De Kioto a Hiroshima y Miyajima -y regreso a Osaka- (15, 16 y 17)
De Kioto a Hiroshima y Miyajima -y regreso a Osaka- (15, 16 y 17)

De Kioto a Hiroshima y Miyajima -y regreso a Osaka- (15, 16 y 17)

Fushimi Inari, mercados y el Kioto más urbano

Madrugamos a las 6 de la mañana para ir a Fushimi Inari Taisha, porque sabemos que es uno de los lugares más visitados de Kioto y que, si no llegas pronto, puede resultar insoportable. Cogemos el tren JR directo a Inari y, aun así, ya hay bastante gente a esa hora. No estamos solos, pero al menos el flujo es todavía asumible.

Nada más salir de la estación se percibe claramente el carácter del lugar: muchas ofrendas, muchos puestos, mucho negocio. Fushimi Inari es profundamente religioso, pero también uno de los templos más rentables del país. Aquí la espiritualidad y el comercio conviven sin ningún complejo, algo que dice mucho de cómo se ha entendido históricamente la religión en Japón: práctica, cotidiana y estrechamente ligada a la vida económica.

Las figuras de zorros aparecen por todas partes. Son los mensajeros del dios Inari y suelen representarse con llaves, joyas o espigas de arroz en la boca. Algunos parecen casi gatos sin pelo, otros resultan inquietantes, pero todos refuerzan la sensación de estar entrando en un espacio simbólico muy antiguo, cargado de significado.

Comenzamos a recorrer el famoso sendero de torii. Se le conoce como el Camino de los 1.000 torii, pero en realidad hay más de 10.000 repartidos por toda la montaña. Cada uno ha sido donado por comerciantes y empresas, con su nombre grabado en la parte trasera. No es casualidad: Inari es el dios del arroz, y el arroz fue durante siglos la base de la economía japonesa. De ahí que Inari acabara convirtiéndose también en el dios del comercio y la prosperidad.

El camino está bastante lleno, pero ni de lejos tan saturado como en muchas imágenes virales. Aun así, el impacto visual es fuerte: el rojo intenso, la repetición infinita y esa sensación de túnel que te va absorbiendo poco a poco, casi sin darte cuenta.

A medida que empezamos a subir por el sendero del bosque, la experiencia cambia. La pendiente se nota, el aire se vuelve más fresco y la gente va desapareciendo. El ruido del turismo se diluye y queda el del entorno: pasos sobre la grava, hojas mojadas, pájaros. El santuario se transforma en algo mucho más cercano a una caminata ritual.

Empieza a lloviznar ligeramente, lo justo para añadir un punto de atmósfera sin resultar incómodo. No llegamos hasta la cima del monte Inari; nos quedamos en el observatorio de Kojinmine y en uno de los grandes cruces de caminos, que ya ofrece vistas suficientes y, sobre todo, una sensación de calma absoluta. Es cierto que la parte baja está más masificada, pero conforme se gana altura los visitantes disminuyen y el lugar se vuelve mucho más agradable.

La bajada la hacemos por el camino alternativo de salida, bastante más feo y funcional. Menos torii, menos bosque, más sensación de “fin de recorrido”. Se agradece haber subido por el camino principal y bajar por aquí, porque permite entender bien la diferencia entre el Fushimi Inari espiritual y el Fushimi Inari turístico. Dos caras del mismo lugar, coexistiendo sin disimulo.

La verdad es que nos hubiera gustado tener más tiempo para hacer la visita guiada nocturna, sin gente. Tiene que ser un enfoque diferente de un lugar tan visitado.


Nishiki, Nijo y despedida de Kioto

Cogemos el tren Keihan Line (otra compañía, otra estación de Fushimi-Inari, a solo 5 minutos de la JR) y nos vamos hacia Pontocho, para acabar en la zona del mercado de Nishiki.

Comemos okonomiyaki en un local que justo acaba de abrir a las 12:00, para evitar colas. Pedimos menú con fideos fritos y sopa de miso, otro de queso, uno de espinacas y otro de gambas. Todo lo cocina un señor mayor, con calma y experiencia. Está muy rico.

Recorremos la zona buscando kimonos, porque hay una tienda donde los venden al peso (1 gramo = 1 yen), pero no nos convence demasiado. Seguimos por el mercado, muy estrecho y lleno, con muchísimo marisco y comida preparada.

Llegamos al Castillo Nijō a primera hora de la tarde. Compramos la entrada conjunta para los jardines y el Palacio Ninomaru, y ya desde la puerta se intuye que aquí no estamos ante un castillo defensivo al uso, sino ante un símbolo de poder.

El castillo fue construido a comienzos del siglo XVII como residencia del shōgun Tokugawa Ieyasu cuando visitaba Kioto. No era su capital —el poder real estaba en Edo (la actual Tokio)—, pero Nijō servía para recordar al emperador quién mandaba realmente.

La puerta principal es espectacular, solemne, y marca el tono de lo que viene después.

Entramos descalzos al Palacio Ninomaru, una sucesión de salas conectadas por largos pasillos. Todas están decoradas con paneles dorados y pinturas aparentemente similares, pero cada estancia tenía una función distinta: recepciones oficiales, audiencias privadas, reuniones estratégicas…

Lo que más llama la atención es el suelo. Al caminar, cruje suavemente, como si cantara. Son los famosos “suelos ruiseñor” (uguisubari), diseñados a propósito para que nadie pudiera acercarse sin ser oído. Una medida de seguridad perfecta en una época de conspiraciones, asesinatos y traiciones.

Las pinturas no están ahí solo por estética. Los motivos —tigres, pinos, aves— cambian según la sala y refuerzan jerarquías. Cuanto más importante el visitante, más imponente la decoración del espacio al que se le permitía acceder.

Todo está pensado para intimidar sin necesidad de palabras.

👉 Dato histórico clave: en este mismo palacio, en 1867, el último shōgun Tokugawa devolvió oficialmente el poder al emperador, poniendo fin al shogunato y dando paso a la Restauración Meiji. El lugar donde el poder se exhibía fue también donde se extinguió.

Aquí no hay torres defensivas ni murallas imponentes: la protección era la prevención.

Tras recorrer el palacio, salimos a los jardines, muy cuidados, con estanques, puentes y vegetación perfectamente diseñada para ser contemplada desde distintos ángulos. Caminamos hacia las ruinas de la fortaleza interior, ya sin edificios originales, pero con una sensación clara de amplitud y control del espacio.

Empieza a anochecer, y el ambiente se vuelve más tranquilo. Con menos gente, el castillo se disfruta mucho más. Cogemos el bus de vuelta y aprovechamos para cambiar el horario del tren a Hiroshima del día siguiente: de las 6:02 a las 9:02. Un alivio.

En la estación hay un concierto improvisado en las escaleras, muy bonito. Subimos al mirador, pero Kioto de noche se ve poco, está mal iluminado.

Antes de volver a casa pasamos por Yodobashi a comprar cremas y repetimos el supermercado del primer día: tomates increíbles y gambas gabardina con una salsa espectacular.

Ducha, preparar mochilas, lavadora… y a dormir.


Hiroshima: memoria, lluvia y onsen

Vamos cargados como mulas a la estación. Hoy se activa el JR West Rail Pass, así que hay que meter dos billetes: el del tren y el del pase. Todo muy poco intuitivo.

Cogemos el tren a Shin-Osaka y de ahí a Hiroshima en Shinkansen Nozomi (con paradas). Tenemos 30 minutos para el cambio, pero en realidad tardamos 5. La salida vuelve a ser liosa, para variar.

El día está gris y nublado, lo que encaja tristemente con la ciudad. Hiroshima impone respeto. Un detalle curioso: las alcantarillas, con diseños distintos según el barrio, muy cuidadas.

Dejamos las maletas en el hotel mediante un sistema de check-in por QR y nos vamos a Hondori, la zona comercial. Comemos en Okonomimura, un edificio entero dedicado al okonomiyaki, con varias plantas llenas de restaurantes con planchas frente a la barra. Todo es estrecho, animado y muy auténtico. Muy rico. La peque lo observa todo con mucha atención.


Parque de la Paz

El Parque de la Paz de Hiroshima no es un lugar que se visite con ligereza, aunque la ciudad lo haya integrado como un gran espacio verde. Caminamos hacia él desde la zona comercial y, poco a poco, el ambiente cambia. Hay árboles, ríos, puentes… y una sensación extraña de calma que contrasta con lo que aquí ocurrió.

Lo primero que llama la atención es la cantidad de colegios. Excursiones escolares por todas partes, grupos de niños y adolescentes con gorras, mochilas y profesores organizándolos en filas. Entendemos el valor pedagógico del lugar, pero la masificación le quita parte del recogimiento que uno espera encontrar.

El Museo de la Paz está completamente lleno. Resulta agobiante y bastante complicado enterarse de la exposición. Tanto, que nos arrepentimos de entrar. Nos da la sensación de que, en ese momento, el museo pierde fuerza como espacio de reflexión y se convierte casi en un circuito turístico. Aun así, el parque en sí habla por sí solo.

Por cierto, visto lo visto, más que recomendable reservar tu entrada si tienes intención de ir. Tienen hora y algunas se agotan rápidamente.

Avanzamos por el eje central del parque. La Llama de la Paz arde sin interrupción desde 1964 y, según el compromiso de la ciudad, no se apagará hasta que desaparezcan las armas nucleares del mundo. Está alineada perfectamente con la Cúpula de la Bomba Atómica y con el epicentro de la explosión. Nada es casual aquí.

Ese alineamiento crea una línea visual poderosa, casi incómoda, que obliga a mirar de frente lo ocurrido.

El parque es, sorprendentemente, acogedor. La Cúpula de la Bomba Atómica es muy impactante, incluso después de verla mil veces en fotos.

Nos detenemos en el Monumento a los Niños por la Paz, cubierto de miles de grullas de papel. El colorido contrasta con la historia que hay detrás: Sadako Sasaki y la leyenda de las mil grullas como deseo de curación. Hay mensajes escritos a mano, ofrendas, dibujos infantiles. Es uno de los puntos más emocionales del parque.

Aquí el ruido baja de forma natural. La gente habla más bajo, camina más despacio.

Cruzamos el río y nos acercamos a la Cúpula de la Bomba Atómica. Verla en persona impresiona más de lo que esperábamos. No por su tamaño, sino por su fragilidad. El edificio se mantiene en pie tal y como quedó, como una herida abierta en medio de una ciudad completamente reconstruida.

Es fácil olvidar que Hiroshima es hoy una ciudad viva, moderna y funcional. La cúpula sirve como recordatorio constante de que todo esto desapareció en segundos.

Cruzamos al otro lado del río, donde hay adolescentes haciendo cola para un concierto de Radwimps. Vamos al Castillo de Hiroshima. Google decía que cerraba a las 17, pero en realidad es a las 18. El entorno parece casi un parque chino, con templo, castillo reconstruido y jardines.

Vemos un árbol superviviente de la bomba, algo que impresiona. No entramos al castillo, pero nos quedamos viendo cómo anochece y se ilumina.

Lo que más nos sorprende de este lugar es que el parque no es solo un memorial. Hay gente paseando, sentada en el césped, niños jugando, parejas charlando. Lejos de resultar irrespetuoso, transmite la idea de que la memoria aquí no paraliza, sino que convive con la vida cotidiana.

El parque es acogedor, casi amable. Y quizá ese sea su mayor logro: recordar sin convertir el lugar en algo oscuro o insoportable.

Al anochecer, volvemos para ver la iluminación nocturna. Con menos gente, el parque se siente distinto. Más silencioso. Más íntimo.


Onsen nocturno

Volvemos al Parque de la Paz para ver la iluminación nocturna y pasamos por un Daiso. Cenamos en un centro comercial subterráneo, muy práctico porque los precios son buenos y hay muchísimas opciones.

Cogemos el bus de vuelta, que en teoría está incluido en el JR Pass… pero no. Otro pequeño chasco.

Por fin llegamos al hotel, que tiene check-in automático. La habitación es correcta, pero pequeña y algo agobiante. Eso sí, incluye onsen.

Nos dan kimono, fajín, zuecos y toalla. El onsen es una maravilla: duchas sentados, piscina caliente con burbujas, sauna… Muy relajante. Exactamente lo que necesitábamos. Eso sí, solo puede bajar uno porque no admiten bebés.


Miyajima: el torii flotante y la calma al final

Hoy la marea alta es a las 9:12, y queremos estar en Miyajima a esa hora para ver el torii con pleamar.

Desayunamos en la habitación, vamos a la estación y cogemos por fin un tren incluido en el JR Pass. Tarda unos 30 minutos hasta Miyajimaguchi, donde se coge el ferry. Hay riadas de gente.

El ferry está incluido en el JR, pero hay que pagar una tasa turística de 100 yenes.  El trayecto dura 10 minutos y, por primera vez, vemos el torii desde el agua, por la derecha. Es emocionante.


Itsukushima y el santuario flotante

Llegar al Santuario de Itsukushima con marea alta es uno de esos momentos que justifican un viaje entero. El complejo parece flotar sobre el agua, sostenido por pasarelas de madera que crujen suavemente bajo los pies. No es una ilusión óptica: el santuario está construido deliberadamente sobre el mar, porque durante siglos se consideró que la isla era tan sagrada que no debía pisarse.

Pagamos la entrada (300 yenes), aunque nadie nos la pide en ningún momento, y avanzamos entre una marea humana que busca la foto perfecta con el torii. Aun así, el lugar mantiene algo especial. El sonido del agua bajo las pasarelas, el reflejo del rojo intenso sobre el mar y la luz cambiante hacen que, incluso con mucha gente, se perciba cierta solemnidad.

👉 Dato histórico: el santuario fue fundado en el siglo VI, pero su forma actual se debe al poderoso clan Taira, que lo reconstruyó en el siglo XII. Su diseño está inspirado en los palacios aristocráticos de la época Heian, no en los templos tradicionales.

El gran torii, uno de los iconos más reconocibles de Japón, mide más de 16 metros de altura y pesa varias toneladas. No está anclado al fondo marino: se mantiene en su sitio únicamente por su propio peso. Verlo “flotar” con pleamar impresiona; verlo después, con marea baja y gente caminando alrededor, es casi desconcertante. Dos experiencias completamente distintas del mismo lugar.

El santuario no es solo un sitio para hacer fotos. Es un espacio vivo, con rituales, ofrendas y celebraciones. Aquí se han celebrado durante siglos ceremonias imperiales, eventos religiosos y festivales que siguen marcando el calendario de la isla.

Avanzamos hasta el final del recorrido y salimos a la playa, donde el contraste es total: arena húmeda, niños jugando, turistas caminando hacia el torii cuando el agua se retira. El cambio de marea transforma el paisaje y, con él, la experiencia.

Más tarde volvemos, ya con marea baja y mucha menos gente. El santuario se siente distinto, más terrenal, casi cotidiano. Es curioso cómo un mismo lugar puede transmitir sensaciones tan opuestas en pocas horas.

Compramos bollitos fritos de ostras, ternera y cerdo y nos dirigimos al teleférico, pero nos dicen que hay una hora de espera. Pasamos.


Momijidani y Daisho-in

Nos vamos al Parque Momijidani, mucho más tranquilo. Comemos muy bien. Aquí también hay ciervos, pero mucho menos «turistificados»: no se les puede tocar ni dar comida, así que no la piden. Van a su bola, como deberían ir siempre los animales.

Subimos a un mirador, pero la señora del restaurante nos echa: o se consume o no se hacen fotos. La verdad es que nos parece increíble que se crea con derecho a impedir el acceso a un camino público, que ni siquiera pasa por su restaurante.

Visitamos el templo Daishō-in, uno de los templos budistas más importantes de la isla y, sin embargo, mucha gente lo pasa por alto porque no tiene un icono tan reconocible como el torii flotante. Para nosotros fue justo lo contrario: uno de los lugares que más nos gustaron.

El acceso ya es especial. Caminamos entre árboles, pequeños riachuelos y escaleras flanqueadas por decenas de estatuas de los discípulos de Buda, cada una con su gorro rojo de lana. El rojo simboliza protección frente al mal y se coloca como ofrenda, especialmente para proteger a niños y viajeros. El conjunto es muy fotogénico, pero sobre todo transmite calma.

El templo está lleno de pequeños detalles: linternas, figuras, ruedas de oración, rincones con agua corriendo y espacios pensados más para la práctica espiritual que para el espectáculo. Nada de multitudes empujando, nada de colas interminables.

Entramos en una gruta iluminada con cientos de lámparas, que crea una atmósfera íntima y casi hipnótica. Es uno de esos sitios donde bajas la voz sin darte cuenta.

👉 Dato histórico: Daishō-in está estrechamente ligado al monte Misen, la montaña sagrada de Miyajima, y pertenece a la escuela Shingon, una de las ramas más antiguas del budismo japonés.

Aquí el tiempo parece ir más despacio. Con la humedad, la vegetación y el sonido del agua, el contraste con el bullicio de Itsukushima es total. Si tuviéramos que recomendar un solo templo en Miyajima, más allá del santuario, sería este sin dudarlo.


Torii con marea baja y regreso

Volvemos al Santuario Itsukushima. Hay mucha menos gente, pero ahora la marea está baja y la gente camina por la playa hasta el torii.

Cogemos el ferry de vuelta, también mucho menos lleno, y el tren. Todo perfectamente coordinado. La verdad es que da gusto aquí moverse en transporte público, todo sale a su hora y funciona como un reloj. Una vez que entiendes cómo funcionan las cosas, realmente es bastante sencillo desplazarse… pero claro, entender cómo funciona todo lleva su tiempo.

Llegamos a la estación y, por primera vez en todo el viaje, salimos por la salida correcta a la primera. No  nos lo creemos ni nosotros.


Última noche tranquila

Osaka nos recibe con sus edificios altos, un parque agradable y buen ambiente. Nuestro apartamento está cerca, aunque cuesta un poco entrar: todo es automático. Es amplio y cómodo. Curiosamente, no hay cuchillos, parece que en Japón están muy limitados. Son unos apartahoteles diseñados para viajes de corta estancia, por lo que quizás sea normal.

Salimos a cenar gyozas de autor, muy ricas. Luego nos acercamos a un supermercado cercano que está abierto hasta medianoche a comprar algo de comida para desayunar estos días.

El día finaliza con una ducha… y a dormir.

Miyajima ha sido el cierre perfecto: más calma, más naturaleza y menos ruido.

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