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Lugares que no serán

El día que cayó la primera bomba sobre Irán, pensé en la plaza de Naqsh-e Yahán. Años atrás, mientras la recorríamos entre la fascinación y la urgencia de quien está, cámara en mano, en un lugar donde la belleza pide a gritos ser capturada, vivimos una experiencia que no hemos podido olvidar. Era una mujer mayor, de ojos vivos y sonrisa amable. Iba con un chico joven, posiblemente un nieto. Él hablaba algo de inglés, ella solo farsi. Me cogió las manos, de esa manera que no incomoda, que acompaña. Me miró a los ojos y dijo algo que no entendí. El chico tradujo: quiere agradeceros que estéis aquí.

El rostro de la mujer se tensó entonces. Habló de nuevo, pero esta vez sonaba apurada, triste. El chico volvió a traducir. Os pide que habléis de lo que habéis visto a la vuelta. Que habléis de nosotros. Que contéis ahí fuera que no somos terroristas. Que os tratamos bien, que este es un país hermoso.

Al volver a casa, escribimos sobre aquella tarde en Isfahan. Y aún hoy se lo seguimos contando, a todo aquel dispuesto a escuchar. La recordé el 28 de febrero porque ella lo sabía: la excusa del terrorismo sería el detonante. Pedía que la contáramos antes de que fuera demasiado tarde. La plaza de Naqsh-e Yahán resistió a los mongoles y a los timúridas. No resistió las bombas.

 

Llegamos a Cuba la mañana del 26 de noviembre de 2016. Fidel Castro acababa de morir. La Cuba que conocimos, la que recorrimos, no era la Cuba de Fidel. Tampoco fue la Cuba que vino luego. Fue una Cuba de luto, una Cuba momentánea que duró cinco días: los mismos que las cenizas del comandante tardaron en recorrer el camino de La Habana a Santiago, donde fue enterrado. Nadie vivirá una Cuba igual a aquella, no siquiera nosotros. Hay destinos que son más que el lugar que ocupan, también son el tiempo en que se viven.

Fueron días muy intensos. La gente quería hablar, aunque aún no sabían si podían hacerlo con seguridad. Los mayores sentían nostalgia, pena. Los más jóvenes, esperanza. Una mañana, en Remedios, un hombre muy mayor se sentó junto a nosotros en un banco y empezó a hablar. Le temblaba la voz. Había combatido bajo las órdenes del Che. Nos habló de Fidel, de lo que había sido aquella isla y de lo que no sabía si iba a ser. Nunca fuimos tan conscientes de estar cara a cara con la Historia como aquel día.

En el mirador del glaciar Franz Josef hay un pequeño cartel que quizás pase desapercibido al turismo de selfie. Contiene la historia del glaciar en imágenes. El vértigo que se siente al ver cómo ha retrocedido el hielo es palpable, y no es difícil entender que dentro de un tiempo alguien, en ese mismo lugar, ya no sentirá frío.

Es imposible no pensar en aquellos primeros visitantes que en los años veinte llegaban hasta aquí y se aventuraban a caminar sobre aquel hielo. Seguramente en ningún momento pensaron que aquello podría desaparecer.

Hay cierto privilegio en saberse en un lugar que quizás mañana no sea. También cierta responsabilidad, porque ese instante, ese recuerdo concreto, cobrará especial relevancia cuando ese lugar ya no esté. Y es inevitable preguntarse si estaremos a la altura. Si los recuerdos alcanzarán para reflejar la belleza, la importancia o la emoción. Si seremos testigos fieles o si tan solo fuimos espectadores que olvidaron el privilegio de ver algo que otros ya no podrán ver.

Tendemos a pensar que los lugares siempre nos estarán esperando. Que ya habrá tiempo de ir, tiempo de recorrer. Que el mundo tiene la paciencia que nosotros no tenemos. Pero hay lugares que ya no son. Hay lugares que solo duran un instante. Hay lugares que arden mientras escribimos esto. Y hay lugares que, inevitablemente, desaparecerán.

 

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