Diario de Irán I: Qom y Kashan.

 

Salimos hacia el aeropuerto y aún pienso que es imposible, que algo saldrá mal, que de algún modo esto no va a suceder. Son muchas cosas las que han pasado desde que fijamos nuestra mirada en Irán. Demasiadas. Y no las tengo todas conmigo aún. A D. no le digo nada porque no quiero que sepa que no confío del todo en esto, que me he dejado llevar por el miedo. Nunca un destino se me hizo tan incierto y nunca me dio tanto miedo la idea de desilusionarme. Porque lo que tenemos con Irán es ilusión. Mucha. Quizás demasiada.

Da un poco de vértigo. Empezar un viaje esperando tanto, queriendo tanto. No es algo que no hayamos vivido antes, no. Es simplemente que esta vez se suman muchos factores. Que es un momento distinto. Que esto es algo con lo que llevo soñando desde que tenía 12 años. Y, por primera vez, me olvido del trayecto porque solo pienso en el destino. Solo quiero llegar y que todo esto pase, como si me quitara una tirita. Ráṕido y sin miedo, para que no duela.

Llegada

Aterrizamos en Teherán sobre las 3 de la madrugada, después de una escala en Estambul, después de dos vuelos en unos aviones incómodos y estrechos.

Cuando pisamos suelo iraní pasa algo: Dura solo un instante, tan breve, tan imperceptible. Pero ahí está. Solo visible para las mujeres. Un silencio, una mirada cómplice, un gesto: el de las mujeres occidentales colocándose el velo. Todas las mujeres del avión somos, durante ese segundo, una sola. Todas comprendemos, todas callamos, todas queremos gritar. Y es muy intenso sentir tanto con tan poco.

Después todo vuelve a la normalidad y el ritmo se acelera. Salimos aún retorcidos y con las cervicales hechas polvo, directos a sacarnos la visa on arrival. El instante se desvanece, nuestras cabezas ya están cubiertas.

Llegamos a una sala donde lo primero que vemos es la ventanilla para hacernos el seguro de viaje. Cuesta 14 euros por persona y tiene una cobertura de 10.000 euros, aunque la principal ventaja que tiene es que es válido para el país y para el visado. Todo lo que necesitamos.

Con el seguro, pasamos a la siguiente ventanilla. Allí nos dicen que primero debemos pagar el visado, 75 euros por cabeza más 5 euros por gastos de gestión. Luego toca esperar.  Y esperar nos desespera. Porque vemos que la gente entra y sale, pero a nosotros nadie nos dice nada. Y no sabemos. Otra vez el maldito miedo.

Por fin nuestro nombre. Nuestro pasaporte…y ya. No hay nada, ni sello, ni visado. Nada. Nos dicen que así vale, que todo está correcto. Y pasamos. Y ya está. Tanto miedo, tantas dudas evaporadas con una frase. Se acabó, estamos en Irán. El sueño acaba de empezar.

Gestiones aeroportuarias

Necesitamos ubicarnos, eso lo primero. Una tarjeta SIM para poder comunicarnos con nuestro couchsurfers, con nuestras familias. Llevamos desde España contratada una VPN para no tener problemas (no hay que olvidar que en el país están prohibidas redes sociales como Twitter o aplicaciones de mensajería como Telegram).  Compramos la tarjeta en Irancell -la mejor tarifa que encontramos- y, después, vamos a cambiar dinero. Con todo listo salimos en busca de transporte. Nos vamos derechos a Qom.

Tras tantear a varios taxistas, acaba apareciendo de la nada un señor que nos ofrece el trayecto por 150.000 tomanes (un poco más de la mitad de lo que pide el resto de conductores). Los tomanes que son riales sin un 0, una moneda imaginaria que aquí se utiliza de manera habitual. Una forma de quitarse ceros de encima, supongo.

Nuestro conductor no habla nada de inglés, pero con gestos entendemos varias cosas. La primera es que me ofrece unas mantas y unos cojines que lleva en la parte trasera para que me recueste. La segunda es que nos invita a compartir las pipas que va tomando. El paisaje es curioso: los coches descansan en el arcén de la autopista que está llena de luces. Los coches que circulan lo hacen de una manera temeraria. A mí me puede el sueño. D, como siempre, permanece al pie del cañón.

Qom

Llegamos a las seis de la mañana al hotel. Lo traemos reservado desde España porque, entre otras cosas, es un requisito indispensable para entrar al país. También porque no nos apetecía llegar a Qom a las seis de la mañana y tener que estar en la calle.

Dejamos las maletas, nos cambiamos de ropa, nos aseamos y desayunamos. Cuando ya estamos listos, nos ponemos en marcha. Nuestra primera parada, y prácticamente la última, es el mausoleo de Fátima. Es el segundo lugar más sagrado de Irán y nuestra razón para venir a esta ciudad.

Llegamos a la puerta del mausoleo y lo revolucionamos todo. Primero porque no nos entienden, y segundo porque necesitan encontrar a alguien que nos acompañe en la visita pero no hay nadie en esa puerta que hable inglés. Nos lo intentan decir, pero no nos entendemos. Entonces pasa un señor por la calle que habla inglés y se acerca a ayudar. De algún modo, acaba acompañándonos hasta otra puerta de acceso donde, ya sí, tienen a alguien que nos acompañe y un chador para mí (Un chador que no es más que una sábana con la que debo cubrirme).

El lugar es increíble, tan bonito que no podemos creerlo. Enorme, inmenso más bien. Con unos patios interiores que nos dejan maravillados. Llegará un punto en el que estos lugares dejen de impresionarnos, pero no será este momento. En este instante estamos con la boca abierta, completamente deslumbrados. Los azulejos de colores que adornan las paredes y techos, los mosaicos, los minaretes y esas bóvedas brillantes que parecen un espejismo.

Nos cuesta irnos, pero nos vamos. Recorremos tanto el centro de la ciudad como el pequeño bazar. Hay buen ambiente. La gente nos sonríe. Algunos nos preguntan de dónde somos, nos saludan. Nos gusta el ritmo de la ciudad, la gente paseando por la calle, la tranquilidad, la paz que se respira. Queremos fotografiar una panadería y, de algún modo, acabamos dentro mientras los panaderos orgullosos nos muestran cómo hacen el pan, posan y nos señalan el horno para que le hagamos fotos.

Cuando comprendemos que la ciudad no tiene mucho más que ofrecer, decidimos irnos a Kashan. Regresamos al hotel y pedimos un taxista. Nos despedimos de Qom.

Kashan

Nuestro taxista conduce como si no tuviera miedo a morir. Tan rápido que nos llega a parar hasta la policía, aunque la cosa se resuelve rápido.  Una locura en un país que tiene los coches más peligrosos del mundo.

De camino, paramos en la mezquita de Jamkaran, una de las mezquitas más sagradas de Irán y un lugar de peregrinación. 

Cuando llegamos buscamos hotel, un poco agobiados porque en las opciones que teníamos apuntadas nos dicen que no tienen habitaciones libres o nos piden demasiado dinero. Finalmente encontramos uno que tiene buena pinta y un precio aceptable. 

Kashan es una ciudad muy bonita, las casas son de adobe y está llena de callejones y pasadizos. Salimos a recorrerla de inmediato y lo primero que nos encontramos es la mezquita Agha Bozorg. Es una mezquita de adobe del siglo XVIII que llama mucho la atención por que su patio está construido en varias alturas, cosa que no hemos visto nunca en una mezquita (ni volveremos a ver en este viaje). El efecto es hipnótico, y más por que un mulá parece estar dando clase a dos jóvenes discípulos.

 

Cuando salimos, nos encaminamos a los Baños del Sultán Amir-Ahmad,  es una casa de baños públicos del siglo XVI construida durante la época del imperio safávida. Es una pasada, los mosaicos y, sobre todo, la simetría que tiene… aunque lo mejor es su tejado. Como si George Lucas hubiera conocido a Gaudí y hubieran decidido hacer un proyecto juntos. Espectacular. Encima tenemos la suerte de estar completamente solos durante toda la visita, así que más increíble aún la experiencia.

La entrada a los Baños del Sultán Amir-Ahmad tiene un precio de 200.000 riales por persona.

Nuestra siguiente parada es Borujerdi House, una casa histórica de 1857. Es bonita, aunque nos han gustado más los baños. Lo más espectacular es el tejado que tiene torres de viento, aunque no se puede subir, lo hemos visto desde los baños anteriores. También son muy bonitos los techos y el estuco de las paredes, que es una pasada.

La entrada a Borujerdi House tiene un precio de 150.000 riales por persona.

Vamos a comer a un sitio llamado Mozaffari Restaurant, que además de ser una chulada porque es un patio interior precioso, tiene la mejor comida que probaremos durante todo el viaje y unos precios ridículos. Comemos por fin el famoso kebab iraní, además con tahdig que es arroz con azafrán frito, una especie de socarrat. También probamos el kahk-o-bademjan, uno de los platos más típicos de la comida iraní hecho a base de berenjena y delicioso. 

Nuestra penúltima parada es el bazar, donde curioseamos durante un rato. Nos gusta mucho el ambiente que hay en los bazares persas, los vendedores no son para nada pesados y no tenemos la sensación de típico mercadillo.

 

Agotados después de un día tan largo e intenso, nos vamos al hotel a descansar y recuperar fuerzas para mañana. De camino hacía allá, aprovechamos para volver a parar en la Agha Bozorg: nos habíamos fijado por la tarde en que tenia farolillos y, aunque no los encontramos iluminados, los tonos verdes que dan luz la mezquita la envuelven en un halo encantador.

El podcast

Si os apetece escuchar cómo fue nuestra llegada a Irán, os lo contamos en nuestro podcast Otoño en Persia, que podéis encontrar en este enlace.