Diario de India&Nepal (1): Abu Dhabi

 

El día que empieza un viaje siempre es raro. Los nervios, la emoción, los últimos preparativos… El tiempo se acelera y, de repente, todo se pone en marcha. Lo que has estado preparando durante meses, los lugares con los que has soñado, todo toma forma. Y las ciudades dejan de ser sólo mapas, y los vuelos ya no son un número anotado en la agenda. Se convierten en la espera del aeropuerto, el control de pasaportes, una bandeja de comida, turbulencias y siete horas de avión. Tu viaje se va llenando de caras, de palabras, de cosas que salen mejor de lo que esperabas y, sí, también de contratiempos. Y se te va escapando de las manos como si de un reloj de arena se tratara…

Pero volvamos al principio. O, al menos, al lugar del despegue. Porque el viaje en sí tal vez comenzara cuando la idea de Nepal cruzó por primera vez nuestra mente. O puede que lo hiciera cuando compramos los billetes. No importa, lo único que importa es que hoy estamos en el aeropuerto. Y que dentro de siete horas estaremos en Abu Dhabi.

Lo que no importa tanto pero, aún así, forma parte del viaje son los detalles. Que la cola para facturar era inmensa. Que embarcamos por los pelos. Que los aviones de Etihad nos dejaron maravillados. Que la comida de los aviones me encanta porque la asocio con viajar. Que no conseguí dormirme en todo el vuelo y que al aterrizar estaba agotada. Que el control de pasaportes fue rápido y sencillo, más de lo que había imaginado.

Detalles que se terminar por olvidar porque son demasiado parecidos a otros tantos. Porque todos los viajes se parecen en los detalles insignificantes. En las cosas que nadie recuerda cuando deshace las maletas.

Lo que no se olvida es la primera vez que ves un lugar. La primera vez que escuchas un idioma desconocido. La primera vez que sostienes entre tus manos una moneda que jamás habías tocado antes. Cuando te sabes en un sitio desconocido y, de pronto, todo se vuelve relevante. Inolvidable.

Abu Dhabi

Lo primero que siento en Abu Dhabi es calor. Un calor pegajoso y húmedo, que dificulta la respiración y debilita el cuerpo. Un calor de sauna. De ese que te empapa la piel y te aprieta la garganta.
El aire acondicionado de la Terminal es casi como un oasis. Tratamos de cambiar dinero pero nos exigen un mínimo de 70€, así que nos decantamos por sacar dinero del cajero con la N26.

Ya fuera, buscamos el autobús A1, que es el que va a la mezquita. Es curioso porque las paradas de autobús están cerradas y tienen aire acondicionado, algo que se agradece enormemente y, a su vez, es un indicativo del calor que hace en la ciudad y del dinero que se mueve aquí. Las máquinas para sacar el ticket están justo al lado. No son del todo intuitivas, pero un señor con cara seria nos ayuda en el proceso: el precio es de 5 dírhams y admite tarjetas. Hay que seleccionar ticket personalizado y ponerle un importe de 5 dírhams a mano. Te devuelve una tarjeta que es el billete de autobús.

Desde el aeropuerto a la mezquita se pueden tomar los autobuses A1 y 162.

El autobús tarda una media hora en llegar y nos deja a unos 5 minutos a pie de la Mezquita, pero con el calor parece mucho más. Es de noche y, por suerte , corre una ligera brisa. Caliente, eso sí. La mezquita parece cerrada pero no, cierra a las 10 de la noche. Eso nos da algo más de una hora para visitarla. La entrada que queda abierta a estas horas está en obras y mal indicada, cuesta verla. Tenemos que pedir indicaciones a la única persona que vemos por el lugar, un guarda de seguridad.

La entrada está divida por género, para las mujeres hay disponible un servicio gratuito de chilaba, aunque basta con llevar un pañuelo para cubrirse el cabello y ropa que cubra el cuerpo.

El acceso a la mezquita es gratuito y el horario de visita es de sábado a jueves de 9h a 22h. Los viernes sólo abren por la tarde, de 16:30h a 22h.

No se permite acceder con comida o bebida, pero lo puedes dejar fuera y recoger al salir. No tenemos problemas para acceder con las mochilas.
La mezquita es impresionante. La iluminación nocturna hace que el color blanco resalte más sobre la negrura de la noche. Apenas hay turistas, lo cual se agradece enormemente.


El interior de la mezquita, con el suelo cubierto de alfombras y las lámparas de swarovski en el techo es impresionante. Nos quedamos un buen rato con la boca abierta admirándola porque es verdaderamente espectacular.

Nos vamos a la hora del cierre. Cogemos un autobús que creemos que nos llevará al hotel más rápido, pero al rato nos indican por signos que tenemos que hacer un transbordo. Está vez el autobús 32 nos deja en la puerta del hotel. Nos llama la atención que los autobuses tengan las primeras filas de asientos reservadas para mujeres. Imaginamos que por motivos religiosos.

Subimos a la habitación y descansamos unos minutos. Se agradece el aire acondicionado que, en esta ciudad parece ser imprescindible.

Bajamos a pie hasta La Corniche. Nos sorprende que pese a ser tan tarde, hay mucha gente en la calles, en los parques sentados o paseando. Sospechamos que la gente sale a estas horas porque el calor es más soportable que durante el día. Un grupo de gente está cantando en el paseo lo que parece algún tipo de misa. Hacemos fotografías de los edificios iluminados, aunque esperábamos un skyline más espectacular del que encontramos.


Compramos unos pastelitos en una tienda y regresamos al hotel, completamente agotados por el viaje y, sobre todo, por el calor.

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