Diario de Irán (9): Sasánidas, cañones y sonrisas.

 

Nos levantamos aún abrumados por la noche de ayer. Ha venido a buscarnos el conductor que hemos contratado en el hotel de Kerman, la siguiente ciudad a la que vamos. La idea es que nos lleve haciendo una ruta por el camino hasta allí.

No queremos, porque entendemos que ya desayunamos el primer día y ni siquiera nos han cobrado esa primera media noche, pero el dueño del hostal nos insiste tanto que acabamos desayunando allí… nosotros y el conductor también. De verdad que son encantadores. Después, empezamos la ruta.

Sasánidas y castillos

Empezamos el día en la fortaleza de Saryazd, construida durante el reinado de la dinastía sasánida. Los sasánidas reinaron en Persia durante los siglos III y VII, fue la última dinastía que reinó antes del Islam y profesaban la religión zoroastra, de la que nos he estado hablando estos días. Durante la dinastía Sasánida el Zoroastrismo era la religión dominante, pero la conquista musulmana de Persia en el año 636 puso fin a su dinastía e impuso el Islam como religión.

El de Saryazd fue un castillo construido por comerciantes para almacenar mercancía, tenía unas 400 habitaciones y una cámara de seguridad en la que podían almacenar su dinero, como si fuera una especie de banco. Es increíble porque está completamente construida en adobe y se conserva bastante bien, de hecho tiene tres plantas y es posible subir a la torre y a las plantas superiores. Para ser una construcción tan antigua  su estado de conservación es más que razonable, asombroso incluso. Esta es una zona en la que hay muchas construcciones de adobe, como ya comentaba sobre Yazd o como vimos en Kashan… y es que el adobe es un material de construcción que resulta muy práctico aquí. Lo primero porque es fácil de conseguir, lo segundo porque es barato y lo tercero porque proporciona un gran aislamiento contra las temperaturas extremas que tienen estas ciudades, ubicadas en zonas desérticas.

Estamos completamente solos durante la visita, de hecho, al llegar nuestro conductor ha tenido que llamar a la persona encargada de abrir la fortaleza porque estaba cerrada. Se nota que nos hemos salido del circuito turístico tradicional y que el número de turistas ha caído en picado, si ya nos parecía que había pocos, esto ya ha sido increíble. Apenas nos hemos cruzado en todo el día con un par de familias iraníes.

La ruta de la seda: Caravanserais y cuevas en las montañas

Nuestra siguiente parada ha sido el caravanserai de Zein o Din. Los caravanserai eran lugares de paso para los viajeros de la ruta de la seda. Según nos han dicho, había 111 caravanserais situados entre Estambul y China, que recorrían toda la ruta y proporcionaban un lugar de descanso y refugio a los comerciantes, por supuesto a cambio de dinero. Tienen una estructura circular con habitaciones para los viajeros, cuadras para sus animales y lugares en los que exponer sus mercancías. Hoy día la mayoría se encuentran en activo, aunque ahora son hoteles… y bastante caros, al parecer. Por lo que nos han dicho, pasar una noche en Zein o Din cuesta unos 50€ por persona, lo cual nos parece una barbaridad porque nosotros estamos pagando entre 10 y 20 por habitación y noche.

Tras dejar el caravanseri hemos ido a Meymand. Se trata de un lugar bastante sorprendente: una aldea excavada en roca en la montaña. Un lugar en el que ha habido asentamientos humanos desde hace unos 8000 años y en el que los aqueménidas establecieron un pueblo hace unos 2500 años. Tiene su propia mezquita y, cómo no, un templo de fuego porque en este lugar se practicaba el Zoroastrismo.

Nos hemos puesto a deambular por el pueblo, nuevamente solos, cuando hemos visto a una mujer mayor. Le he pedido una foto y ella nos ha invitado a pasar a su casa, donde nos ha ofrecido pan y nos ha dado a probar varias frutas secas que tenía y que, entendemos, hace ella misma. La verdad es que ha sido interesante, sobre todo ver cómo son sus viviendas… aunque, nuevamente, no hemos podido hablar. Realmente nos encantaría volver a Irán hablando farsi. La experiencia podría ser increíble. 

A la salida nos hemos encontrado con otra mujer que nos ha llevado a su casa, donde estaba su marido, que al parecer es quien tiene las llaves del museo. El museo que está en el templo de fuego que hemos visto antes. Nos ha abierto la entrada y ahí ha sido donde hemos tenido una suerte inmensa porque justo ha llegado una familia iraní y la chica más joven hablaba inglés. Se ha ofrecido a hacernos de traductora y gracias a ella hemos podido saber que en el pueblo viven actualmente 14 personas, todas mayores y que están encantadísimos de vivir allí, pero les preocupa que no haya gente joven. Cosa que por otro lado, comprenden. La familia se ha ofrecido a llevarnos en su coche a Kerman, ya que ellos eran de allí, pero hemos rechazado su oferta. Es algo que me maravilla, y nunca dejará de hacerlo, de Irán:  siempre están dispuestos a ayudar al extranjero aunque no le conozcan de nada. Tras decirles que teníamos transporte, ella ha insistido en dejarnos su teléfono por si necesitábamos cualquier cosa durante nuestra estancia en su ciudad. 

El cañón Rageh

Después de esta pequeña aldea nos hemos ido al cañón de Rageh, que es un lugar que no conocíamos y no habíamos visto en ningún sitio, pero que nos propusieron cuando reservamos la excursión y dijimos que sí un poco sin saber que nos íbamos a encontrar. Por no ver, no habíamos conseguido ver ni fotos en Google.

Lo que nos encontramos es un cañón formado hace veinte mil años por el paso de un río, con unos 20 kilómetros de largo y unos 70 metros de profundidad. Un espectáculo. Sobre todo porque, nuevamente, estamos completamente solos, y eso es algo que nos tiene fascinados de este país, qué lugares que en cualquier otro lugar del mundo estarían masificados aquí están vacíos. Por un lado nos da pena, porque creemos que el país merece tener más turismo, porque sabemos que sería bueno para su economía y su crecimiento pero, por otro lado, nos daría más pena aún que el turismo de masas se acabara cargando este país, como ya ha pasado con tantos otros.  Imaginamos que, como suele pasar, lo ideal sería un equilibrio… pero eso es algo que solo el tiempo dirá.

Después de cañón seguimos nuestra ruta hacia Kermán, charlando con nuestro conductor Mehdi, que es un tipo encantador que además sale fenomenal en las fotos. Al llegar al hotel nos reciben con una cena que está incluida en el precio que hemos pactado para los tres días de excursiones y traslados, con nuestro camarero que es lo más salado que hay con su «ándale, ándale» y un buen rollo increíble. Cada día mejor en este país, desde luego. Estamos enamorados de Irán. 

Escúchanos

Si te apetece escuchar cómo vivimos este día en directo, puedes hacerlo en nuestro podcast Otoño en Persia