Diario de NY (2): Distancias
Diario de NY (2): Distancias

Diario de NY (2): Distancias

 

Bajo del metro en Broad st. Tiene el metro de Nueva York algo decadente y caótico, como si tuviera su propio carácter, un viejo malhumorado y cascarrabias que cuenta anécdotas increíbles junto al fuego. Esa forma de hacerte odiar y amar al mismo tiempo cada una de sus imperfecciones, cada una de sus carencias. Como si fueran cicatrices, de esas que imprimen carácter.

Lo primero que me encuentro son obras. Manhattan está llena de calles cortadas y andamios. La ciudad aún más caótica, si cabe. Me abruman las aceras cortadas y los desvíos. Me despisto varias veces hasta llegar al Federal Hall. Un tipo toca el saxofón en sus escaleras. Desafina. Toca tan sumamente mal que hace chirríar a toda la calle. La gente pasa de largo. Los neoyorquinos ni siquiera escuchan. Van apresurados de un lado a otro. Sobre todo aquí, en Wall st. Caminan con sus cafés en una mano y el teléfono móvil en la otra, hablando de cosas que presumo importantes, vendiendo o comprando cosas, moviendo dinero.

Llego casi sin darme cuenta al Memorial 911 y pienso en lo paradójico que resulta. Tanta prisa para nada. Para acabar siendo un nombre más de los que rodean la enorme cascada conmemorativa. Banderas patrióticas sobre los nombres de los héroes caídos. Muchas banderas y demasiados héroes, lamento.

Continúo por Liberty st. Curioso que la libertad tenga una calle en la ciudad que más rehenes hace. Bajo por South End Ave hasta Battery Pl. hasta llegar al parque Robert F. Wagner. Un grupo de niñeras juegan frente al Hudson con los niños que cuidan. La estatua de la Libertad de fondo. Un grupo de críos aprende a pescar junto a la barandilla mientras su profesora les explica qué tipo de objetos no deben arrojar al mar.

Sigo por Battery Park hasta Whitehall, donde cojo el ferry de Staten Island. Es la tercera vez que lo hago, pero la primera vez que entiendo lo que representa. Es el viaje, no el destino. No ir a ningún lugar pero disfrutar de las vistas. A veces la vida no necesita más que eso para ser perfecta: desprendernos de los propósitos, centrarnos en el momento. Sin razones, sin finalidades. Sólo para disfrutar del qué, olvidando los por.

Cuando regreso a Manhattan paro a comer. Después subo hasta St. Paul’s chapel, también en obras y termino en el City Hall. Me dirijo hacia el metro pero cambio de idea y decido subir caminando hasta NoLiTa, pasando por China Town y Soho antes.

Ya en el apartamento escribo a  Cristina, hemos quedado en una hora en el Shake Shack de Madison Square, junto al Flatiron. Se me hace raro quedar con mi mejor amiga en la 23th, como si fuera la cosa más natural del mundo.

Pienso en las distancias, en lo subjetivas que pueden llegar a ser. En cómo más de 5000 kilómetros pueden llegar a parecer centímetros si se comparten con la persona adecuada. De cómo unos milímetros pueden parecer insalvables si es la persona incorrecta la que se enfrenta a ellos. Lejos o cerca… más una sensación que una cifra. Un vuelco al corazón con cada wifi abierta. Unos minutos que parecen una vida entera. Sonrío.

Me bajo en Union Square. Me encanta su ambiente nocturno. Tal como lo recuerdo. Un grupo de Hare Krishnas pasea un cartel “animals are equals”. Yo pienso en Orwell y en Rebelión de la granja de inmediato, aunque no guarde relación alguna. Deformación profesional. Unos chavales  patinan en las escaleras de la plaza, resulta muy impresionante verlos. Al otro lado un hombre imita a Michael Jackson (bastante mal) y varios transeúntes se animan a seguirle. Continúo por Broadway, a lo lejos puedo ver el Empire State. Hoy está iluminado en blanco. Tengo que revistar qué significa. Llego a Madison Square, sorprendentemente no hay mucha gente en la cola de Shake Shack.  Mientras espero a mi amiga cruzo para ver el Flatiron. Es mi edificio favorito de Manhattan, al igual que el Metrópolis lo es de Madrid. Me gustan los edificios que hacen esquina, supongo.

A lo lejos veo llegar a Cris. Me sonríe, la sonrío, nos abrazamos. Y ya está, ni distancias, ni tiempo, ni prisas. Una buena cena, una buena amiga y una localización inmejorable. Manhattan no parece tan ajena esta noche. De hecho, me parece un poco mía. Y es mi primer día completo aquí.

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