Cuba ūüď∑
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Cuba ūüď∑

 

Cuando nuestro avi√≥n aterriz√≥ en La Habana ya hab√≠a anochecido. Nos recibi√≥ una Cuba silenciosa, casi adormecida. Los que acab√°bamos de llegar nos agolp√°bamos a la salida del aeropuerto Jos√© Mart√≠, maravillados con los veh√≠culos de los a√Īos 50 que esperaban ansiosos llenarse de ocupantes. ¬ęAqu√≠ no ha cambiado nada¬Ľ nos dijo nuestro conductor, justo antes de explicarnos que no encend√≠a la radio porque el luto por el comandante prohib√≠a expl√≠citamente todo tipo de m√ļsica salvo la revolucionaria.

Nuestra casera nos habl√≥ de la muerte de Fidel abiertamente. Ella no era castrista y no dudaba en criticar al difunto comandante duramente pero, con todo, nos sorprendi√≥ el respeto con el que se refer√≠a a √©l en todo momento. ¬ęAqu√≠ nada va a cambiar¬Ľ, asegur√≥ sin titubear. Era la segunda vez que escuch√°bamos esa frase, y no ser√≠a la √ļltima. La noche no era como la hab√≠amos imaginado d√≠as antes del viaje, cuando a√ļn viv√≠a Castro y so√Ī√°bamos con una ciudad llena de m√ļsica y salsa.¬†La realidad era muy diferente: el luto invad√≠a las calles. Ni una nota musical romp√≠a el silencio de una noche hist√≥rica, la primera noche de una Cuba sin Fidel, tras 57 a√Īos. Los bares, en su mayor√≠a cerrados, no serv√≠an alcohol ni lo servir√≠an durante los 9 d√≠as de luto oficial que Ra√ļl Castro hab√≠a decretado en honor a su hermano. Los restos del comandante viajar√≠an de La Habana a Santiago de Cuba, donde ser√≠a enterrado.

A la ma√Īana siguiente el silencio hab√≠a dejado de ser absoluto. La m√ļsica segu√≠a desaparecida, pero las voces de turistas y cubanos llenaban las calles de la capital. La vida segu√≠a igual, tal como nos hab√≠an asegurado. O, al menos, muy similar.¬†Los turistas compraban el Granma y el Juventud Rebelde al 300% de su precio, convirtiendo unos simples peri√≥dicos en un souvenir √ļnico. Las portadas despidiendo a Fidel se amontonaban, cuidadosamente dobladas, en los brazos de los cubanos que hab√≠an sabido aprovechar la oportunidad. Eso es algo de lo que los cubanos saben bastante. A buscavidas no les gana nadie.

La ciudad no necesit√≥ mucho tiempo para calarnos. Los decr√©pitos edificios, que en su d√≠a debieron ser imponentes mansiones coloniales y que hab√≠an visto como el paso del tiempo agrietaba sus paredes, desconchaba su pintura y derru√≠a sus ventanas. Una ciudad que ni por vieja ni gastada dejaba de ser hermosa, a su manera. Casi hipn√≥tica.¬†En cada paso, en cada esquina. La Habana es una ciudad llena de arrugas. La primera¬†en el Templete, el lugar donde se fund√≥ la ciudad en 1519. La √ļltima en la Plaza de la Revoluci√≥n, donde bajo la atenta mirada del Che se prepara el escenario en el que Ra√ļl Castro despedir√≠a a su hermano un d√≠a m√°s tarde.

Las ra√≠ces espa√Īolas se extienden mucho m√°s all√° de la lengua com√ļn. En Cuba se nos quiere y se nos trata con el cari√Īo de quien recibe a un familiar lejano. Muchos son los cubanos con antepasados espa√Īoles que presumen orgullosos de sus or√≠genes. Y de la doble nacionalidad, un bien muy preciado en la isla. Los cubanos son amigables. Cuesta poco entablar una conversaci√≥n con ellos y siempre est√°n ansiosos por contarte su vida, por saber de la tuya. Una sociedad que hace tan s√≥lo un a√Īo que conoci√≥ Internet, en la que no hay mejor red social que una plaza o unas sillas en la puerta de casa.

No sabiendo muy bien si es la Habana quien se ven√≠a con nosotros, o si √©ramos nosotros quienes se quedaban en la Habana, partimos hac√≠a Vi√Īales, una zona mucho m√°s rural y m√°s castrista. All√≠ nos hablaron de Fidel en t√©rminos de absoluto respeto, incluso veneraci√≥n. Los hijos de la revoluci√≥n, los que nacieron cuando Batista ya no era m√°s que un mal recuerdo, s√≥lo ten√≠an buenas palabras para el comandante. Nos hablaron de los mejores a√Īos, de cuando los rusos enviaban mercanc√≠a a la isla, de la educaci√≥n y la sanidad gratuitas, de lo valorados que son sus m√©dicos en todo el mundo…

Los m√°s j√≥venes, sin embargo, eran m√°s proclives a la cr√≠tica. Nos hablaban de empleos cualificados con salarios m√≠seros, de la falta de oportunidades, de la problem√°tica de la doble moneda, de las consecuencias del bloqueo. El mismo pa√≠s, distintos ojos. Experiencias diferentes, distintas expectativas. Ni mejor ni peor, s√≥lo distinto.¬†Los mayores lo entienden, los j√≥venes tambi√©n. Se muestran en ese aspecto mucho m√°s tolerantes que los de fuera, que parecen buscar siempre la manera de instrumentalizar la realidad de un pa√≠s que no habitan.¬†El paisaje nos enmudeci√≥. Entre los impresionantes mogotes se escond√≠a el valle de Vi√Īales, un lugar de indescriptible belleza. Plantaciones de tabaco y caf√©, paseos a caballo, cayos de arena blanca y aguas turquesa… la oferta era inmensa, la belleza del lugar apabullante. Un lugar al que nos cost√≥ decir adi√≥s cuando nuestros pasos nos encaminaron hacia Cienfuegos.

Las calles agitadas, el ambiente festivo. Algo pasaba en la ciudad. Muchas pancartas, escritas a mano, en fachadas y ventanas se desped√≠an del comandante. La frase con la que se despidi√≥ Guevara, ¬ęHasta la victoria siempre¬Ľ como un lema com√ļn. Los ni√Īos uniformados en fila india. Se acercaba la comitiva f√ļnebre con los restos de Fidel Castro y su pueblo hab√≠a salido a despedirle.

Lleg√°bamos entrada la noche a Trinidad. La ciudad m√°s bonita de Cuba, seg√ļn innumerables gu√≠as. Repleta de casas coloniales perfectamente conservadas, con sus altos techos y sus ventanales, aunque parezca imposible, aqu√≠ pisamos suelo espa√Īol. Las calles fueron empedradas con piedras procedentes de nuestro pa√≠s, durante la √©poca colonial.¬†Se notaba que era un importante destino tur√≠stico porque, aunque el luto segu√≠a vigente, no resultaba complicado conseguir un daiquiri. En el patio interior del bar y sin m√ļsica que ambiente, el ron regaba la deliciosa cocina cubana. Toda una experiencia culinaria, sin duda.

Nuestra siguiente parada fue Remedios, la ciudad inesperada. Incluida en nuestra ruta como punto intermedio antes de acceder a los Cayos, result√≥ ser la sorpresa del viaje. Una de las tres ciudades m√°s antiguas de Cuba, fundada por un espa√Īol en 1513 y un lugar en el que los turistas no acostumbran a detenerse. Con todo lo que eso implica.¬†Despu√©s de haber hablado con tantos cubanos, de haber escuchado tantas y tan diversas opiniones sobre Fidel -a favor y en contra-, nos encontramos con algo completamente diferente.¬†Un vendedor de cacahuetes, un anciano que rondar√≠a con facilidad los 80 a√Īos, nos habl√≥ de la Cuba prerevolucionaria. De la Cuba de Batista, qui√©n asesin√≥ cruelmente a su padre, de la Cuba que vio desembarcar al Granma. Nos habl√≥ del Ch√©, bajo cuyas √≥rdenes estuvo durante alg√ļn tiempo. Del 26 de julio, de la Revoluci√≥n.¬†Nos habl√≥ con la voz de quien ha vivido la historia, con la emoci√≥n de quien ha formado parte de ella.Cuando, d√≠as m√°s tarde, visitamos el mausoleo del Che en Santa Clara sus palabras volvieron a nuestra memoria.

Nos despedimos de Cuba en una Habana que hab√≠a recuperado la voz. El luto hab√≠a terminado y los bares hab√≠an vuelto a llenarse de m√ļsica, de salsa, de ron. La vida continuaba,no nos hab√≠an mentido.¬†Era cierto que nada hab√≠a cambiado en Cuba, pero nosotros, en cambio, ya no √©ramos los¬†mismos. Nos llev√°bamos de Cuba un trocito de historia, dej√°bamos en la isla un pedacito de¬†nuestro coraz√≥n.

 

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