Arthur’s Pass y el azufre de Rotorua: los mejores pies de Nueva Zelanda y el olor que nadie te avisa (Días 21 y 22)
Llueve cuando salimos. Sin prisa, porque tampoco queda mucho por delante antes del aeropuerto.
Devil’s Punchbowl y Arthur’s Pass: el cruce de los Alpes del Sur
La primera parada es Otira Viaduct Lookout, un mirador sobre el viaducto ferroviario que cruza el río Otira. Bonito y sin más.
![]()
Seguimos hasta el parking de Devil’s Punchbowl Waterfall. El trekking es corto pero sube todo por escaleras, y la cascada al final es alta y vistosa. Merece la parada. La selva cerrada ya no está: el paisaje va abriendo y recuerda más a cualquier valle de montaña europeo.
![]()
Arthur’s Pass existe como pueblo desde 1865, cuando se abrió la carretera que conectaba Christchurch con la costa oeste durante la fiebre del oro. El paso ferroviario, por el que circula actualmente el TranzAlpine, se abrió en 1923 y durante décadas fue la única forma de cruzar los Alpes del Sur. Hoy hay menos de cien habitantes permanentes. Paramos en el Arthur’s Pass Scenic Lookout porque las montañas al fondo, con las nubes bajas, merecen un minuto.
Cave Stream Scenic Reserve lo encontramos por casualidad. Hay gente equipándose para hacer espeleología en la cueva de 594 metros que da nombre al lugar —el río fluye por dentro y hay que vadear tramos en agua fría. Una señora tiene una caravana hecha con la cabina de un avión. En Nueva Zelanda hemos aprendido a no sorprendernos.
![]()
Castle Hill: tres rocas mal puestas que resultan ser otra cosa
Castle Hill —o Kura Tāwhiti en māori, que significa «tesoro de un lugar lejano»— es la última parada de la mañana. Pensábamos que iban a ser cuatro rocas sin gracia y resulta que no: un campo de piedras calizas dispersas entre la hierba, algunas de varios metros de altura, con algo difícil de nombrar. Los māori consideraban este lugar sagrado. El Dalai Lama lo visitó en 2002 y dijo que era uno de los lugares espirituales más importantes del mundo. Es discutible, pero cuesta no entender qué quería decir cuando estás allí. Había gente preparándose para hacer vivac a las tres de la tarde.
![]()
Sheffield Pies: world famous, y con razón
Llegamos justos a Sheffield para comer en la tienda de pies más famosa de Nueva Zelanda, o al menos eso dicen ellos. Cogemos cuatro. Son los mejores que hemos probado: masa perfecta, relleno generoso, tamaño exacto. Cogemos postre a pesar de estar llenos. Mientras salimos, entra gente que llega tarde: ya han cerrado. Llevan décadas en el mismo sitio haciendo lo mismo, y funciona.

Christchurch y la catedral que sigue siendo temporal
Llegamos a Christchurch y pasamos por la Catedral de Cartón. La construyeron en 2013 como solución temporal después del terremoto de 2011, que destruyó la catedral anglicana histórica. La diseñó el arquitecto japonés Shigeru Ban, especializado en estructuras de emergencia con materiales ligeros, y está levantada con tubos de cartón de 600 milímetros de diámetro. Tiene capacidad para setecientas personas. Lleva más de una década siendo temporal.
Motel estilo americano de película, como todos los que hemos visto en el país. Redistribuimos maletas para el vuelo y dormimos.
El vuelo, el susto y la furgoneta con el salpicadero en chino
Al día siguiente nos levantamos sin prisa pero sin margen. Dejamos el coche, nos llevan al aeropuerto en minutos, autocheckin y vuelo retrasado. La sala de espera del aeropuerto de Christchurch está mejor de lo que le corresponde a una ciudad de este tamaño. El embarque es un caos porque nuestro vuelo coincide en puerta con otro al mismo destino, de la misma compañía, que va en hora.

En el vuelo, la peque se atraganta con un trozo de plástico que hay en la bolsita del asiento. Por suerte, lo expulsa rápido. El susto dura lo que tarda en aparecer un médico que iba a bordo —menos de dos minutos— y en confirmar que no hay nada de qué preocuparse. Luego ella sigue como si nada, haciéndose amiga de los pasajeros de alrededor.
En el aeropuerto de destino llamamos desde información para que vengan a recogernos. Quince minutos, dicen. Todos los coches de alquiler en los aeropuertos más pequeños de Nueva Zelanda funcionan así: la flota está en una central fuera y vienen a buscarte. Esperamos. Llamamos a los treinta minutos. Dicen que vienen. Llegan a los cincuenta y cinco sin dar ninguna explicación. El coche que tenemos reservado está averiado; nos ofrecen uno más pequeño, decimos que no, nos dan una furgoneta enorme con todo el salpicadero en chino.
Para alquilar coche en Nueva Zelanda, nosotros buscamos siempre primero en DiscoverCars para comparar compañías antes de decidir. Hay diferencias importantes en cobertura y en servicio, como aprendimos esa tarde.
Rotorua huele a huevo podrido. Nadie te avisa
Dos horas y media hasta Rotorua. Según abrimos la puerta del coche, el olor a azufre es inmediato e inequívoco. Rotorua huele a huevo podrido. No es metáfora: el suelo de la ciudad está atravesado por actividad geotérmica activa y el gas sulfuroso sale por todas partes. Los locales llevan décadas sin olerlo. Los visitantes tardan entre uno y tres días en dejar de notarlo. O eso dicen.
El motel tiene malas opiniones online, pero está bien. Cena del PackNSave, ducha en el jacuzzi —alimentado por agua termal— y a dormir.