Cuba

 

Cuando nuestro avión aterrizó en La Habana ya había anochecido. Nos recibió una Cuba silenciosa, casi adormecida. Los que acabábamos de llegar nos agolpábamos a la salida del aeropuerto José Martí, maravillados con los vehículos de los años 50 que esperaban ansiosos llenarse de ocupantes. “Aquí no ha cambiado nada” nos dijo nuestro conductor, justo antes de explicarnos que no encendía la radio porque el luto por el comandante prohibía explícitamente todo tipo de música salvo la revolucionaria.
Nos alojábamos en una de las múltiples casas para turistas de la Habana Vieja. En una calle paralela al Paseo del Prado, la arteria principal de ciudad y la avenida más emblemática. A unos pocos pasos del impresionante Capitolio y del mítico Museo de la Revolución, en cuyos jardines se podía contemplar el Granma y en su interior las pertenencias de un revolucionario Fidel Castro, el hombre que tan solo unas horas antes había dejado huérfano al 26 de abril.

Nuestra casera nos habló de la muerte de Fidel abiertamente. Ella no era castrista y no dudaba en criticar al difunto comandante duramente pero, con todo, nos sorprendió el respeto con el que se refería a él en todo momento. “Aquí nada va a cambiar”, aseguró sin titubear. Era la segunda vez que escuchábamos esa frase, y no sería la última. La noche no era como la habíamos imaginado días antes del viaje, cuando aún vivía Castro y soñábamos con una ciudad llena de música y salsa. La realidad era muy diferente: el luto invadía las calles. Ni una nota musical rompía el silencio de una noche histórica, la primera noche de una Cuba sin Fidel, tras 57 años. Los bares, en su mayoría cerrados, no servían alcohol ni lo servirían durante los 9 días de luto oficial que Raúl Castro había decretado en honor a su hermano. Los restos del comandante viajarían de La Habana a Santiago de Cuba, donde sería enterrado.

A la mañana siguiente el silencio había dejado de ser absoluto. La música seguía desaparecida, pero las voces de turistas y cubanos llenaban las calles de la capital. La vida seguía igual, tal como nos habían asegurado. O, al menos, muy similar. Los turistas compraban el Granma y el Juventud Rebelde al 300% de su precio, convirtiendo unos simples periódicos en un souvenir único. Las portadas despidiendo a Fidel se amontonaban, cuidadosamente dobladas, en los brazos de los cubanos que habían sabido aprovechar la oportunidad. Eso es algo de lo que los cubanos saben bastante. A buscavidas no les gana nadie.

La ciudad no necesitó mucho tiempo para calarnos. Los decrépitos edificios, que en su día debieron ser imponentes mansiones coloniales y que habían visto como el paso del tiempo agrietaba sus paredes, desconchaba su pintura y derruía sus ventanas. Una ciudad que ni por vieja ni gastada dejaba de ser hermosa, a su manera. Casi hipnótica. En cada paso, en cada esquina. La Habana es una ciudad llena de arrugas. La primera en el Templete, el lugar donde se fundó la ciudad en 1519. La última en la Plaza de la Revolución, donde bajo la atenta mirada del Che se prepara el escenario en el que Raúl Castro despediría a su hermano un día más tarde.

Las raíces españolas se extienden mucho más allá de la lengua común. En Cuba se nos quiere y se nos trata con el cariño de quien recibe a un familiar lejano. Muchos son los cubanos con antepasados españoles que presumen orgullosos de sus orígenes. Y de la doble nacionalidad, un bien muy preciado en la isla. Los cubanos son amigables. Cuesta poco entablar una conversación con ellos y siempre están ansiosos por contarte su vida, por saber de la tuya. Una sociedad que hace tan sólo un año que conoció Internet, en la que no hay mejor red social que una plaza o unas sillas en la puerta de casa.

No sabiendo muy bien si es la Habana quien se venía con nosotros, o si éramos nosotros quienes se quedaban en la Habana, partimos hacía Viñales, una zona mucho más rural y más castrista. Allí nos hablaron de Fidel en términos de absoluto respeto, incluso veneración. Los hijos de la revolución, los que nacieron cuando Batista ya no era más que un mal recuerdo, sólo tenían buenas palabras para el comandante. Nos hablaron de los mejores años, de cuando los rusos enviaban mercancía a la isla, de la educación y la sanidad gratuitas, de lo valorados que son sus médicos en todo el mundo…

Los más jóvenes, sin embargo, eran más proclives a la crítica. Nos hablaban de empleos cualificados con salarios míseros, de la falta de oportunidades, de la problemática de la doble moneda, de las consecuencias del bloqueo. El mismo país, distintos ojos. Experiencias diferentes, distintas expectativas. Ni mejor ni peor, sólo distinto. Los mayores lo entienden, los jóvenes también. Se muestran en ese aspecto mucho más tolerantes que los de fuera, que parecen buscar siempre la manera de instrumentalizar la realidad de un país que no habitan. El paisaje nos enmudeció. Entre los impresionantes mogotes se escondía el valle de Viñales, un lugar de indescriptible belleza. Plantaciones de tabaco y café, paseos a caballo, cayos de arena blanca y aguas turquesa… la oferta era inmensa, la belleza del lugar apabullante. Un lugar al que nos costó decir adiós cuando nuestros pasos nos encaminaron hacia Cienfuegos.

Las calles agitadas, el ambiente festivo. Algo pasaba en la ciudad. Muchas pancartas, escritas a mano, en fachadas y ventanas se despedían del comandante. La frase con la que se despidió Guevara, “Hasta la victoria siempre” como un lema común. Los niños uniformados en fila india. Se acercaba la comitiva fúnebre con los restos de Fidel Castro y su pueblo había salido a despedirle.

Llegábamos entrada la noche a Trinidad. La ciudad más bonita de Cuba, según innumerables guías. Repleta de casas coloniales perfectamente conservadas, con sus altos techos y sus ventanales, aunque parezca imposible, aquí pisamos suelo español. Las calles fueron empedradas con piedras procedentes de nuestro país, durante la época colonial. Se notaba que era un importante destino turístico porque, aunque el luto seguía vigente, no resultaba complicado conseguir un daiquiri. En el patio interior del bar y sin música que ambiente, el ron regaba la deliciosa cocina cubana. Toda una experiencia culinaria, sin duda.

Nuestra siguiente parada fue Remedios, la ciudad inesperada. Incluida en nuestra ruta como punto intermedio antes de acceder a los Cayos, resultó ser la sorpresa del viaje. Una de las tres ciudades más antiguas de Cuba, fundada por un español en 1513 y un lugar en el que los turistas no acostumbran a detenerse. Con todo lo que eso implica. Después de haber hablado con tantos cubanos, de haber escuchado tantas y tan diversas opiniones sobre Fidel -a favor y en contra-, nos encontramos con algo completamente diferente. Un vendedor de cacahuetes, un anciano que rondaría con facilidad los 80 años, nos habló de la Cuba prerevolucionaria. De la Cuba de Batista, quién asesinó cruelmente a su padre, de la Cuba que vio desembarcar al Granma. Nos habló del Ché, bajo cuyas órdenes estuvo durante algún tiempo. Del 26 de julio, de la Revolución. Nos habló con la voz de quien ha vivido la historia, con la emoción de quien ha formado parte de ella.Cuando, días más tarde, visitamos el mausoleo del Che en Santa Clara sus palabras volvieron a nuestra memoria.

Nos despedimos de Cuba en una Habana que había recuperado la voz. El luto había terminado y los bares habían vuelto a llenarse de música, de salsa, de ron. La vida continuaba,no nos habían mentido. Era cierto que nada había cambiado en Cuba, pero nosotros, en cambio, ya no éramos los mismos. Nos llevábamos de Cuba un trocito de historia, dejábamos en la isla un pedacito de nuestro corazón.

 

Plural: 2 Comentarios

  1. Lautaro dice:

    Muy buen relato, te felicito! No paro de leer blogs de viaje a cuba pero ninguno me gustó como este, saludos!

  2. admin dice:

    Gracias! Si vas a ir pronto, te recomiendo echar un vistazo al post de direcciones, el mapa seguramente te resulte útil 😉

Los comentarios están cerrados.