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Sídney: el puerto, la Ópera y las playas de Manly y Bondi (28-29)

Nos levantamos a las siete de la mañana, que son las nueve en Nueva Zelanda. El cuerpo todavía no ha procesado el cambio de país. Ponemos lavadora, nos duchamos y salimos con calma bajo una lluvia persistente.

El tranvía está averiado. Buscamos la tarjeta Opal —el sistema de transporte público de Sídney, equivalente a nuestra Oyster londinense— y tardamos en encontrarla. Sin ella el precio de cada trayecto es libre; con ella hay tarifa plana diaria y semanal. Al final la encontramos en un combini. Con eso resuelto, cogemos el tranvía que sí funciona y bajamos hacia el puerto.

El puerto que dio origen a una ciudad

Llegar al Circular Quay con lluvia no es el recibimiento ideal, pero tampoco le quita grandeza al escenario. Port Jackson, la bahía de Sídney, es uno de los puertos naturales más grandes y profundos del mundo. Fue ese accidente geográfico el que determinó todo: los barcos podían acercarse hasta la orilla, el agua era limpia y la tierra circundante fértil. Cuando la Primera Flota británica llegó en enero de 1788 con sus 736 convictos a bordo, el capitán Arthur Phillip escribió que había encontrado «el mejor puerto del universo». No exageraba demasiado.

 

Lo que vemos hoy es el resultado de más de dos siglos de transformaciones. The Rocks, el barrio histórico que está justo al oeste del puerto, fue el primer asentamiento europeo permanente de Australia. Comenzó como un campamento de convictos y marineros, creció como zona portuaria y de comercio, y durante el siglo XIX fue uno de los barrios más densos, sucios y peligrosos del hemisferio sur: tabernas, burdeles, peleas de marineros, bandas callejeras. A finales del XIX una epidemia de peste bubónica fue el pretexto para que el gobierno de Nueva Gales del Sur tomara el control de casi todo el suelo de la zona y comenzara a demoler y reconstruir a su antojo.

Lo que sobrevivió se convirtió en vivienda pública. Durante décadas, The Rocks y el vecino Millers Point alojaron a trabajadores portuarios y a sus familias en casas que pasaban de padres a hijos. Era una comunidad trabajadora con una identidad muy fuerte, ligada al sindicato del puerto, a la historia del barrio y a la vista de la bahía. En 2014, el gobierno de Nueva Gales del Sur anunció la venta de 293 viviendas públicas en Millers Point y la reubicación de sus inquilinos. El pretexto fue que era injusto mantener vivienda social en una de las zonas con el precio del suelo más caro del país. El resultado real fue el desplazamiento de una comunidad entera para vender el terreno a promotores de apartamentos de lujo. El detonante decisivo fue el desarrollo de Barangaroo, un gigantesco proyecto urbano en los antiguos muelles adyacentes a Millers Point , que convirtió el barrio de la noche a la mañana en un polo de atracción para inversores internacionales. Las mismas vistas que durante un siglo habían sido el paisaje cotidiano de los estibadores son ahora el reclamo de los apartamentos de mayor precio de la ciudad.

Recorremos The Rocks bajo la lluvia. Los edificios son bonitos, los adoquines históricos, pero hay algo de escaparate en todo. La parte del puerto no luce con el crucero enorme anclado delante. Esos cruceros llevan años siendo el gran problema estético del puerto: bloquean la vista del puente desde la Opera, distorsionan la escala de todo y llegan cargados de turistas que bajan, compran souvenirs y vuelven a subir sin gastar nada en la economía local. La ciudad lleva años debatiendo qué hacer con ellos. De momento, siguen ahí.

La Ópera y el danés que nunca volvió

Cruzamos hacia Bennelong Point. El edificio de la Ópera está envuelto en niebla y no es blanco como pensábamos —es de un marfil-gris que cambia con la luz—. El conjunto del entorno está bien resuelto: accesos subterráneos, zonas de restaurantes, espacios abiertos con el puente enfrente. Pero el crucero vuelve a estropear la vista.

 

La historia del edificio es una de las más extraordinarias de la arquitectura del siglo XX. En 1956, el gobierno de Nueva Gales del Sur convocó un concurso internacional para diseñar una sala de conciertos en Bennelong Point. Se presentaron 233 propuestas de arquitectos de 30 países. El ganador fue Jørn Utzon, un danés de 38 años que antes del concurso no había construido prácticamente nada de relevancia. Se dice que su propuesta estaba en la pila de los descartados cuando Eero Saarinen, el famoso arquitecto finlandés que llegó tarde al jurado, la rescató y declaró que era sin duda la ganadora.

El diseño era radicalmente nuevo. Única entre todas las propuestas, situaba las dos salas una junto a la otra mirando hacia el puerto desde la punta de Bennelong Point, con cubiertas en forma de velas sobre el agua —una respuesta escultórica tanto al emplazamiento como a la ciudad que lo rodeaba—. El problema era que nadie sabía muy bien cómo construirlo. La geometría de las cubiertas era tan original que los ingenieros tardaron años en encontrar una solución. Fue el propio Utzon quien finalmente resolvió el enigma cuando la piel de una naranja le dio la clave: todas las superficies curvas podían extraerse de una misma esfera, lo que permitía producirlas en serie con piezas prefabricadas. Era una solución de una elegancia matemática excepcional.

Pero las obras se alargaban y el presupuesto se disparaba. El coste estimado cuando empezaron las obras en 1959 era de 3,5 millones de libras. En 1962 ya había superado los 13,7 millones. En 1965 cambió el gobierno y el nuevo Ministro de Obras Públicas, Davis Hughes, comenzó a cuestionar cada decisión de Utzon, a retrasar pagos y a exigir cambios que el arquitecto consideraba inaceptables. En 1966, Utzon presentó su dimisión. Salió de Australia saltando un muro trasero para evitar a la prensa. El gobierno le debía 100.000 libras. El edificio acabó costando 102 millones. Y en la ceremonia de inauguración en 1973, el nombre de Utzon no se mencionó ni una sola vez.

Utzon nunca regresó a Australia. Nunca vio terminado el edificio que lo hizo famoso. En 1999 aceptó regresar como asesor para supervisar una renovación, y en 2004 la sala de recepciones fue rebautizada como la Sala Utzon —un gesto tardío de reconocimiento. En 2003, con ochenta y cinco años, recibió el Premio Pritzker, el Nobel de la arquitectura. Murió en 2008.

Los jardines y un atardecer con vistas

Deja de llover. Vamos al jardín botánico, que es inmenso y está pegado al puerto. Nos para en seco un Moreton Bay Fig, una higuera de bahía enorme con una copa que ocupa el espacio de una casa. Hay otro árbol con raíces aéreas que cae en cascada desde las ramas como si fuera una cortina viva.

La vista de la Ópera desde los jardines es menos impactante de lo esperado: se ve a distancia y el ángulo no ayuda. Cruzamos y subimos al Sydney Harbour Bridge. Desde arriba la bahía se entiende de otra manera: la escala, la cantidad de agua, los islotes, las calas, las mansiones que se asoman al agua desde todos lados. Y entonces se va el crucero.

Todo mejora.

Bajamos con intención de irnos, pero el cielo empieza a teñirse de naranja y nos quedamos. El atardecer sobre la bahía es extraordinario. Ahora sí, con esa luz, el edificio de la Ópera es icónico: los paneles de cerámica capturan el color de una manera que ninguna fotografía reproduce bien. Entendemos por qué Utzon pasó tanto tiempo estudiando los mapas náuticos de esta bahía antes de diseñar su propuesta. El edificio está pensado para verse desde el agua, desde el puente, desde los jardines, en movimiento, con la luz cambiando. Es una escultura que necesita el tiempo y el entorno para completarse.

Chinatown y una historia larga

Cogemos el tren hasta Chinatown. Mercadillo con comida y baratijas, ambiente de sábado noche. Compramos bolas de crema en un puesto con una cola que dobla la manzana.

La presencia china en Sídney no es reciente ni superficial. El primer chino documentado en Australia llegó en 1818, compró tierras en Parramatta, se casó con una mujer inglesa y terminó regentando una taberna. Durante la fiebre del oro de mediados del siglo XIX llegaron decenas de miles de trabajadores chinos, y la reacción no tardó: leyes de exclusión, restricciones de entrada, discriminación institucionalizada. La llamada White Australia Policy, que limitaba severamente la inmigración no europea, no fue desmantelada formalmente hasta los años 70.

Desde entonces la comunidad china no ha parado de crecer. En el censo de 2021, el 5,5% de la población australiana se identificaba como de ascendencia china , y en Sídney la presencia es todavía más visible. Barrios enteros del área metropolitana —Burwood, Hurstville, Eastwood— son hoy funcionalmente comunidades chinas, con comercios, restaurantes, colegios y vida social en mandarín o cantonés. La influencia cultural ya no es un gueto: está en los mercados, en la arquitectura comercial, en la oferta gastronómica de cualquier barrio del centro.

Día 29: Manly y Bondi

El día amanece despejado. Cogemos el tranvía hasta Circular Quay y, sobre la marcha, nos subimos al ferry F1 a Manly. Mucha gente esperando en el embarcadero con toallas bajo el brazo, como si fuera lo más normal del mundo coger el ferry a la playa desde el centro de la ciudad un domingo por la mañana —porque aquí lo es—.

Las vistas de la Ópera desde el ferry son las mejores que vamos a tener en todo el viaje. El barco va rápido, hace viento, y en veinte minutos estamos en Manly.

El estilo de vida sydneysider

Paseo peatonal hasta la playa. Ambiente de domingo tranquilo: gente en bañador, familias con perros, grupos de amigos con termos de café. Hay puestos donde te extienden crema solar de manera gratuita —el melanoma es el cáncer más común en Australia y la cultura de la protección solar es parte de la identidad nacional—. No hay una sola sombrilla en toda la playa.

La relación de Australia con el sol es una de las más contradictorias del mundo. El bronceado se convirtió en símbolo de estatus a partir de los años 20, cuando pasó de ser marca de trabajo duro al aire libre a ser signo de ocio y salud. Durante décadas, tumbarse al sol sin protección fue parte central de la identidad australiana. El problema es que Australia tiene la tasa de cáncer de piel más alta del mundo —más de 440.000 personas son tratadas cada año y más de 2.000 mueren—, hasta el punto de que se le llama «el cáncer nacional». En 1981, el Cancer Council Victoria lanzó la campaña Slip, Slop, Slap —una gaviota antropomórfica llamada Sid que bailaba tap y cantaba un jingle recordando que había que ponerse una camiseta, aplicarse crema solar y ponerse un sombrero. La campaña caló tanto que la frase se convirtió en parte del lenguaje cotidiano australiano. Hoy los puestos de crema solar gratuita en las playas son parte del paisaje. Las sombrillas, sin embargo, no: la cultura de tumbarse al sol sin cubrirse sigue aquí, aunque el discurso oficial lleve cuarenta años intentando cambiarla.

Paseamos hacia la derecha hasta Shelly Beach, más pequeña y resguardada, rodeada de pinos y con el agua más transparente que hemos visto fuera de los trópicos. Fresca, clarísima, con fondo de roca y arenas blancas. No hay nadie vendiendo nada, no hay tumbonas de alquiler, no hay chiringuitos. Solo la playa, el parque y la gente.

Comemos en un tailandés con terraza frente al mar. Pad thai muy bueno, precio razonable. Hemos llegado justo: al poco de sentarnos no cabe nadie más.

El ferry de vuelta está lleno de veleros navegando la bahía. El ambiente es ese que no se puede fabricar: gente disfrutando del agua porque es domingo y viven aquí y esto es lo que se hace.

Paramos en la Customs House Library, frente al puerto. Biblioteca pública con sofás, revistas, luz natural y una maqueta impresionante de toda la ciudad a escala que cubre el suelo de la planta baja. Mucha gente sentada en silencio, leyendo o mirando el techo.

Bondi y el Waverley Coastal Walk

Cogemos el bus 333 hacia Bondi. Hay un desfile del orgullo en algún punto de la ruta y el tráfico se complica. Nos bajamos antes de tiempo y esperamos el siguiente bus, que llega en un minuto —el sistema de buses aquí funciona bien—.

Bondi es más amplia y más llena de gente de lo que esperábamos. Durante los Juegos Olímpicos del año 2000 se instaló aquí un estadio temporal para el voley playa, que luego fue completamente desmontado y la arena devuelta a su estado natural. Hoy en día Bondi es simplemente Bondi: césped con gente tumbada, oleaje fuerte, surfistas en el agua, ninguna sombrilla a la vista.

Empezamos el Waverley Coastal Walk, el sendero que recorre el litoral hacia el sur. Mal señalizado, con muchas escaleras, pero extraordinariamente bonito. El camino pasa por varias playas más pequeñas —Tamarama, Bronte, Clovelly—, cada una con su parque, sus zonas de barbacoa y picnic públicas, sus piscinas naturales talladas en la roca donde nada gente de todas las edades. La costa es áspera y dramática, con acantilados oscuros y agua muy azul.

En Coogee, al final del recorrido, hay familias cenando en el parque. Grupos de amigos con botellas de vino, parejas, gente joven. Ambientazo sin ruido, sin bares, sin terrazas de pago: el espacio público como lugar real de vida social. Llevamos veinte kilómetros cuando llegamos de vuelta a Randwick. Hemos pagado nueve dólares australianos de transporte en todo el día —el primer tranvía y el ferry de ida—, porque con la Opal hay un tope diario.

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