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Blue Mountains, las catedrales de Sídney y la despedida (30 y 31)

Blue Mountains: cuando la montaña dice que no

Nos levantamos a las siete con la cabeza ya en el tren. Las Blue Mountains están a unos cien kilómetros al oeste de Sídney, pero la conexión en transporte público requiere paciencia: primero el metro hasta Central Station —unos treinta y cinco minutos sumando el camino y la espera—, luego un tren a Blackheath, y desde ahí otro hasta Katoomba, la puerta de entrada al parque. Dos horas largas en total, pero el trayecto tiene algo: la ciudad se desdibuja, aparecen los suburbios y luego el eucalipto empieza a ganar terreno hasta quedarse con todo.

Lo de «Blue Mountains» no es un nombre poético sin base. Los eucaliptos liberan aceites volátiles que, suspendidos en el aire, dispersan la luz azul del espectro visible. El efecto es real y perceptible en los días claros: las laderas toman un tono violáceo que a mediodía casi parece artificial. Las montañas, en rigor, no son montañas sino una meseta arenisca erosionada durante millones de años, con cañones que en algunos puntos superan los setecientos metros de profundidad. La UNESCO las declaró Patrimonio de la Humanidad en 2000, integradas en el parque de los Mayores Montes Azules.

Llegamos a Katoomba y cogemos el autobús —cinco minutos— hasta Echo Point, el mirador desde el que se ve la formación más famosa del parque: las Tres Hermanas. O se debería ver. Cuando bajamos del autobús nos recibe un muro blanco. No se ve a cuatro metros. Preguntamos en el centro de visitantes y nos confirman lo que ya sospechamos: hay un temporal encima que no se va a mover en todo el día.

Caminamos igualmente hasta las Tres Hermanas. Hay algo extraño y hermoso en verlas así, envueltas en niebla, con los bordes de las rocas apareciendo y desapareciendo. La formación tiene su propia leyenda aborígen: tres hermanas del pueblo Katoomba convertidas en piedra por un hechicero para protegerlas de un monstruo durante una batalla. El hechicero murió antes de poder deshacerlas, y ahí siguen. Con la niebla, la historia funciona todavía mejor.

Pero empieza a llover con fuerza y nos vamos. No hay mucho más que hacer.

Comemos en el tren de vuelta —sándwiches comprados antes de salir, y menos mal porque con la que está cayendo cualquiera se pone a buscar dónde comer—, y tres horas después llegamos al centro. Nos bajamos en Haymarket, junto a Chinatown, y el contraste con la mañana es total: todo está abierto, hay mercadillo, vendedores de fruta barata, el olor a especias mezclado con lluvia. Acabamos comprando algo que no necesitamos. Es el efecto Chinatown.

La tarde la usamos bien. Intentamos entrar a la catedral anglicana de Sídney —Saint Andrew’s, construida en arenisca entre 1819 y 1874, la más antigua del país— pero está cerrada, así que rodeamos el ayuntamiento, donde hay cola para algo que no llegamos a descifrar. Entramos al Queen Victoria Building, y ahí sí. El QVB es uno de esos edificios que no te esperas en una ciudad como Sydney: una manzana entera de estilo romántico byzantine, cúpula central, galerías de hierro y cristal, mosaicos en el suelo. Lo construyeron en 1898 sobre el solar del antiguo mercado municipal, en plena recesión económica, con una lógica que hoy suena casi utópica: el ayuntamiento necesitaba dar trabajo a los desempleados de la ciudad y decidió levantar algo que durara. Lo que salió fue esto.

 

Durante décadas no supieron muy bien qué hacer con él. Pasó por distintos usos —biblioteca, oficinas municipales, sala de conciertos— hasta que en los años ochenta el ayuntamiento decidió que lo más sensato era derribarlo. El plan llegó bastante lejos. Lo que lo salvó fue una combinación de presión ciudadana y, curiosamente, dinero extranjero: un consorcio malasio propuso restaurarlo y convertirlo en centro comercial de lujo, el ayuntamiento aceptó, y entre 1983 y 1986 lo devolvieron a algo parecido a lo que era. El resultado es un centro comercial que parece un palacio, o un palacio que acepta tiendas. En la planta baja hay un piano de cola y dos personas se pelean amablemente por el turno de tocar. El que está tocando cuando llegamos no está mal en absoluto.

Bajamos a Circular Quay al atardecer. La bahía con la ópera a un lado y el Harbour Bridge al otro tiene una escala que no se acaba de creer. Hay ambiente, gente en los restaurantes del paseo, músicos en los accesos al ferry. Lo miramos todo un rato sin mucha prisa.

En el tranvía de vuelta al apartamento, la peque se convierte en el centro de atención del vagón. Veinte personas mirándola. Ella lo sabe y actúa en consecuencia.

La última mañana en Sídney

Buen tiempo por fin. Calor, pero manejable. Cogemos el tranvía hasta el CBD sin ningún plan fijo —que es cuando Sídney funciona mejor.

Volvemos a intentar la catedral anglicana y esta vez hay suerte: un voluntario se ofrece a acompañarnos. Es un hombre mayor, tranquilo, que lleva décadas vinculado a la parroquia. Nos cuenta que la iglesia anglicana en Australia funciona de manera muy distinta a la europea: mucho más centrada en la comunidad, con espacios habilitados dentro de la propia catedral para familias con niños. Hay una zona con alfombra y juguetes en un lateral de la nave. La catedral en sí es austera y luminosa, con esa arenisca amarillenta que usan en todos los edificios históricos de Sídney y que le da a la ciudad una coherencia visual poco habitual.

Cruzamos Hyde Park —verde, lleno de gente corriendo a mediodía en lunes, que es algo que dice bastante sobre el estilo de vida aquí— y llegamos a la catedral católica de Saint Mary’s. El contraste es llamativo: más grande, más oscura, más cargada. La construyeron en estilo neogótico a lo largo de más de un siglo, con la fachada terminada en los noventa. Es imponente, pero tiene menos vida.

El tramo más interesante de la mañana son los Hyde Park Barracks, a un paso. Los construyó el arquitecto Francis Greenway en 1819 para alojar a los convictos que llegaban en barco desde Gran Bretaña. Entre 1788 y 1868, Australia recibió más de 160.000 deportados: ladrones de pan, deudores, agitadores políticos, algunos pocos asesinos. Los barracones eran el primer alojamiento asignado antes de repartirlos en trabajos forzados por la colonia. La audioguía se activa automáticamente en cada zona y reconstruye bien las rutinas cotidianas: el hambre, la jerarquía, los castigos, pero también los márgenes de libertad que algunos consiguieron negociar con el tiempo. Hay un momento incómodo —que es exactamente el momento correcto— cuando la guía detalla que muchos convictos tardaban semanas en entender que estaban al otro lado del mundo y que nadie iba a venir a buscarlos. El edificio es Patrimonio de la Humanidad desde 2010, junto con otros once lugares de deportación repartidos por Australia.

De camino al QVB pasamos por el Anzac Memorial, en el extremo sur de Hyde Park. El nombre honra a los soldados australianos y neozelandeses que murieron en las guerras mundiales y en otros conflictos posteriores. Australia tuvo una participación desproporcionada en ambas guerras respecto a su población de la época: en la Primera Guerra Mundial cayó casi el sesenta por ciento de los que fueron enviados al frente. El memorial, inaugurado en 1934, tiene una estatua central de Cristo que resulta chocante al primer vistazo —desnudo, tendido sobre escudos militares— y que con un momento de atención tiene una lógica muy clara.

Comemos en los bajos del QVB, en un restaurante vietnamita con mesas en lo que llaman el Wintergarden, una galería interior. Gastamos los últimos dólares en efectivo en un helado.

Volvemos a Circular Quay a despedirnos de la ópera. Ha llegado un crucero nuevo —siempre hay un crucero— y la escala del barco rompe la postal. Es difícil no pensar que hay algo estructuralmente mal en cómo el turismo de masas se relaciona con los espacios que dice querer visitar. Lo rodeamos entero, que es la mejor manera de verlo: la geometría de las velas de hormigón cambia a cada paso.

El resto es logística. Maletas, limpieza del apartamento de HomeExchange, mini compra para la cena. El Uber llega antes de lo previsto y el conductor no quiere arrancarse porque no llevamos silla de bebé. Hay un momento de tensión real porque nosotros, al venir, entendimos que los taxis podían llevar a los bebés sin silla y, de hecho, en Uber ni siquiera aparece la opción kids, como sí pasa en otras ciudades. Al final nos ve tan agobiados que cede. Realmente es un trayecto de 10 minutos, en el que no pasamos de 50 km/h. En Australia, según nos explican luego, los taxis están exentos de la obligación, pero los coches de alquiler con conductor no tienen esa excepción aplicada de manera uniforme. La verdad es que no tiene sentido ninguno. Pero bueno, al final llegamos bien al aeropuerto que es lo importante.

Cola larga en facturación —una hora y media— porque la gestión de la cuna para el vuelo requiere trámites que la chica que nos atiende está aprendiendo sobre la marcha. Lo resolvemos. Inmigración y control de seguridad sin incidentes. El vuelo sale en hora. Lo cuál es un auténtico logro teniendo en cuenta que el aeropuerto está repleto de gente que se ha quedado tirada porque han cancelado su vuelo. Más tarde entenderemos que es debido a la guerra que se está iniciando en Oriente Medio y el cierre del espacio aéreo de Catar, Emiratos y Dubai. Menuda bala hemos esquivado con nuestros billetes de China Eastern.

En el avión la peque duerme mejor que ninguno de los adultos. Cuando no duerme hace amigos. Alguien le regala un muñeco de peluche antes de aterrizar. Así es ella, siempre causando sensación.

 

Lo que usamos en estos días:

Para el alojamiento durante toda la ruta australiana usamos HomeExchange, que cambia por completo la relación con la ciudad: tienes cocina, espacio, y te mueves como si vivieras ahí, no como turista de hotel. Además, en una ciudad tan cara como Sydney, es un alivio importante para el bolsillo. Para actividades en Sídney y el resto del viaje, GetYourGuide y Civitatis tienen buena cobertura. Y para el seguro de viaje, nosotros contratamos con Heymondo —con el código RETRATOSVIAJEROS tienes un 5% de descuento, o un 15% si contratas la póliza familiar.

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