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Wai-o-tapu y Waimangu: géiseres, lodo y el lago más raro que hemos visto (Día 23)

La entrada a Wai-o-tapu hay que comprarla con antelación si se quiere ver el géiser Lady Knox a las 10:15, porque las gradas se llenan rápido y el resto se queda de pie. Llegamos a las 9:30 y el parking —enorme— ya tenía muchos coches.

Lady Knox: el géiser con jabón

El ritual es el mismo cada mañana desde hace décadas. Unos guías maoríes presentan el parque, cantan y después echan jabón al géiser. El jabón reduce la tensión superficial del agua y provoca que el vapor salga antes de lo que haría de forma natural. Al poco tiempo sale el chorro: espuma blanca, algo de vapor, unos tres metros de altura.

Si has estado en Islandia, la comparación es inevitable y no sale bien parada. El Strokkur sube veinte metros cada cinco minutos sin que nadie le eche nada. Lady Knox es un espectáculo producido, y se nota. Dicho esto, tiene su gracia verlo una vez, y el contexto que dan los guías ayuda a entender qué hay debajo de todo este territorio.

Las entradas se pueden comprar en taquilla, pero en temporada alta conviene reservarlas antes en GetYourGuide para no arriesgarse con el aforo del géiser. Si no tenéis coche, también tienen un tour de medio día desde Rotorua que incluye el Lady Knox y el parque.

Wai-o-tapu: el lago que no debería existir

Terminado el show, todo el mundo coge el coche para ir al parque termal a un kilómetro y se forma atasco. Nosotros vamos andando en quince minutos. Vale la pena saberlo.

El recorrido —hay dos caminos que se pueden combinar— pasa por pozas de lodo en ebullición, fumarolas y la Champagne Pool, que es la laguna termal más grande del mundo con 65 metros de diámetro y agua a 74 grados. La niebla que desprende a primera hora de la mañana le da un aspecto irreal. El color del borde —naranja oxidado sobre verde— es el resultado de depósitos de arsénico y antimonio. Lo que parece una paleta de pintor es química pura.

El lago amarillo-verdoso del segundo camino es otra cosa difícil de describir: un color que no tiene referente en la naturaleza que uno conoce. Interesante de un modo que cuesta articular.

Al volver al parking del géiser nos encontramos con que está cerrado con llave. Tenemos que ir a buscar a seguridad para que nos abran. Nos dicen que les pasa con frecuencia. No hay ningún cartel que avise. Tomad nota.

Waimangu: la zona volcánica que sí sorprende

Waimangu funciona por turnos y con horario de entrada fijo. Pasa poca gente a la vez, y eso cambia todo. La zona termal es el resultado directo de la erupción del monte Tarawera en 1886, una de las mayores erupciones volcánicas de la historia de Nueva Zelanda, que destruyó los legendarios Terrazas Rosadas y Blancas —consideradas en su momento una de las maravillas naturales del mundo— y mató a más de ciento cincuenta personas.

El recorrido de cinco kilómetros empieza entre selva y lagos en caldera volcánica, y a medida que se avanza la zona sulfúrica se va mezclando con la vegetación de un modo que resulta completamente absurdo: lago rodeado de palmeras con cortinas de humo moviéndose entre los árboles, como si dos paisajes que no deberían estar juntos hubieran decidido coexistir. El Lago Frying Pan, de color turquesa intenso, es el lago de agua caliente más grande del mundo, con más de treinta mil metros cuadrados de superficie a unos 55 grados. El camino está muy bien montado, con miradores continuos, baños y tres paradas de autobús para ir y volver sin tener que repetir el trayecto a pie. Nosotros hacemos el recorrido completo —unas tres horas con paradas para fotos— y saltamos el crucero por el lago al final. Volvemos en bus encantados con el sitio. Es el mejor parque termal del día, sin duda.

Si se quieren hacer los dos parques en un día sin coche, hay un tour completo que combina Wai-o-tapu, Waimangu y Te Puia con guía en inglés desde Rotorua. Nosotros fuimos por libre, pero el tour tiene buenas valoraciones para quien prefiera no conducir.

Los Redwoods y el paseo por el lago

Al lado de Rotorua está el Bosque de las Secuoyas, un parque forestal urbano enorme con caminos para todos los niveles. Tienen pasarelas elevadas entre los árboles y una caverna artificial con gusanos bioluminiscentes —más de tres mil en la principal— que nos permite quitarnos la espinita de no haberlos visto en Minnehaha. Con la peque es la forma más accesible de verlos. El paseo es agradable, con familias y gente haciendo deporte, y la escala de los árboles hace que uno se sienta pequeño de un modo que no cansa.

Bajamos al centro de Rotorua a última hora. Es una ciudad pensada para el coche, con muchos parkings de pago y un centro comercial que recuerda a cualquier suburbio americano. Aparcamos gratis en el memorial y damos un paseo por el Rotorua Lakefront Boardwalk hasta los Jardines del Gobierno, que tienen ese aire colonial inglés que aparece en los rincones más inesperados de Nueva Zelanda. El edificio del museo tiene una fachada preciosa, pero está cerrado por obras de restauración sísmica desde 2016, y no hay fecha confirmada de reapertura. A las 19:30 el centro está muerto. Echamos gasolina y volvemos al hotel.


Para Rotorua conviene reservar Wai-o-tapu y Waimangu con antelación, especialmente si se quiere coincidir con el Lady Knox. Para el alojamiento, buscamos en Booking y en Agoda. Para actividades organizadas en la zona, Civitatis tiene opciones en español. Y como siempre, viajamos cubiertos con Heymondo (código RETRATOSVIAJEROS, −5 % individual o −15 % familiar).

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