Diario de NY (4): Los patos de Central Park
Diario de NY (4): Los patos de Central Park

Diario de NY (4): Los patos de Central Park

 

Día despejado en Manhattan. La previsión del tiempo es alentadora, parece que hoy es el día perfecto para pasarlo al aire libre, así que decido subir a Central Park. Cojo el metro en Prince st con la idea de bajarme en la 57th, justo junto al Carnegie Hall.

Antes de llegar a Prince me encuentro otra pared repleta de corazones de tiza. Un hombre empieza a borrarlos. Me pregunto si quedará alguno esta noche cuando vuelva al apartamento.
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De camino al metro pienso en lo mucho que me llama la atención de Nueva York su indiferencia. No es raro cruzarse con alguien por la calle que vaya cantando a pleno pulmón, o hablando solo en voz alta. Aquí la gente viste como quiere, hace lo que quiere y a nadie le importa. Ni siquiera miran. Los neoyorquinos no juzgan, no emiten juicios de valor, no observan… se limitan a continuar con su camino. Con sus prisas, con su café para llevar. Me horroriza y fascina a partes iguales. No sé qué pensar de esta ciudad, si odiarla por su frialdad o amarla por lo fácil que resulta ser uno mismo en ella. ¿Es Nueva York una ciudad que te acepta tal como eres o una ciudad a la que no le importa quién seas?

 

Llego a Central Park y empiezo a tomar fotos. El otoño aún no ha llegado de pleno, pero algunas hojas ya han comenzado a caer. Me pregunto cómo estará en un par de semanas y me prometo a mí misma volver a comprobarlo. Me cautiva la idea de poder ser testigo de como la ciudad cae presa del otoño.

Un hombre se acerca a mí cerca de Sheep Meadow. Me explica que trabaja para una asociación que se encarga de alimentar a los sin techo de Central Park. Al parecer cientos de personas duermen en el parque cada día. Estamos hablando un buen rato, después hago un donativo y le pido que me anote su sitio web para echarle un vistazo más tarde. Se despide de mí con un “Thank you, sweetie” y una enorme sonrisa. Pienso en cuánto me gusta la gente que sonríe.

Sigo por el parque hasta llegar al edificio Dakota, tristemente conocido por ser testigo del asesinato de Lennon. Justo en frente está Strawberry Fields. Observo que hay un par de puestos vendiendo chapas y recuerdos de Lennon. Los turistas hacen cola para fotografiarse junto al mosaico de Imagine. Un chico toca con su guitarra la canción homónima. De repente la escena me parece más propia de un circo que otra cosa. La muerte hecha negocio, me parece ridículo. No obstante, me quedo hasta que acaba la canción. Above us only sky. Cuando me voy me fijo en un cartel que ofrece chistes a un dólar. Sonrío. Eso sí que me parece una buena forma de hacer dinero.

Salgo del parque y subo hasta la 81st, donde se encuentra el Museo de Historia Natural. Doy una vuelta rápida, sigue igual que la última vez que estuve. Me entretengo un poco al comprobar que hay WiFi gratuita dentro. Luego vuelvo a entrar al parque y subo hasta el lago Jackie Kennedy.

Bordeo el lago entero haciendo fotos. Me gusta el hecho de que en cada punto del lago la vista sea completamente distinta. No puedo evitar que mis ojos reparen en los patos, que nadan ajenos a mi presencia. Me viene a la cabeza la pregunta de Holden Caulfield y me sorprende pensar en lo poco que me parezco a la que era cuando releí el libro por última vez. Ahora, si tuviera una cabina cerca, sabría perfectamente que número marcar. Quizás se deba a que sé que los patos están justo ahí. Quizás el secreto sea ese: no tener que preocuparse de dónde estarán cuando el lago se congela.

No consigo completar la vuelta porque un tramo está en obras, para variar, así que me salgo hacia la 97st y me dirijo al Upper East Side. Bajo hasta el Metropolitan, mi museo favorito de Manhattan. Me compro algo de comer en un puesto callejero y me siento en las escaleras a comer. Hace un día estupendo y están repletas de gente. Un grupo de músicos canta “Stand by me”. Termino de comer y saco la cámara. Les fotografío mientras cantan y, por qué no, canto con ellos. Me gusta esta canción, me gusta este lugar y este momento me parece absolutamente perfecto. Cuando terminan me preguntan por las fotos. Les doy una de esas tarjetas que hice para este tipo de situaciones y me dan las gracias. Me despido y subo las escaleras del museo.

Me gusta del Metropolitan que nunca me cansa. Me podría pasar horas deambulando por sus pasillos. Recorro la colección de Egipto, la asiática, la africana, la de arte Europeo… ¡descubro hasta una pequeña sala dedicada a la fotografía! Después subo a la azotea. Las vistas me dejan sin aliento. Había leído sobre este lugar antes, pero es la primera vez que subo. Hay un bar y bastante gente tomando algo. Otros, como yo, están sentados en el suelo, cubierto con césped artificial.  Me quedo observando a un grupo de chicas, más jóvenes que yo. Llegan juntas, pero se sientan sin ni siquiera mirarse a la cara. Han sacado sus smartphones y escriben a un ritmo frenético en ellos. De vez en cuando sonríen, como si acabaran de leer algo muy divertido. Se ignoran mutuamente. Me pregunto si el futuro es esto: estar con alguien en cuerpo y con otra persona en alma. Me resulta absurdo, pero me divierte pensar que más tarde quedarán con quien quiera que esté al otro lado del teléfono y se escribirán con las amigas que ahora ignoran. El ser humano es así de ridículo.

Tras descansar un rato, salgo del Metropolitan pero, antes de llegar a la salida, una exposición llama mi atención: Arte Moderno. Entro y descubro algunas obras de Miró, Picasso, Juan Gris y Dalí. Por estas cosas me encanta este museo. Me quedo un rato más y después, finalmente, salgo a la 5th Ave.

Bajo hacia Times Square, donde tengo que coger el metro de regreso a casa. Por el camino me detengo en un puesto callejero de libros. Me entretengo buscando mis títulos fetiche. Encuentro “The catcher in the rye”, “1984” y “Poet in New York”. No sé cómo lo hago, pero sigo mi camino sin comprar nada, aunque sé que si hubieran tenido “We” lo hubiera comprado casi de manera obligatoria.

Sigo por la 5th hasta llegar a FAO, la tienda de juguetes. Hay dos cosas que tengo que hacer aquí: tocar el piano de Big por tercera vez en mi vida y comprarme algo en la zona de los dulces. Es literalmente el paraíso de los regalices. Encuentro unos de cereza que no conozco y me cojo una bolsa. No están malos, pero los Panda siguen liderando mi ranking. Me pierden los regalices de cereza, qué le vamos a hacer. La bolsa no me dura ni lo que tardo en subir al piano. Dos niños juegan en él, es hipnótico observarles, ver la manera en que ríen con algo tan simple. Me gusta esa capacidad de los niños de ser felices con las cosas más sencillas. Me descalzo y me pongo a tocar con ellos. El más pequeño se parte de risa al verme y se pone a correr de un lado a otro del piano. Lo que tocamos no parece en absoluto música, pero es un momento de lo más divertido, sin duda.

Bajo por la 5th hasta Times sq, compro algo de cena en un Wallgreens y cojo el metro para volver a casa, increíblemente agotada. Los corazones de tiza ya no están.

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