Diario de Rumanía (3): Los monasterios pintados de Bucovina
Diario de Rumanía (3): Los monasterios pintados de Bucovina

Diario de Rumanía (3): Los monasterios pintados de Bucovina

 

El día empieza con la alarma de las 7 de la mañana para poner el ticket del aparcamiento. Realmente es incomprensible que las máquinas no funcionen fuera de horario y no permitan dejar el ticket puesto el día anterior.

Aprovechamos la situación para darnos un último paseo por Sighișoara, que es una ciudad que nos ha gustado mucho y que, además, a esta hora está completamente vacía. Y no hay nada abierto tampoco.

Para aprovechar el viaje, bajamos en coche a la iglesia ortodoxa, pero nuevamente está cerrada, así que nos rendimos porque además no vemos en ningún sitio a qué hora planean abrir y tenemos un largo trayecto por delante hoy. Nos ponemos en marcha hacia Bucovina.

Biertan y Târgu Mureș

No vamos directos, claro está. Hacemos una primera parada en el pueblecito de Biertan, donde hay otra iglesia fortificada. Al llegar nos la encontramos cerrada y, según vemos en Google, abren a las 10… lo cual nos descuadra mucho. Damos una vuelta para bordearla y hacer algunas fotos, bastante decepcionados. Nos encontramos un perrete que se pone a seguirnos todo el camino, en ese momento no le damos importancia porque pensamos que será de alguien del pueblo que lo tiene suelto, pero a lo largo del viaje veremos tantos perros sueltos y abandonados en las carreteras que ya sí que empezará a preocuparnos este hecho… pero de esto hablamos luego.

Al llegar de nuevo a la plaza, para nuestra sorpresa, están abriendo la iglesia. No son ni las 9. En Rumanía nunca puedes darte por vencido porque lo de los horarios y los carteles parece más orientativo que otra cosa. Entramos, obviamente. Y menos mal porque la iglesia es una chulada. No la iglesia como tal, sino el hecho de que esté fortificada y cómo lo está. Además, hay una cosa muy curiosa, una especie de casa-cárcel en la que el sacerdote «encerraba» a las parejas que tenían problemas, para que se arreglaran. Los dejaba ahí con un tenedor y una cuchara y a compartir. Muy resolutivo el sacerdote, sí.

De Biertan nos vamos a Targu Mures, una ciudad que tuvo su importancia en el siglo XVI. Visitamos en primer lugar los juzgados, más que nada porque aparcamos en frente y están abiertos… y nos gusta mucho su recibidor, que es lo único que podemos ver. Sin tener mucha idea, nos parece que tiene un estilo bastante modernista, muy original. Luego nos vamos por la avenida principal, donde hay un mercadillo de lo que parecen productores locales, hasta la catedral, que nos impresiona mucho porque es un espectáculo por dentro. Y eso que por fuera no dice absolutamente nada.

Aprovechamos que está el mercadillo para cogernos algo de comer y reanudamos nuestra marcha al norte por un camino impresionante, repleto de árboles que además están en su mejor momento, los colores del otoño sientan de lujo a este lugar. Estamos como embobados todo el trayecto. Y eso que nos toca estar media hora parados por culpa de un accidente… y es que en Rumanía hay muchas, muchísimas carreteras de doble sentido, por lo que a la mínima, ya se forma una retención porque no hay por donde adelantar.

Voronet, Casa María y la pizza para imbéciles

Llegamos, por fin, al monasterio de Voronet. Los monasterios pintados de Bucovina son también Patrimonio de la Humanidad, que es algo de lo que van sobrados en Rumanía. Son monasterios que fueron construidos entre los siglos XV y XVI. Se pintaban por dentro y por fuera. Por dentro como todos los templos ortodoxos y por fuera, curiosamente, porque en la época el espacio interior estaba reservado a las élites, por lo que los fieles de las clases más bajas se quedaban fuera… y claro, hay que entender que las imágenes que nosotros vemos ahora en realidad son pasajes de las sagradas escrituras, son sermones, vaya. Así que los ponían fuera de los templos para que todo el mundo tuviera acceso a ellos.

El monasterio de Voronet nos impresiona mucho. Está mucho mejor conservado de lo que esperábamos, pero es que además como hemos llegado a media hora del cierre, no hay nadie y lo podemos disfrutar nosotros solos… por tan solo 10 leus por cabeza. Maravilla. Nos deja absolutamente fascinados, estamos entusiasmados porque no contemplábamos a priori venir a esta zona, por el desgaste de kilómetros que suponía, pero ahora somos conscientes de que hemos acertado de lleno.

Cuando ya llega la hora de cerrar, nos vamos a nuestro alojamiento… con el que, por cierto, nos ha pasado algo curioso. Hemos llamado para avisar de que íbamos a llegar un poco más tarde de lo previsto, pero se conoce que la propietaria solo hablaba rumano. Así que la conversación ha sido tal que así:

  • Perdone, vamos a llegar un poco más tarde de lo previsto (en inglés).
  • ¿Casa María?
  • Sí, sí, ese es nuestro alojamiento. Llamábamos para avisar de que llegaremos un poco más tarde.
  • ¡Casa María!
  • Exacto, pero oiga, que llegaremos más tarde…
  • Casa María.

Total, que lo hemos dado por imposible. Al rato nos ha llamado un chaval joven que sí hablaba inglés, suponemos que algún vecino, y ya hemos aclarado la situación. Al conocer a María, eso sí, hemos comprendido todo.

Nuestra anfitriona es una mujer encantadora, que solo habla rumano, pero que de algún modo se hace entender a la perfección. Vamos, que nos explica en perfecto rumano todo sobre nuestra habitación, entiende que necesito un secador de pelo y me lo trae, y hasta nos da recomendaciones para la cena. Una mujer extraordinaria, además de simpatiquísima.

Para cenar nos ha recomendado una pizzería cercana, vamos a cinco minutos andando, que debe ser muy local porque está medio escondida y solo tiene carta en rumano. Al traducirla con Google Translator, la sorpresa: la carta es rarísima. Pizzas con nombres como «come aquí y muere en casa», «la alegría del homosexual», ·cuando tu hijo está desesperado»… y precios para la pizza pequeña de «25 leu normales» y para la grande de «45 leu de gente estúpida». Todo muy raro. Pedimos una pizza grande para los dos y, para nuestra sorpresa, nos traen dos pizzas pequeñas. La cara que se nos queda hace que, de golpe, comprendamos la broma de la carta. 😀

Después de cenar nos vamos directamente a nuestra casita, que mañana toca de nuevo madrugar para ver el resto de iglesias pintadas.. y empezar a visitar las de madera!