Diario de Irán (4): Fereni, Dordor y un autobús hacia Shiraz.

 

Empezamos la mañana poniendo  rumbo al barrio armenio. Optamos, como no, por un taxi que cogemos a través de Snapp. Por algún motivo que desconocemos, Snapp solo nos funciona cuando estamos utilizando una WiFi.  Nos estamos moviendo en taxi porque es tremendamente barato, al final este trayecto que es de unos 20 minutos, nos cuesta unos 50 céntimos de euro al cambio… vamos, ridículo. Además, ha empezado a chispear, así que más razones para coger un taxi.

El barrio armenio de Jolfa

El barrio armenio de Isfahán no es el único de Irán, de hecho hay otro bastante más grande y conocido en Teherán. Tiene algo que no tiene ningún otro barrio del país, y es que aquí está permitido vender alcohol y carne de cerdo. Eso sí, para comprarlo tienes que demostrar que no eres musulmán… o al menos eso es lo que dice la teoría. 

Este barrio fue fundado en 1606, cuando más de 150.000 armenios fueron trasladados desde la antigua Julfa, en Azerbaiyán en su huida de la persecución del Imperio Otomano . El Sha Abbas los acogió y trató muy bien porque conocían el arte de la seda, y eso era algo que le interesaba bastante para su país. Es uno de los barrios armenios más antiguos y grandes del mundo. 

La visita que tenemos aquí es la iglesia de Vank, de  estilo ortodoxo.  La verdad es que es bonita por dentro, pero después de haber estado en Rusia quizás no nos impresione tanto como debería. Además el precio nos parece algo excesivo en comparativa con lo que hemos visto hasta ahora. Esa va a ser una sensación que tendremos durante todo el viaje, y es que en Irán ponen los precios a lo loco… y vale que esos 4€ al cambio no sean una locura, pero no nos parece ni medio normal que me cobren lo mismo por entrar a Persépolis que por entrar a esta iglesia, por ejemplo.  

La entrada a la iglesia de Vank cuesta 500.000 riales.

En el mismo recinto hay un pequeño museo con algunas piezas de arte y un breve resumen de la historia del pueblo armenio de Jolfa que también visitamos. Curiosamente hay por allí un grupo de niñas, posiblemente de un colegio porque llevan uniforme, con cámaras que me paran para hacerme un montón de fotografías… y eso que llevo unas pintas de impresión porque está lloviendo y lo llevo todo: el hiyab, el chubasquero… vamos, un cuadro. 

Dejamos el barrio de Jolfa con idea de ir a la la mezquita del Viernes, que es lo único que nos queda por visitar en la ciudad. Para ir cogemos un taxi porque está lloviendo y está un poco retirada.  La verdad es que la diferencia entre los Snapp y los taxis es abismal: mientras que los primeros son muy serviciales y todo es muy fácil con ellos, con los taxistas todo es complicado. Este, como otros varios, parece que no tiene muchas ganas de trabajar y le tenemos casi que suplicar que nos lleve (y, por supuesto, a un precio mucho mayor que el Snapp. Pero claro, a ver quien regatea con alguien al que no le importa mucho si tiene clientes o no!).

El barrio donde está esta mezquita está alejado y se nota que es mucho más humilde que las zonas por las que estuvimos ayer. La mitad de la zona es un bazar, y aprovechando que está cubierto, lo recorremos avanzando hacia la mezquita. Con esto conseguimos un doble objetivo: unos dulcecitos para desayunar y librarnos un ratillo de la lluvia, que cada vez cae con mas fuerza. Lluvia con la que, por cierto, los iranies están encantados porque al parecer lleva tiempo sin llover y por eso el río está seco. 

La mezquita es mucho menos suntuosa que las de la zona centro: es más un sitio para la zona del barrio. De hecho somos los únicos turistas por aquí.

Después de ver la mezquita queremos coger otra taxi para ir al puente Khaju. Lo que pasa es que está lloviendo, no nos funciona Snapp, todos los taxis están ocupados y estamos lejísimos del puente.  Entonces se produce el milagro.

Las conocimos en un taxi

Un taxi se para justo delante de nosotros… pero va ocupado. En su interior hay dos mujeres que nos hacen señas para que subamos. Parece que nos han parado para que compartamos taxi con ellas. Por suerte vamos en la misma dirección, aunque tampoco era muy complicado porque realmente estamos en una calle larguísima y recta que va directa al puente. Y hay un atasco terrible.

Las señoras empiezan a intentar hablar con nosotros. Digo intentan porque la conversación acaba siendo en alemán, inglés y persa… uniendo los pocos conocimientos que nosotros tenemos del farsi a los que ellas tienen de las otras dos lenguas. Algo curioso pero, aún así, nos medio enteramos. Nos cuentan que viven en Alemania pero han venido a visitar a su familia, que han comprado muchas cosas. También nos hacen las preguntas de rigor (de dónde somos, qué relación tenemos, si nos gusta Irán, qué hemos visitado, por qué hemos querido venir…). Luego sacan el móvil y empieza la fiesta del selfie, porque nos hacemos un montón de fotos y ellas están encantadas. Al final, cuando llegamos al puente Khaju, casi que nos da pena despedirnos. Me dan un abrazo y un beso (a D. obviamente no le pueden tocar) y nos despedimos con mucha pena de estas dos señoras tan encantadoras que nos han llevado en su taxi porque sí. 

Así es Irán. Lo hablamos mientras vamos de camino al puente Chubi, que es el siguiente que hay siguiendo el río y que es mucho más simple que el puente Khaju, pero también tiene su encanto. 

Irán tiene algo que engancha, no sabríamos decir qué. Llevamos apenas unos días aquí y ya estamos rendidos a los pies de este país. Nos sentimos cómodos aquí, confiados. No sé si estamos sugestionados o qué, pero lo cierto es que tenemos cierta predisposición a confiar en la gente de aquí. No recelamos de ellos… y eso es algo anómalo porque, normalmente, cuando vamos de viaje nos andamos con mil ojos. Todo es susceptible de ser una estafa o un intento de sacarnos dinero. Aquí no nos sentimos así. Es cierto que seguimos manteniendo costumbres básicas, como preguntar el precio antes de consumir cualquier cosa, pero en general vamos tranquilos. Por la noche paseamos con absoluta tranquilidad por las calles, con nuestras cámaras y no nos preocupa que puedan robarnos. Hay algo en este país, algo que te da tranquilidad. No sabría explicarlo con palabras, así que supongo que es algo que hay que sentir. 

La calle Chahar Bagh

Del puente Chubi nos vamos al Si-o-se Pol, que es también muy bonito. Es un puente de la dinastía de los safávidas, con arcos de dos niveles al estilo del puente Khaju. También hay mucha gente paseando o tranquilamente sentada en este puente, se conoce que son zonas de reunión y recreo para los habitantes de Isfahán.

Cruzamos el puente y seguimos hacia la calle Chahar Bagh, una calle peatonal que nos han recomendado y en la que hay muchos restaurantes y locales de comida rápida. Incluso tienen su propia versión del KFC. La calle está en obras, están reformándola. Sospechamos que va a quedar muy bien cuando la terminen, nos encantan las calles peatonales. 

Entramos a comer en un restaurante y probamos nuevos platos de la gastronomía persa. Veníamos pensando que la comida de aquí iba a ser mala, ya que todo lo que habíamos leído al respecto en Internet era bastante negativo, pero todo lo contrario. Nos hemos encontrado con una gastronomía rica, variada y, sobre todo, diferente. Se utiliza mucho la granada, la berenjena y el cordero. Son sabores intensos, guisos elaborados pero muy sabrosos y distintos. A nosotros, desde luego, nos encanta. 

Subiendo por la calle peatonal llegamos de nuevo a la plaza y, una vez en ella, comenzamos a deambular sin rumbo. Es curioso porque hay vendedores y algunas personas que nos saludaron ayer y hoy nos vuelven a ver y es como si fuéramos viejos amigos. La gente aquí es muy amable, no es la sensación típica de bazar en la que los vendedores te acosan para que compres, llegando incluso a agobiarte… no, aquí todo funciona de otra manera, es más simpático, más relajado. 

Seguimos paseando y pensamos en visitar de nuevo la mezquita (nos gustó taaaaaaanto <3) pero, al pasar por delante de la mezquita, nos fijamos en que el precio ha cambiado: Ayer nos costó 200.000 riales la entrada pero hoy en el cartel pone 500.000 riales. No sabemos a qué se debe la subida de precio. Por suerte, pasa por allí nuestro amigo de la tienda de alfombras de ayer que nos explica que el gobierno ha subido el precio de todos los sitios turísticos de 200.000 a 500.000 riales. Así, de la noche a la mañana. 

Descartamos las idea y, mientras paseamos por el bazar, pensamos en subir a la terraza que hay al fondo de la plaza para ver al atardecer. Parece que andan cortos de personal y no se puede subir a la terraza de las vistas buenas (la que está justo en medio de la plaza). Nos ofrecen la terraza que tienen  allí mismo, pero nos piden 500.000 riales por entrar (con un té y un trozo de tarta, eso sí). Nos parece desproporcionado, con que nos damos la vuelta y nos encaminamos hacia la calle perpendicular, para por fin probar el famoso fereni de Ice Cream Hafez, que está muy bueno, y un pan relleno de canela y nueces de una panadería cercana. El dulce de dátiles que lleva el fereni nos enloquece: qué cosa más deliciosa!!

Cuando nuestro tiempo empieza a agotarse, damos un último paseo por la plaza en un intento de llevarnos esta imagen en las retinas. Nos da bastante pena irnos de Isfahán, la verdad. Es una ciudad que nos ha conquistado por completo.

DorDor

Cuando llegamos a casa de Mehdi nos tiene reservada una última sorpresa. Vamos a aprovechar que aún tenemos algo de tiempo para hacer DorDor antes de ir a la estación de autobuses. Y, ¿qué es DorDor? Bueno, es algo curiosísimo que solo se da aquí, en Irán. Verás, cuando tienes a un montón de jóvenes sin posibilidad de beber alcohol, salir de fiesta o escuchar música en público, los jóvenes se las ingenian para hacer todo esto de otra manera. Y eso es DorDor, como una discoteca móvil. Básicamente cada chico o chica va en su coche solo o con amigos, con música y bien arreglados, se pasean por ciertos barrios y si ven algo que les interese en el coche de al lado, reducen la velocidad y bajan la ventanilla. Se intercambian teléfonos, se charla un poco…y después lo que pase ya irá surgiendo en fiestas que se monten en sus casas y demás.

También hay jóvenes que no tienen coche, esos esperan en ciertas zonas a que pase alguien que los recoja, normalmente en grupos pequeños de 2 a 3 personas.  A nosotros cuando Mehdi nos  cuenta todo nos parece rarísimo, pero cuando lo vemos en directo empieza a tener sentido y, sobre todo, a ser muy divertido. Nos echamos unas risas…¡y encima ligamos! 

Podéis escuchar el podcast que grabamos este día, donde explicamos mejor todo esto.

Rumbo a Shiraz

Después del DorDor nos paramos en una tienda y compramos un helado raro, una especie de helado con un poco de todo que según Mehdi es muy típico entre la juventud en las noches de DorDor, y vamos al puente Khaju a tomárnoslo. Hay un montón de ambiente, para variar. Mehdi nos cuenta que los ojos de los leones que hay a ambos lados del puente brillan pese a ser de piedra… ¡y es cierto! Nos quedamos alucinados, no nos habíamos dado cuenta. 

Tras el puente nos vamos a la estación, que está hasta arriba de gente. Nuestro autobús es cómodo y espacioso, mucho mejor de lo que esperábamos y más al precio que nos ha costado. Nos dan hasta una cajita con algunos snacks y un zumo.  Agotados como estamos, no tardamos en quedarnos dormidos.