Cinco fortalezas uzbekas y una despedida (14)
Cinco fortalezas uzbekas y una despedida (14)

Cinco fortalezas uzbekas y una despedida (14)

 

Empezamos el camino de regreso a Uzbekistán… que sí, que no hemos salido realmente del país, pero a nosotros Karakalpakstán nos ha parecido otro país completamente diferente y nos cuesta pensar en este territorio como en una parte de Uzbekistán.

La mañana de los castillos

Como la ruta que tenemos contratada para el regreso incluye 4 castillos y Chilpick ya lo hemos visto, nos lo cambian por otro.

La primera parada es Kizil Kala, una fortaleza situada en medio del desierto cuyas murallas de color rojizo le dan su nombre. Y es que Kizil Kala significa “la fortaleza roja”. La fortaleza tiene torres, rampas y otras características arquitectónicas que sugieren su uso defensivo. Se cree que fue construida en diferentes períodos históricos, incluyendo el período sasánida y el período islámico temprano.

Lo más impresionante es la muralla exterior, porque por dentro se encuentra en malas condiciones y básicamente vacío. La parte buena es que el acceso es gratuito y que llegamos justo cuando se acaba de ir un autobús inmenso repleto de jubilados españoles, así que estamos solos. Es digno de estudio el fenómeno de los grupos organizados de jubilados españoles, hasta en el sitio más remoto que te puedas imaginar te encuentras con uno… y, si no hay españoles, son franceses. Es una cosa tremenda.

La siguiente parada es Toprak Kala, la “Fortaleza de Barro”. Al igual que Kizil Kala, esta fortaleza también es un importante sitio arqueológico que revela la historia y la cultura de la región a lo largo de los siglos.Toprak Kala es conocida por sus imponentes murallas de barro y estructuras arquitectónicas que datan de diferentes períodos históricos. Se cree que la fortaleza fue construida durante la época sasánida y posteriormente fue utilizada y renovada en diferentes momentos de la historia.

Aquí si nos cobran entrada, 10.000 soms por persona, y hay algo más que ver. También hay bastantes más turistas y el temido grupo de jubilados, que por suerte se va al poco de que lleguemos porque son una barbaridad de gente y hacer fotos con tantas personas por medio es un poco complicado.

La siguiente parada no es en una fortaleza, es en el lago Akchakul, se supone que para comer… pero es pronto y, como buenos españoles, no tenemos hambre aún. Además el sitio nos parece extremadamente turístico porque es donde están parados todos los autobuses de turista, que se conoce que tienen todos la misma ruta. Así que decidimos pasar. Cuando nos estamos yendo una familia acude a nosotros para pedirnos que posemos en su foto familiar. A estas alturas de la vida, tenemos que estar en el salón de mucha gente de muchos países distintos… xD

Finalmente adelantamos camino y el conductor nos para a comer en otro sitio, muchísimo más auténtico, donde pedimos unos shasliks y langman. El sitio resulta ser barato y bastante rico, así que nos alegramos de habernos pasado la parada turística para acabar aquí, que nos parece mucho más local… vamos, la carta ni siquiera está en inglés.

Vamos a echar infinitamente de menos los sashliks cuando volvamos, estamos altamente enganchados a esta delicia. Son, con diferencia, lo que más hemos comido a lo largo del viaje. No sabemos como algo tan sencillo como una brocheta de cordero marinada puede estar tan increíblemente delicioso y tierno. Nos apasionan.

 

Lo siguiente en la ruta es Ayaz Kala, posiblemente una de las fortalezas más importante de la zona. El término “Ayaz Kala” se traduce como “Fortalezas de Ayaz”. Ayaz Kala consta de tres fortalezas principales: Ayaz Kala I, II y III. Estas estructuras datan de diferentes períodos históricos y se cree que fueron construidas entre los siglos IV a.C. y VII d.C. Las fortalezas fueron utilizadas con fines defensivos y residenciales, y sus altas murallas de adobe y torres son evidencia de su importancia en la antigüedad.

Casi que lo mejor de las fortalezas, aparte de su extensión, es la panorámica que tienen del desierto a su alrededor. Es brutal la panorámica que se tiene, no es nada de extrañar la importancia defensiva que tuvieron estas fortalezas en su época. Es imposible acercarte a este lugar sin que te vean.

Cuando nos queremos dar cuenta, estamos de camino a Urgench. Le decimos al conductor que tendríamos que haber parado en de Dumon Qal, que era una de las fortalezas sustitutas, pero no se había enterado y se lo ha pasado. Por suerte estamos al lado y son 10 minutos para llegar. No encontramos ninguna información sobre el sitio, no aparece ni en Internet y, la verdad, tampoco tiene gran cosa que ver. Como el resto de fortalezas que hemos visto, apenas queda nada que visitar.

Urgench

Acabamos el día en Urgench, la ciudad donde se encuentra el aeropuerto internacional desde el que regresaremos a casa. Está muy cerca de Jiva y realmente podríamos haber pasado la noche allí, pero como el vuelo sale temprano hemos preferido estar cerquita de aeropuerto por lo que pueda pasar. Son 5 minutos frente a una media hora.

Lo del hotel es surrealista. Lo primero porque no tienen ni idea de inglés, pero cero, nos cuesta horrores que entiendan que tenemos una reserva con ellos… que es algo que, aun sin saber inglés, nos parece bastante evidente si entran dos extranjeros en tu hotel. Tampoco tienen opción de pagar con tarjeta de crédito, pese a que en el anuncio de Booking ponen que sí y contábamos con ello.

Esto implica que tenemos que ir a un cajero cercano, escoltados por el recepcionista no sabemos muy bien por qué razón, a sacar dinero para pagar el hotel. Pero el colmo es que nos intentan cobrar de más. Finalmente conseguimos aclarar todo, sacar el dinero y pagar lo que teníamos que pagar hablando con un señor por teléfono que no tenemos claro quién es, pero que habla inglés. También dejamos apalabrado un taxi para ir al aeropuerto y que nos adelanten el desayuno … cosa en la que no terminamos de confiar del todo.

Urgench nos recuerda a Nukus o a Khujand, la típica ciudad sin mucho atractivo turístico pero muy confortable para vivir en ella. Grandes avenidas, calles amplias, tiendas, transporte, plazas y fuentes. Un lugar agradable, hecho para vivir. Curioso porque cada vez las ciudades europeas se nos antojas más hostiles para el residente y más encaminadas a recibir al turista… pero aquí no, todo lo contrario. Son ciudades que no tienen mucho que ofrecer a quien viene de fuera, posiblemente alejadas de los circuitos turísticos tradicionales por el país, sin embargo se nos antojan tremendamente atractivas para el residente, cómodas, seguras, tranquilas. ¡Qué envidia!

Obviamente, nos dirigimos al mercado. El ambiente, como en todos los que hemos visto, es muy dinámico y agradable. Hacemos algunas fotos, aunque es verdad que la gente se presta menos a ello que en otros lugares. No ayuda tampoco el hecho de que ya estén prácticamente cerrando, claro está.

Nos vamos a dar un paseo y nos compramos unos helados de lo más soviético en un supermercado que vemos. Luego acabamos cenando en un sitio de la avenida principal de una manera muy curiosa. Básicamente tenemos nuestros últimos billetes que gastar y, con ayuda de Yandex, le explicamos al camarero que queremos gastar nuestro dinero en la cena pero que es todo lo que tenemos. El camarero, muy simpático, se hace cargo y nos monta una cena ajustada a nuestro presupuesto que está más que bien… y eso que teníamos poco dinero ya.

Para rematar el día y el viaje, nos vamos a la plaza central de Urgench. Aquí, como viene siendo habitual en las noches uzbekas, se juntan las familias para pasar el rato. Con unas pipas o sin nada, simplemente una buena conversación, los niños correteando por la plaza, algún puestecillo de venta de chucherías o alquiler de coches de juguete, una fuentecilla en el centro para refrescar, algo de música ambiente… un sitio agradable, donde estar sin tener que consumir, donde simplemente se puede pasar el rato y disfrutar de tu familia y amigos, de lo que de verdad importa. Esto se parece mucho para nosotros a la libertad, más de lo que nos venden en occidente, donde parece que todo tiene un precio. Nos da mucha envidia esta cultura, nos parece mucho más humano y auténtico. ¿Cuándo dejamos de disfrutar de las calles y plazas? No lo sabemos.

Podríamos pasarnos horas enumerando lo que nos ha encantado de este viaje. Hemos visto lugares preciosos, ciudades repletas de azulejos azules que apuntan al cielo, cúpulas cubiertas de oro, lagos de un azul intenso… Hemos comido increíblemente bien, descubierto una cultura fascinante, historias tan duras y relevantes como la del mar de Aral, tan vibrantes como la del museo de Nukus… y, sin embargo, nos quedamos con la gente. Nos llevamos tantas sonrisas como personas se han cruzado en nuestro camino estos días, hayamos o no intercambiado unas palabras con ellos. Nos hemos sentido acogidos, bienvenidos, aceptados.

Hemos recordado qué nos hace iguales, pese a haber podido apreciar también qué nos diferencia. Nos ha llegado cada gesto de gratitud que hemos recibido. Nos vamos sabiendo que estos países siempre van a ocupar un lugar destacado en nuestra memoria viajera. Porque pasa algo curioso cuando viajas, y es que al final los paisajes, las mezquitas, los monumentos… se acaban mezclando y confundiendo, ya no recuerdas dónde estaba qué, cómo se escribía ese nombre… pero las sensaciones, ay las sensaciones… eso se queda bien hondo. Y cuando recuerdas tu paso por un país con una sonrisa bobalicona sabes que allí fue.