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Cantabria con bebé: guía completa de sus rincones más fotogénicos

Cantabria es uno de esos destinos a los que volvemos sin necesitar demasiadas excusas. Hemos venido en distintas épocas, en diferentes momentos vitales, y siempre ha tenido algo que darnos. Este fin de semana era diferente: era la primera vez que la traíamos a ella.

Viajar con la peque cambia la manera de mirar los sitios. No tanto por las limitaciones —que las hay— sino porque te obliga a ir más despacio, a fijarte en cosas que antes pasabas por alto, a elegir con más criterio. Y Cantabria, vista así, tiene una cantidad absurda de rincones que justifican sacar la cámara.

Esta guía recoge lo que hemos visto, lo que nos ha impactado y lo que repetiríamos. Con bebé de 14 meses, en porteo, y con el filtro de dos fotógrafos que viajan buscando una buena luz y esa imagen espectacular que te hace exclamar: «¡Qué fotón!».

La costa salvaje: entre mareas, acantilados y una historia que incomoda

La costa cántabra entre Santander y Liencres es uno de esos paisajes que no necesitan filtro. Acantilados de caliza, playas que aparecen y desaparecen con la marea, formaciones rocosas que parecen esculpidas a propósito. Y muy poca gente, sobre todo si evitas agosto. Ya ni te contamos si encima está lloviendo, o a punto de hacerlo.

Playa de Oyambre

Oyambre es una de las playas más grandes y menos masificadas de la costa occidental de Cantabria, con el telón de fondo de los Picos de Europa en los días despejados. El primer día que fuimos nos recibió con lluvia torrencial —de esa que no da tregua y que en Cantabria aparece sin avisar— y nos dimos la vuelta sin haber visto nada. Volvimos al día siguiente. Merece la vuelta.

Forma parte del Parque Natural de Oyambre, lo que le da esa sensación de espacio sin artificios: sin chiringuitos agresivos, sin urbanización pegada a la orilla. Con bebé en porteo el acceso es cómodo, y el tamaño de la playa permite alejarse del núcleo más concurrido sin esfuerzo.

Playa de Berellín

Fuera de temporada, el aparcamiento es gratuito aunque pequeño —llegar pronto no es una exageración. En verano hay una zona privada algo más grande por 4€ por vehículo. Lo primero que sorprende de esta playa es que, con marea alta, prácticamente desaparece. El paisaje del entorno lo compensa con creces: los acantilados que la enmarcan tienen una escala que pocas playas cántabras igualan.

Para fotografiarla, la marea baja es la única opción real porque de otra manera no podrás bajar a la orilla. Muy interesante, sobre todo, jugar con el efecto espejo agachando la cámara. Si se puede visitar con marea alta y baja, puede ser una oportunidad perfecta para explicarles a los más pequeños cómo funcionan las mareas.

Playa de Arnia

Arnia es la más conocida de esta franja de costa y la razón es obvia: con marea baja, las formaciones rocosas que emergen del agua crean una geometría imposible, casi lunar. Las capas de caliza plegadas y erosionadas durante millones de años forman estructuras que en fotografía resultan increíbles con cualquier hora de luz lateral. Con bebé en porteo no hay ningún problema para llegar hasta la orilla; el acceso es cómodo.

Recomendamos consultar la tabla de mareas para visitarla, ya que la playa cambia por completo con marea baja.

Playa de Cerrías

Aquí nos encontramos con algo que no esperábamos y que nos dejó pensando durante el resto del día: máquinas excavadoras derribando casas a pocos metros de la playa.

La historia tiene décadas. En los años ochenta y noventa, el Ayuntamiento de Piélagos concedió licencias urbanísticas para construir viviendas en esta zona. El Tribunal Superior de Justicia de Cantabria declaró ilegal la urbanización en 1998 por dos motivos: los terrenos no reunían los requisitos de suelo urbano y la construcción tenía un grave impacto paisajístico sobre las playas de Cerrías y Portio. Las sentencias se confirmaron, los recursos se agotaron, y durante más de veinticinco años las familias vivieron con la amenaza del derribo sin saber cuándo llegaría.

En 2024 comenzó la primera fase de demoliciones, con cinco viviendas derribadas. La segunda fase, con ocho inmuebles más, arrancó en 2026. Nosotros lo vimos en directo. Resulta difícil no tener sentimientos encontrados: el paisaje recupera algo que nunca debió perder, pero detrás de cada casa hay una familia que compró de buena fe y lleva décadas en una situación kafkiana. Las propias autoridades reconocieron que casas mucho más cercanas a la costa seguirán en pie porque no tienen ningún problema legal. La injusticia del sistema urbanístico español, concentrada en un trozo de acantilado cántabro. Nos recuerda bastante a lo sucedido en Riaño. 

Playa de Somocuevas

De momento, solo mirador. El acceso está cerrado por riesgo de desprendimiento, pero las vistas desde arriba ya justifican la parada. Es una de esas playas que se ven mejor desde lejos de todos modos.

Playa El Bolao

Menos conocida que las anteriores y mejor por eso. Hay un molino en ruinas junto a la playa que en sí mismo merece la visita, y los acantilados al atardecer tienen una luz cálida que es difícil de encontrar en otro punto de esta costa. Si tenéis que elegir una hora para estar aquí, es esa.

Mirador de la Corneja

Un poco más al interior, este mirador es el sitio para el atardecer si no queréis estar en la playa. A lo lejos se ve Comillas, y la luz de las últimas horas sobre el mar y los prados verdes es exactamente el tipo de imagen con la que uno asocia Cantabria. Hay unos bancos y mesas, por lo que puede ser ideal para un picnic al atardecer. Así como idea.

La Cueva del Soplao: geología en estado puro

Si hay una visita que repetiríamos sin dudarlo es esta. La Cueva del Soplao no es una cueva más del circuito turístico español: tiene algo que la hace genuinamente especial, y no es solo el espectáculo visual.

La cueva fue descubierta gracias a una mina cercana, y ese origen industrial contrasta con lo que hay dentro: uno de los conjuntos de formaciones excéntricas más importantes del mundo. Las excéntricas son estalactitas y estalagmitas que crecen en direcciones imposibles, desafiando la gravedad, porque se forman por presión de agua en lugar de por goteo. La mayoría de cuevas tienen algunas; el Soplao tiene una concentración extraordinaria que la sitúa entre las más relevantes de Europa.

La visita estándar dura aproximadamente una hora con guía y es completamente accesible —apta incluso para silla de ruedas, lo que da una idea de lo cómodo que resulta el recorrido. Se accede en un tren minero que recorre parte de la galería antes de llegar a la zona de visita, y ese trayecto ya es, de por sí, espectacular para los más pequeños. Nosotros fuimos con la peque en porteo y no tuvimos ningún problema en ningún momento.

Los fines de semana ofrecen visitas espeleológicas para mayores de doce años —nos contaron que son más accesibles de lo que parece, ya que se camina por la cueva sin necesidad de meterse por cavidades estrechas. Duran unas dos horas y media y son una opción interesante para cuando la peque sea algo mayor.

Puedes comprar tus entradas directamente aquí.  Recomendamos reservar con antelación porque las visitas se completan rápido. Por cierto, las vistas desde su mirador son un espectáculo. Ve con tiempo para hacer algunas fotos.

Liébana: el valle que se merece más tiempo del que le dais

El valle de Liébana es otra Cantabria. Verde, encajonado entre montañas, con una personalidad propia que no tiene nada que ver con la costa. Para llegar hay que atravesar el Desfiladero de La Hermida, que tiene algunas paradas señalizadas —aunque en nuestra visita estaban cerradas con conos, con pinta de ser obras recientes. El propio teleférico de Fuente Dé advierte en su web de retenciones en la N-621 por las obras en esa zona, así que conviene tenerlo en cuenta al planificar.

Potes

La capital de Liébana es un pueblo que se recorre en poco tiempo pero que merece ese tiempo. Las calles del casco histórico tienen una escala amable, sin la saturación turística que a veces arruina los pueblos bonitos. No es el sitio para pasar el día, pero sí para dar un paseo, comer algo y entender el carácter de la comarca.

Mogrovejo

A pocos kilómetros de Potes, Mogrovejo es uno de esos pueblos que parecen detenidos. Está rodeado de montañas por todos lados, y su torre medieval —que nos recordó, salvando las distancias, a las torres de Svaneti en Georgia— domina el conjunto con una presencia que no esperabas en un pueblo tan pequeño. Como curiosidad, aquí se rodaron algunas escenas de la versión española de Heidi, algo que encaja perfectamente cuando lo ves: el paisaje tiene exactamente esa escala.

La torre medieval de Mogrovejo es de finales del siglo XIII, tiene planta cuadrada y está rematada por almenas cuadradas. Con 21 metros de altura, era una fortaleza de control jurisdiccional del valle, y la puerta de acceso se encuentra en el primer piso —un rasgo típico de las torres defensivas medievales, diseñado para dificultar el acceso en caso de ataque. No se puede visitar por dentro, pero se lee perfectamente desde fuera. El pueblo toma el nombre de una antigua familia noble, los Mogrovejo, de cuyo linaje era oriundo Santo Toribio de Mogrovejo, que llegó a ser arzobispo de Lima en el siglo XVI. Ese detalle —un pueblo de 42 habitantes que dio nombre a un arzobispo de las Américas— resume bien la escala del lugar y la escala de la historia.

El cocido lebaniego

No podíamos estar en la zona sin sentarnos a comer un cocido lebaniego. Para quien no lo conozca: es estructuralmente similar al madrileño, con la sopa servida aparte, aunque los ingredientes locales —el compango cántabro, el repollo— le dan un carácter propio. De postre, unos canónigos: natillas con merengue, receta de la zona. Nosotros seguimos prefiriendo el montañés, pero reconocemos que es una preferencia muy personal.

Fuente Dé y el teleférico

Fuente Dé es el final del valle, literalmente: la carretera termina ahí, bloqueada por una pared vertical de roca de casi 800 metros. Ese circo glaciar —formado durante la última glaciación, cuando una enorme lengua de hielo excavó la roca durante milenios— es ya de por sí una de las estampas más impresionantes de Cantabria.

El teleférico une la base, a 1.070 metros, con el Mirador de El Cable, a 1.823 metros, salvando un desnivel de 753 metros en menos de cuatro minutos. La cabina es completamente acristalada y la sensación de ascender por esa pared vertical es difícil de describir. Arriba, las vistas sobre el macizo central de los Picos de Europa son de las mejores que se pueden tener sin necesidad de caminar horas. Recomendamos reservar con antelación en temporada alta y, si es posible, ir a primera hora: la niebla entra rápido y puede arruinar las vistas.

Mirador de San Miguel

Desde el Monasterio de Santo Toribio de Liébana —que merece visita propia por ser uno de los lugares de peregrinación jacobea y custodiar lo que se considera el mayor fragmento de la Vera Cruz— sale una caminata plana por carretera hasta el Mirador de San Miguel. El recorrido es asequible con bebé en porteo y las vistas del valle desde arriba compensan el paseo.

Otros pueblos de la zona

San Vicente de la Barquera

San Vicente de la Barquera es de esos lugares que mejoran cuanto más despacio los miras. El castillo, el puente medieval, las iglesias —todo eso está, y merece un paseo. Pero la imagen que nos quedamos es otra: la ría con la marea baja, las barcas varadas sobre el fango, el suelo que parece rasgado en capas de color. Es el tipo de estampa que en fotografía funciona mejor de lo que esperabas, y que en la vida real tiene una quietud que contrasta con el movimiento del mar abierto que ves al fondo. Si podéis elegir hora para estar aquí, buscad la marea baja y la luz de última hora de la tarde.

 

La historia del pueblo tiene varios siglos de peso: fue uno de los puertos más importantes del Cantábrico en la Edad Media, con una posición estratégica entre el mar y la montaña que todavía se lee en su trazado. El castillo del Rey data del siglo XIII, y la Colegiata de Santa María de los Ángeles, del XV, domina el conjunto desde lo alto con esa presencia que tienen las iglesias construidas para durar. Muy recomendable hacer un free tour para conocerla un poco mejor.

Comillas y El Capricho de Gaudí

Comillas es uno de esos pueblos que funcionan a varios niveles. El casco histórico tiene una escala señorial poco habitual en la costa cántabra —resultado directo de que a finales del siglo XIX fuera destino de veraneo de la familia real y de las grandes fortunas de la época, muchas de ellas indianos que volvían de América con dinero y ganas de construir. Ese contexto es el que explica que en un pueblo cántabro haya una obra de Gaudí.

El Capricho —cuyo nombre oficial es Villa Quijano— fue encargado por Máximo Díaz de Quijano, un indiano enriquecido en Cuba que era concuñado del Marqués de Comillas, quien a su vez era suegro de Eusebi Güell, el principal mecenas de Gaudí. Así llegó el arquitecto a Comillas. La obra pertenece a su etapa orientalista, con una fuerte presencia del azulejo cerámico, los arcos y la decoración de inspiración mudéjar y persa. El motivo del girasol se repite por toda la fachada con una insistencia que, cuando entiendes su significado dentro del lenguaje de Gaudí, deja de parecer decorativo.

Entramos y lo recomendamos. El interior es más íntimo de lo que la fachada sugiere, y recorrerlo con contexto —hay visita guiada disponible— marca la diferencia. Para los que somos fans de Gaudí, ver una obra suya fuera de Cataluña y en un estado tan bien conservado tiene algo especial. Con la peque en porteo, sin ningún problema.

También es buena idea hacer un free tour por Comillas, es uno de esos lugares que lo merecen.

Santillana del Mar

Santillana del Mar es conocida como la villa de las tres mentiras: ni es santa, ni es llana, ni tiene mar. El apodo es ingenioso pero injusto, porque lo que sí tiene es una de las colecciones de arquitectura medieval mejor conservadas del norte de España, y unas calles empedradas que en fotografía funcionan en cualquier hora y con cualquier luz.

Su origen se remonta al siglo VIII, cuando comenzó a desarrollarse una aldea en torno a la Colegiata de Santa Juliana, el edificio que con el tiempo daría nombre a la villa. Las torres del Merino y de Don Borja figuran entre las construcciones civiles más antiguas, y las casonas y palacios con escudos nobiliarios que se suceden calle tras calle hablan de un lugar que vivió épocas de gran esplendor económico. Todo eso sigue ahí, prácticamente intacto.

Es un pueblo fácil de recorrer —el casco histórico es peatonal y compacto, sin pendientes difíciles— y con la peque en porteo no hay ningún problema. El único inconveniente real es que en verano puede estar hasta arriba de gente, con lo que eso implica de colas, ruido y dificultad para hacer fotos sin extraños en el encuadre. Si podéis, id en temporada baja o a primera hora de la mañana: la diferencia es enorme. Nosotros nos quedamos con la luz de la mañana sobre la piedra dorada de las fachadas y con la sensación de que, si apartas la mirada de las tiendas de souvenirs, el siglo XXI desaparece bastante fácilmente.

Y, si tenéis interés y tiempo, también hay tour guiados disponibles.

Planes que ya tenemos publicados

Si Cantabria es un destino recurrente para vosotros como lo es para nosotros, en el blog tenéis más contenido que complementa esta guía: nuestra visita al Parque de CabárcenoSantander, excursiones para las que os recomendamos reservar las entradas del parque con antelación y, cómo no, hacer un free tour por una de las ciudades más interesantes de España, como es Santander . También Altamira: solo se puede visitar la recreación de la cueva original, pero merece muchísimo la pena —y es un plan especialmente bueno con niños. Imprescindible reservar entradas previamente porque vuelan.

Las Guerras Cántabras (Los Corrales de Buelna)

Llevamos dos años consecutivos yendo a las Guerras Cántabras y seguimos recomendándolas sin reservas. El evento recrea las guerras astur-cántabras que tuvieron lugar entre el 29 y el 19 antes de Cristo, cuando Roma intentó —con dificultad— someter a los pueblos del norte peninsular. Se celebra en Los Corrales de Buelna, en dos fines de semana a caballo entre agosto y septiembre. Ya van por su XXIV edición y tiene la declaración de Fiesta de Interés Turístico Internacional.

Lo que convierte esto en algo más que una recreación histórica es el nivel de implicación de los participantes y la escala del evento: hay mercado de época, talleres, demostraciones y la representación en el coliseo, que es el momento más espectacular de todo el programa. Nosotros hemos participado dos años seguidos en el taller de fotografía, que está muy bien planteado y que recomendamos especialmente. Es un evento muy familiar —los talleres están pensados para todas las edades y los más pequeños disfrutan sin problema.

Dos consejos prácticos: reservad alojamiento con mucha antelación, porque Los Corrales de Buelna es un municipio pequeño y la demanda desborda la oferta local. Y el día de la representación en el coliseo, llegad pronto para coger buen sitio —es gratuita, el aforo es libre y se llena. Podéis consultar su programación y las fechas exactas de su celebración en su página web oficial.

Lo que necesitas para organizar el viaje

Para el alojamiento, en Cantabria hay una oferta de casas rurales muy buena que se agota rápido en temporada. Nosotros buscamos siempre en Booking y en Agoda. Recomendamos quedarse en alguna de las localidades principales, para tener acceso a supermercados, bares, restaurantes y gasolineras. San Vicente de la Barquera, Comillas o incluso Torrelavega son localidades bien ubicadas y que tienen de todo.

Para actividades con guía o entradas con cancelación flexible, GetYourGuide y Civitatis son nuestras referencias habituales.

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