Koalas en Phillip Island: reserva, playas salvajes y adiós a Melbourne (Día 7)
Si hay un día para tomárselo con calma, es el último antes de un vuelo. Nos levantamos sin prisa, hicimos compra en el Woolworths y bajamos a dar un paseo por la playa de Cowes y el puerto. Varios pescadores, lanchas meciendo despacio y esa sensación de pueblo de veraneo que sabe exactamente lo que es y no necesita aparentarlo. Cowes se parece un poco a Key West: casas con personalidad, ritmo propio, nada de pretensiones. Un sitio que se disfruta más de lo que uno espera.
La reserva de koalas: separados por zonas para que no se peguen clamidia
A quince minutos en coche, la reserva de koalas de Phillip Island. La gestiona el Phillip Island Nature Parks, un organismo público creado en 1996 que funciona de forma completamente autofinanciada — sin subvenciones del gobierno — y que colabora con voluntarios locales para la conservación de la especie.
![]()
Lo primero que te explican al entrar es por qué los animales están divididos por zonas. Los machos se separan para evitar peleas, sí, pero también por algo más serio: la clamidia. La enfermedad está devastando a las poblaciones de koalas salvajes de Australia. No es la misma cepa que afecta a los humanos, pero sus efectos son igual de graves: infecciones urinarias severas, ceguera, infertilidad y, en los casos más extremos, la muerte. En algunas colonias del este del país, la tasa de infección supera el 50%, y en ciertas zonas de Queensland puede llegar al 100%, dejando poblaciones enteras sin capacidad reproductora. El tratamiento con antibióticos tiene además un efecto secundario brutal: destruye la flora intestinal que los koalas necesitan para digerir las hojas de eucalipto, su único alimento, lo que en muchos casos los lleva a morir de hambre incluso después de curarse. Los investigadores llevan años trabajando en una vacuna específica que reduzca la mortalidad sin ese efecto colateral. La lucha está en marcha, aunque el futuro de la especie sigue siendo incierto.
![]()
Todo esto cobra mucho más sentido cuando lo ves en directo. Las pasarelas elevadas permiten acercarse a los árboles con carteles que señalan exactamente dónde está cada animal, porque sin esa ayuda es casi imposible detectarlos: los koalas duermen entre 18 y 20 horas al día, apenas se mueven y se funden perfectamente con la corteza y las ramas. Los vimos varios de cerca. Tranquilos, absolutamente ajenos a nuestra presencia, aferrados a sus eucaliptos. La imagen más calmada de todo el viaje.
El eucalipto, por cierto, es un alimento tan curioso como el animal que lo come. Las hojas son fibrosas, de muy bajo valor nutricional y contienen compuestos tóxicos que la mayoría de los animales no pueden digerir. Los koalas pueden hacerlo gracias a una adaptación que empieza en la cría: las madres les transmiten, literalmente, las bacterias intestinales necesarias a través de sus secreciones. Sin esa transferencia inicial, la cría no podría sobrevivir comiendo lo que come.
![]()
Conocimos allí a unos canadienses preocupados por la situación en Estados Unidos. Trump, los aranceles, la confianza erosionada con los países vecinos. En una reserva de koalas en el sur de Australia. El mundo es pequeño cuando los animales te dan pie a hablar de política internacional.
Cowes: la mejor pizza del pueblo y los precios que siguen sorprendiendo
De vuelta al pueblo a comer. Entramos en un restaurante con el cartel de «Best pizza in town» con el escepticismo razonable que merece cualquier restaurante que se autoproclama así… y resultó estar completamente justificado. Pizza grande a mitad y mitad con combinaciones originales —calabaza, pesto, gambas— muy rica, y unos postres caseros que merecían su propio post. Todo por 24 dólares australianos la pizza grande y 12 los dos trozos de tarta. Una vez más, los precios en Australia nos sorprenden: similares a Madrid o incluso más baratos, en un país donde los sueldos son notablemente más altos. La calidad de vida que se respira en sitios como Cowes tiene una explicación concreta.
![]()
Todo casas bajas, con espacio alrededor, bien cuidadas. Ese tipo de orden tranquilo que no viene de las normas sino de que la gente tiene suficiente.
Cabo Woolamai: playa desierta y señales de peligro de muerte
Cogimos el coche hacia el Cabo Woolamai, en el extremo sur de la isla. Primera parada: Anzac Beach. Kilométrica, casi desierta. Dos surferos en el agua y una señal de advertencia de peligro de ahogamiento tan directa que no deja lugar a dudas. Las corrientes en las playas australianas son brutales y la fauna marina no ayuda: en Australia la señalización de peligro no es decorativa. El color del agua, sin embargo, era de un turquesa imposible, transparente y limpio. Una de esas playas que en foto parecen del Caribe y en persona tienen algo más salvaje y más honesto.
![]()
Seguimos hasta Woolamai Beach, con algo más de gente. Teníamos intención de hacer la ruta hasta el Pinnacles Lookout, pero el sendero es por la arena bajo sol directo y con la peque eso no era plan. Lo apuntamos para una próxima vez.
Saint Kilda: la playa urbana de Melbourne que se parece a Los Ángeles
Pusimos rumbo de vuelta a Melbourne. Menos atasco que el día anterior, para variar. Paramos en Saint Kilda, la playa urbana de la ciudad, con ticket de aparcamiento de hora en hora —7 dólares— y el miedo razonable a otra multa.
El paseo marítimo recuerda a Los Ángeles o a Málaga: gente en patines, cafeterías con terraza, ese ambiente de ciudad que se relaja cuando llega al mar. No llegamos hasta el pier donde suelen aparecer leones marinos al atardecer, una de esas cosas que se quedan pendientes. Lo que sí nos llamó mucho la atención fue la arquitectura de las casas que bordean la playa: todas diferentes, ninguna anodina. Mucho cristal, algunas modernas con reminiscencias clásicas, otras directamente atrevidas. Una hilera de casas que podría ser ella sola una excursión.
![]()
Motel cerca del aeropuerto y la magia de los supermercados australianos
Al motel cercano al aeropuerto. Pusimos lavadora y secadora —liturgia obligatoria de cualquier viaje largo— y salimos a comprar comida para cenar y para el vuelo del día siguiente. Aquí descubrimos algo que los supermercados australianos hacen de maravilla: la comida a punto de caducar con descuentos enormes. Cogimos sushi, ensalada y varias latas de atún y salmón a precios que en España serían impensables. El nivel del supermercado como experiencia gastronómica en Australia es, sinceramente, de otro nivel.
Cenamos, esperamos a la secadora y a dormir. Mañana, Uluru.
Si vais a Phillip Island y queréis ver koalas con garantías, la reserva de la ONG merece mucho más la pena que cualquier parque de fauna más comercial. Para llegar desde Melbourne sin coche, Civitatis tiene excursiones de un día que combinan los pingüinos con otras paradas de la isla. Nosotros fuimos por libre con el coche de Apex — que ya os contamos que fue la mejor experiencia de alquiler del viaje— y para el alojamiento tanto en Cowes como en los moteles de la zona de acceso al aeropuerto, buscamos siempre en Booking. Y como siempre, seguro de viaje con Hey Mondo antes de salir — usad el código RETRATOSVIAJEROS para conseguir descuento.