Viajar con bebé en el primer año – Nueva Zelanda

Viajar para qué: lo que le enseñamos a la peque cada vez que salimos

Había algo en ese momento que no esperábamos. Llevábamos meses planeando el viaje, semanas hablando de los pingüinos de Phillip Island con ilusión. Y cuando llegó la noche, cuando los primeros pingüinos empezaron a salir del agua y avanzar torpemente por la arena hacia sus nidos, lo primero que vimos no fueron los pingüinos. Fueron los móviles.

Pantallas encendidas. Linternas. Y más de un flash, pese a los avisos del parque, pese a los carteles, pese al personal que lo repetía antes de empezar. El Penguin Parade de Phillip Island está gestionado por Phillip Island Nature Parks, una organización que reinvierte todo lo que recauda en conservación, investigación y rescate de fauna. La prohibición de fotografiar no es un capricho: los pingüinos tienen los ojos extremadamente sensibles y cualquier luz artificial puede desorientarlos, apartarlos de sus nidos y exponerlos a depredadores. Hace años se permitía fotografiar sin flash. La gente lo ignoró de forma sistemática. Prohibieron la fotografía por completo. La irresponsabilidad colectiva destruyó algo que podría haber funcionado para todos.

Nosotros estábamos ahí con la peque, que todavía no entiende nada de esto. Que miraba los pingüinos con los ojos muy abiertos y no sabe lo que es un flash ni lo que es un nido ni lo que es una especie que necesita que la dejemos en paz. Pero nosotros sí lo sabemos. Y esa noche, más que disfrutar del espectáculo, nos quedamos pensando en qué tipo de viajeros queremos ser. Y, sobre todo, en qué tipo de viajera queremos que sea ella.

¿Para qué viajamos?

Hay una conversación que los padres que viajan tienen a menudo, aunque no siempre en voz alta: ¿para qué viajamos? La respuesta fácil es que viajar abre la mente, que ver mundo hace mejores personas, que la exposición a otras culturas, otros paisajes y otras formas de vivir construye algo que ningún aula puede construir igual. Y creemos en todo eso. Pero después de una noche como esa en Phillip Island, la respuesta se nos hace más concreta y más urgente.

Viajar no sirve de nada si viajamos como ese turista que apunta con la linterna del móvil a un pingüino asustado porque quiere una foto para Instagram. Viajar para eso es, casi, peor que no viajar. Porque al menos quien no viaja no está ahí, molestando.

Lo que queremos enseñarle a la peque es algo más difícil y más sencillo al mismo tiempo: que los lugares que visitamos no nos pertenecen. Que los animales que nos cruzamos no están ahí para nosotros. Que dejar un sitio igual que lo encontramos, o mejor, es la única forma honesta de estar en el mundo.

Las cosas pequeñas

Eso empieza en cosas tan pequeñas que da vergüenza mencionarlas. Llevamos una botella de agua reutilizable desde hace años. En tres semanas por Australia y Nueva Zelanda no compramos una sola botella de plástico. En los aeropuertos, en los parques nacionales, en las ciudades: hay fuentes. Hay que llevar la botella. Eso es todo.

Lo mismo con los residuos. Hay una regla que seguimos en cualquier entorno natural: si algo no estaba ahí antes de que llegásemos, no lo dejamos cuando nos vamos. Y eso incluye cosas que parecen inofensivas, como una cáscara de plátano. En un ecosistema que no es el tuyo, esa cáscara introduce bacterias, semillas y materia orgánica que no pertenecen a ese suelo. Lo que en casa es compostable, en un parque nacional de Nueva Zelanda puede ser invasivo. Cuando hay basura de otros, la recogemos también. Es un gesto pequeño. La peque lo ve, lo normalizará, y algún día lo hará sin pensar.

Lo de no alimentar a los animales silvestres va en la misma dirección. En Nueva Zelanda y Australia es fácil toparse con fauna que se acerca sin miedo: keas, kookaburras, canguros en los campings. La tentación de darles algo es enorme, especialmente con una niña pequeña que se emociona al ver a los animales tan cerca. Pero alimentar animales salvajes distorsiona su comportamiento, los hace dependientes de los humanos y puede matarlos, literalmente, cuando les damos alimentos que su sistema no puede procesar. No es crueldad resistirse. Es exactamente lo contrario.

Esto fue especialmente duro de vivir en Nara. Allí los ciervos se han habituado de tal manera a la alimentación humana que hay toda una economía basada en vender galletas a los turistas para que se las den a los animales a cambio de una reverencia. Nuestra hija tenía apenas siete meses en aquel momento y, obviamente, no entendía nada… pero nos sirvió para entender algo como padres: a dónde se elige ir y a dónde no es una enseñanza en sí misma.

El problema de los santuarios

Con los santuarios y las actividades de fauna hay una capa más de complejidad. No todos los sitios que se presentan como «respetuosos» lo son. Hay santuarios que son criaderos encubiertos, hay experiencias de «vida salvaje» que implican animales en condiciones deplorables. Nos hemos equivocado antes, al principio de nuestra vida como viajeros, por no investigar lo suficiente. Ahora dedicamos tiempo a leer reseñas, buscar referencias de organizaciones de conservación reconocidas y contrastar experiencias de otros viajeros antes de reservar cualquier actividad con animales. Y aun así, a veces nos equivocaremos. Forma parte del proceso. Lo importante es aprender del error y no repetirlo.

Otras formas de viajar

También hemos ido cambiando la forma en que viajamos en sentidos más amplios. Llevamos años comiendo en restaurantes locales, de forma casi exclusiva. No es solo una cuestión de sostenibilidad, es que la comida local es invariablemente mejor y el dinero llega directamente a quien lo trabaja. En Nueva Zelanda, cuando la peque perdió parte de su ropa en un descuido, en lugar de entrar en una cadena y comprar ropa nueva, buscamos tiendas de segunda mano. Las encontramos sin dificultad. Encontramos lo que necesitábamos. Y de paso le enseñamos, sin saberlo del todo, que lo nuevo no es siempre la única opción.

HomeExchange es otra de las cosas que estamos explorando. La idea de intercambiar casas con otras familias encaja con algo que llevamos tiempo pensando: que el alojamiento masificado tiene un coste que va más allá del precio de la noche. Que quedarse en la casa de alguien, en su barrio, cambia la forma de relacionarse con un destino. Y que consume mucho menos en términos de recursos que un hotel convencional.

La naturaleza como profesora

Pero si hay algo que nos parece la mejor escuela para todo esto, es la naturaleza misma. La peque tiene pocos meses y evidentemente no entiende el cambio climático. Pero ya ha visto los glaciares de Fox Glacier. Ya ha estado en Uluru. Ya ha respirado el aire de Fiordland. Lo que no podemos explicarle con palabras, la naturaleza se lo está mostrando.

Nosotros sí entendemos lo que vemos. Sabemos que los glaciares de Nueva Zelanda llevan décadas retrocediendo. Que el desierto avanza donde antes había agua. Que hay bosques que ya no son lo que eran. Ver eso en vivo, con la niña en brazos, tiene un peso que ninguna estadística reproduce. Y cuando ella sea mayor y pueda entenderlo, queremos que tenga esas imágenes propias, esa memoria física de haber estado en esos lugares, como punto de referencia. Que sepa que esos sitios existen y que son frágiles porque los ha pisado, no porque lo ha leído.

La naturaleza es la mejor profesora para esto. Mucho mejor que nosotros.

Lo que decidimos en esa playa

El futuro del planeta no depende tanto de nuestra generación como de la suya. Eso lo sabemos. Pero lo que nuestros hijos hagan depende en gran medida de lo que nosotros hagamos delante de ellos ahora, cuando todavía son pequeños y lo absorben todo sin filtro. No hay discurso que valga más que el ejemplo. No hay charla sobre sostenibilidad que compita con ver a sus padres apagar el móvil porque los pingüinos necesitan oscuridad para llegar a casa.

La peque no va a recordar esa noche en Phillip Island. Pero nosotros sí sabemos lo que decidimos ahí: qué tipo de viajeros queremos ser. Y, por extensión, qué tipo de persona queremos ayudarla a ser.

No hace falta hacer nada extraordinario. Hace falta hacer lo correcto cuando nadie te obliga. Eso, repetido durante años, es lo que se convierte en carácter.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *