Marrakech

  Llegamos de noche, casi de madrugada. El aeropuerto de Menara nos recibe impoluto, luminoso… y prácticamente vacío. Nos lleva un rato ubicarnos, encontrar un cajero que funcione y conseguir unos dírhams -por los que acabamos pagando, a la desesperada, una comisión absolutamente desproporcionada-. Cogemos un taxi a la salida de la terminal. Los precios…