 5 Grandes. Nuestra única oportunidad de ver rinocerontes.  Aun así, tendremos que cruzar los dedos porque no va a ser nada fácil (según parece, sólo hay unos 27 ejemplares en la zona). Juma nos cuenta que los animales del cráter son residentes: es decir, no emigran como en Serengeti o Masai Mara. Además, se puede encontrar a todos salvo a las jirafas y las gacelas, ya que no son capaces de descender.

El paisaje dentro del cráter impresiona. Tras una bajada de 600 metros nos encontramos con una explanada inmensa, rematada en sus extremos por densos bosques y recorrida por riachuelos. El efecto de las nubes completa el espectáculo, como el telón perfecto para semejante obra de la naturaleza. Los animales campan a sus anchas aquí, están por todas partes y en grandes cantidades. Juma nos cuenta que la facilidad de encontrar comida hace que aquí los leones sean mucho más grandes que en Serengeti.

De repente nos dan un aviso por radio: han visto un rinoceronte. Es el mayor atractivo del cráter, todos estamos aquí para verlos, así que empieza una carrera de todoterrenos para llegar al lugar indicado. Una inmensa nube de polvo cubre el camino. Cuando llegamos nos vemos nada. No hay rinocerontes a la vista, así que nos vamos decepcionados. Los guías protestan por la emisora, nos dice Juma. Para compensar, seguimos otro aviso que ha recibido Juma. Vemos a dos leonas sentadas tranquilamente frente a una manada de búfalos. Juma nos explica que no atacan porque saben que tienen las de perder. Los búfalos son buenos defendiéndose cuando están agrupados.

También vemos a dos elefantes que se han separado de la manada, uno parece realmente viejo y está tumbado, así que Juma asume que posiblemente esté muriendo. Sin embargo, al volver a pasar por allí descubrimos que se ha puesto en pie y está caminando.

Damos toda la vuelta al cráter hasta que llega la hora de comer y ponemos rumbo al camping para terminar de empaquetar las cosas y almorzar. De camino a Panorama -donde dormiremos esta noche-, el coche empieza a hacer un ruido raro. Parece que tiene una avería. Juma dice que lo va a llevar al taller para que lo revisen, a nosotros nos recoge un taxi que nos lleva hasta el camping de Panorama para que dejemos el equipaje. Habíamos hablado de visitar el orfanato donde trabaja Moisés hoy, así que acompañamos a Fran y a Fausto hasta allí. Juma nos había dicho que el taxista nos llevaría y traería, que era lo que habíamos hablado con él, pero al llegar a Mosquito River nos dice que si queremos volver tenemos que pagarle. Todo se vuelve un poco caótico porque de repente Sean se entera de que tampoco tiene quien le acerque hasta Arusha. Necesita llegar hoy para coger un autobús hasta Nairobi, ya que mañana sale su vuelo a Etiopia, desde donde regresa a Canadá. Tras unos minutos de desconcierto, Moisés gestiona dos bagagis para acercarnos al orfanato, desde donde tratará de resolver el problema de Sean.

El orfanato es pequeño. Fue fundado por un religioso y su mujer hace un par de años y recoge a los niños huérfanos de la zona de Mto wa Mbu. Ahora mismo tienen unos cuarenta críos de entre 4 y 12 años. Sus padres han muerto de SIDA, hepatitis o simplemente son alcohólicos o drogadictos que se han desentendido de ellos. Nada más llegar salen a recibirnos entre gritos de “hola” y “jambo”. Nos abrazan y nos dan la bienvenida, ‘karibu’ en swahili. Catina, una voluntaria española que lleva allí un mes me cuenta como viven. Tienen un pequeño huerto, tres vacas y un par de gallinas, con lo que se alimentan de huevos y leche. Además, un pozo del que sacan agua, aunque la calidad de la misma es dudosa. Los niños la beben sin problemas, pero los voluntarios enferman al hacerlo. Adaptación al medio, supongo. No disponen de duchas, ni agua caliente. De hecho, los niños van bastante sucios y con ropa vieja. Catina me cuenta que en el mes que lleva allí ha comprado una vaca con su propio dinero para que todos los niños tuvieran leche. Ahora intenta reunir dinero para poder acabar el nuevo edificio donde pretenden alojar a los niños, ya que ahora duermen apiñados en el poco espacio del que disponen. Las obras van despacio porque lo primero es la comida y el poco dinero que consiguen no llega para todo.

D se pone a jugar al fútbol con los niños mientras yo recorro el orfanato. Me parece increíble que puedan vivir con tan poco y que, sin embargo, parezcan tan felices. Se parten de risa al verse en fotos y les gusta repetirme las tres o cuatro palabras que saben en español y comprobar que les entiendo. Son increíbles.

Moisés viene a buscarnos. Parece que Sean finalmente tiene que regresar al camping con nosotros, así que nos tenemos que ir. Le pido el contacto a Catina, me gustaría saber como siguen los niños y tratar de ayudarles desde España. Los pequeños nos despiden entre saltos y abrazos, son realmente alucinantes.

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Regresamos del orfanato en una especie de carretilla motorizada de Moisés. Allí nos monta en un dala dala. Son furgonetas de 8 plazas en las que meten a 14 personas, de hecho no salen hasta que están completas. Cuando estamos dentro, Moisés nos dice que finalmente Sean se tiene que quedar. Aquí son muy así: nada parece nunca estar claro u organizado. Es como si todo se improvisara. Hakuna matata es su lema. Llegamos al camping sin percances, aunque la experiencia de ir hacinados en el dala dala resulta interesante.

Me encuentro con Paolo, que me presenta a nuestro nuevo grupo: unos profesores alemanes que han venido a inspeccionar el país para organizar una excursión de dos semanas con sus alumnos. Cenamos con ellos, aunque se echa de menos a nuestro grupo de siempre y el buen rollo que había. Esto no es lo mismo. Después de cenar nos vamos a dormir sin ganas de sobremesa, la compañía no invita y estamos agotados. Mañana nos espera nuestro último día de safari.