Londres en 36 horas

 

Viajar en estos tiempos no es lo que solía ser, pero se agradece más que nunca. Ahora cuesta más ir a cualquier sitio porque hay un montón de requisitos que cumplir y, además, estos pueden cambiar en cualquier momento. Hoy puedes tenerlo todo en regla para entrar a un país y mañana pueden cambiar las normas y verte fuera. Y es lo que hay, nos toca adaptarnos.

Londres en ese sentido ha sido un quebradero de cabeza. Entre el riesgo constante que teníamos de que España pasara de ámbar a rojo en el semáforo británico, el test de antígenos, la vacuna que no sabíamos si íbamos a tener a tiempo y el formulario de entrada al país, que no nos acababa de dejar claro si necesitábamos o no la famosa PCR del día dos… pero finalmente conseguimos superar la gymkana y tenerlo todo a punto para el viaje.  Eso sí, a costa de estar con el corazón en un puño hasta el último minuto.

Llevábamos mucho tiempo queriendo viajar a Londres porque es una ciudad que ambos conocíamos por separado pero que no habíamos visitado juntos… así que nos pareció perfecto hacer una escapada por nuestro aniversario. ¿Y qué hay mejor para celebrar un aniversario que levantarse a las 4 de la mañana para irse de viaje? Pues sí, el sábado a las 4 estábamos en pie para irnos hacia el aeropuerto. Nuestro vuelo salía a las 6 y media de la mañana y llegábamos a Stansted a eso de las 7 y media, aunque tuvimos algo de retraso y al final llegamos a las 8 pasadas.

De Stansted a Victoria

Lo primero coger el autobús. Principalmente para desplazarte de Stansted al centro de Londres puedes optar por el tren o por el autobús: el primero es algo más rápido pero también bastante más caro y el segundo tarda algo más pero cuesta algo menos, aunque sigue costando una pasta. Nosotros elegimos el bus porque iba directo a Victoria, que es donde teníamos reservado el hotel y al final, entre transbordo y demás, se nos ponían las dos cosas en 2 horas.

Victoria es una zona en la que hay bastante opción para alojarse y está bien comunicada, así que es recomendable para alojarse (Por cierto, el alojamiento era un bed&breakfast que cogimos a través de Airbnb y nos salió bastante más barato que a través de Booking, así que es recomendable mirar en las dos páginas antes de reservar nada).

El bus, cogiéndolo por adelantado y en formato ida y vuelta, costaba 8 libras por trayecto y persona, pero como no sabíamos a qué hora íbamos a llegar y tampoco a qué hora íbamos a volver, pues lo cogimos directamente en las máquinas y nos costó 14 libras. Luego vimos que si lo hubiéramos cogido online nos hubiera costado 10 libras… pero vamos, a la vuelta lo hicimos igual y nos salía más barato en la máquina (11 libras) que online (14 libras).

De palacios y abadías

Tras dejar la mochila en el hotel a eso de las 10 a.m. nos fuimos hacia la zona de Buckingham Palace, donde había bastante gente esperando el cambio de guardia, que es a las 11:00), aunque la mayoría eran británicos. Vimos el palacio y, atravesando St. James Park, llegamos hasta la Casa de los Guardas. Mucho ambiente y grupos de gente disfrutando de buen tiempo en el parque. De ahí bajamos hasta la zona de Westminster para ver la abadía, pero no llegamos a entrar porque cuesta la friolera de 19 libras y en horario de misa es gratuito, así que decidimos dejarlo para el domingo. La verdad es que nos parece un completo abuso cobrar precios tan elevados por entrar a estos sitios.

Seguimos hasta el Big Ben y el Parlamento, que sigue en obras. La verdad es que es una pena verlo todo con los andamios, pero es lo que hay. Lo bueno es que el reloj ya estaba descubierto, que quieras que no es algo positivo… y bueno, no es la primera vez en Londres para ninguno de los dos, así que tampoco nos supone un drama. Aprovechamos para comer a orillas del Támesis, en un banco con vistas al London Eye. Nos hemos traído unos bocadillos de casa porque ya suponíamos que no íbamos a tener mucho tiempo de pararnos a comer… y no nos hemos equivocado. Llevamos sin parar de movernos desde que hemos llegado y aún nos quedan un montón de cosas por ver…¡es lo que tiene querer ver Londres en 36 horas! Por suerte, la gastronomía británica no es de nuestras preferidas. Por cierto, de postre nos tomamos un donuts de lotus biscoff en una franquicia de donuts gigantes que está que te mueres de rico.

La National gallery

Por la orilla de Támesis bajamos hasta Trafalgar Square y nos metimos en la National Gallery, que es más que recomendable visitar porque encima es gratis. Para acceder solo tienes que adquirir una entrada que puedes comprar online. La pena es que el British Museum lo pillamos con las entradas agotadas y no pudimos ir, pero bueno, al menos pasamos a la National Gallery, que es un museo de lo más interesante, con obras de Van Gogh, Vermeer, Jan van Eyck, Velázquez…  A pesar del tiempo nublado, el ambiente fuera era fenomenal: tenían un modelo y habían montado unos caballetes para que la gente lo dibujara en directo. Los dibujos eran un tanto malos, pero oye, es una manera maravillosa de dar visibilidad al arte. Además también tienen réplicas de varios de sus cuadros más famosos fuera de museo. En general nos pareció bastante bien pensado todo. En la plaza habían montado un cine al aire libre donde por la tarde iban a proyectar Star Wars, así que maravilloso todo.

Continuamos hasta Picadilly Circus con sus pantallas y su gente, muchísima gente por cierto, y enfilamos a la siempre señorial Regent Street hasta la zona de Carnaby Street, que nos encontramos casi por casualidad y que nos gustó un montón con sus colores y ambiente. Seguimos a la gente a través del Soho y llegamos hasta Chinatown. Esta zona siempre nos ha encantado con sus farolillos, sus puertas y la gente por las calles.

Callejones y mercados

Un poco más adelante nos encontramos gente haciendo un tour turístico bastante peculiar (todos con cascos bailando a la vez y con cara de pasárselo en grande) en frente del Palace Theatre. Avanzamos un poco hasta Neal’s Yard que, aunque solo sea una plazuela pequeñita, tiene muchísimo encanto.. aunque no tanto como nuestra siguiente parada: Covent Garden, un lugar que nos maravilla por la vida que tiene (es sábado y está hasta los topes).

Parece que la zona centro-oeste de la ciudad la tenemos más o menos vista (a falta del Museo Británico, que lamentablemente no tiene entradas, y alguna cosa que nos pilla más lejos o nos atrae menos), así que ponemos rumbo hacia el este por Fleet Street: lo primero que nos encontramos es Somerset House, que es un palacio reconvertido en un lugar para eventos y exposiciones, que además de bonito tiene baños gratuitos, y lo segundo -pero no menos impresionante- es el increíble edificio del Royal Court of Justice… que está como un poco encajonado y apartado, pero que nos parece una autentica joya.

Catedrales y miradores

Pasamos por Ye olde Chesire Chesse, una de las tabernas más antiguas de la ciudad… ¡nada más y nada menos que de 1667! Se dice que entre sus habituales estaba el mismísimo Dickens. Tras eso nos dirigimos hacia la Catedral de San Pablo, a la que pudimos acceder de manera gratuita al encontrarnos en horario de misa. Toda una suerte porque la entrada es un pico y, de todas formas, no permiten hacer fotos en el interior. Cruzando el Millenium Bridge llegamos hasta la Tate Modern pero ya está cerrada, así que cambiamos el mirador de su planta superior por el del centro comercial One New Challenge, desde el que tenemos unas vistas espectaculares de la cúpula de San Pablo…¡y gratis!

Para regresar al hotel damos un pequeño rodeo para pasar por Oxford Street porque ha refrescado bastante y quiero pasar por Primark a comprarme un jersey. Realmente lleva todo el día haciendo fresco, pero he estado usando el de D -que es bastante más previsor que yo- pero ahora lo necesita él, así que me compro algo para hacerme el apaño rápido. No podría haber imaginado ni en un millón de años que en Londres en agosto y llevando la membrana iba a pasar frío… pero así estamos. Pasamos por Picadilly y la verdad es que en la zona hay un ambientazo que es una pasada, han peatonalizado varias calles y han puesto terrazas que están hasta los topes de gente. Increíble. Nosotros cenamos en un Shake Shack, que no es lo más británico que hay pero me trae buenos recuerdos de NY y D no lo ha probado nunca… además hay sitio, que es más de lo que podemos decir del resto de lugares. Total, la comida británica no es que nos apasione.

Volvemos al hotel pasando por delante del parlamento para verlo iluminado por la noche, aunque con los andamios tampoco es que esté muy allá. Cuando llegamos por fin al alojamiento miramos lo que hemos andado y… ¡29 kilómetros! Así estoy, que caigo sobre la cama y me quedo dormida de inmediato.

La mañana del domingo

El domingo nos levantamos destrozados. Los 30 kilómetros del sábado nos han dejado hechos polvo, así que descartamos el madrugón que requería ir a Westminster por la mañana. Nos levantamos a una hora más razonable (las 8, no os vayáis a pensar) para ir al Sky Garden, que aunque no teníamos entrada porque cuando quisimos reservarlas estaban agotadísimas, pensábamos que quizás podríamos subir a uno de los bares… pero nada, no pudimos subir porque se necesita reserva y ya no quedaban huecos disponibles. La reserva sí que la miramos y la tuvimos hasta hecha, pero te pedían un consumo mínimo bastante elevado y si no lo alcanzabas, te cobraban igual, así que la cancelamos.

Para llegar nos movemos en metro. Ahora el metro de Londres es más accesible porque basta con pasar una tarjeta de crédito o débito contactless por los tornos para entrar, como si fuera la oyster card pero sin tener que pagar la fianza de 5 libras. Es bastante cómodo, aunque no estaría de más que explicaran mejor cómo funciona porque perdemos un buen rato descargando una app que pensábamos que necesitábamos para pagar y que luego realmente solo sirve para ver lo que te habían costado los billetes.

Del Sky Gardens vamos Leadenhall, el famoso mercado que sirvió de inspiración para el callejón Diagon de Harry Potter (aunque no se parecen en nada). Es muy chulo, eso sí, y además tenemos la suerte de encontrarlo sin nadie, que siempre es un lujazo. Continuamos pasando por St Dunstan in the East, una antigua iglesia derruida que ahora es un jardín público y es un lugar precioso, la verdad, muy tranquilo e ideal para pasar una tarde con un buen libro… si tuviéramos tiempo.

De ahí nos movemos hasta la zona del Tower Bridge, que cruzamos. Hay muchas familias paseando y no se ven tantos turistas como en otras ocasiones que hemos visitado la ciudad. Paseamos un poco por la orilla del Támesis para cruzar de nuevo por el London Bridge y ya coger el metro hacia Camden Town.

Camden es un lugar que siempre resulta fascinante, pero los domingos tiene algo especial. La gente, el ambiente, los olores, los sonidos… no sé, es hipnótico. Hacemos algunas fotos, damos una vuelta y comemos algo en los puestos de comida que, por cierto, están también abarrotados. Como siempre, Camden es el lugar donde encontrar cualquier objeto, por raro que parezca…y ver las tendencias más modernas, las tribus urbanas más arriesgadas y, en fin, el ambiente más grunge de la ciudad.  Cuando nos queremos dar cuenta se nos ha ido la hora y tenemos que regresar corriendo al alojamiento para coger la mochila y salir pitando hacia el bus. La última foto que hacemos en Londres representa muy bien el espíritu de la ciudad, ¿verdad?