Diario de Indonesia, Malasia y Singapur (17 y 18): Navegando por el mar de Flores y Komodo

 

Una de las primeras cosas que tuvimos claras cuando empezamos a organizar el viaje, fue que queríamos vivir la experiencia de pasar cuatro días navegando por el mar de Flores. Lo habíamos visto en muchos blogs y nos encantaba la idea, así que nos lanzamos de cabeza a esta locura 

La vida pirata, la vida mejor

Llegamos al puerto acompañados por un chaval de la agencia con la que hemos contratado el barco y tenemos la primera toma de contacto con el resto de los pasajeros: la pareja de españoles con la que hemos compartido el conductor hasta Wae Rebo, una pareja de italianos, otra de suizos y un neozelandés que trae como equipaje una caja de 24 cervezas. Un tipo curioso. 

El precio de un tour de cuatro días de Labuan Bajo a Lombok tiene un precio que ronda 1.800.000 rupias por persona, durmiendo en cubierta e incluyendo todas las comidas. Se pagan aparte las entradas y tasas que correspondan.

El barco es pequeñito: tiene un único baño, no tiene ducha y el dormitorio es el “techo” del mismo, cubierto con una lona al estilo tiendo de campaña -comunal, por supuesto-. La tripulación tiene tres miembros, que no hablan nada de inglés, aunque por suerte uno de los suizos está viviendo en Yakarta y habla bahasa.

Nos acomodamos por allí, cogiendo cada uno una colchoneta y una almohada para dormir (y pensando en lo bien que hemos hecho cogiendo el trayecto inverso al habitual, porque se supone que el barco puede alojar hasta a 24 personas). Después, nos  acomodamos en la cubierta y empezamos a navegar, bastante emocionados por el paisaje que nos rodea y la sensación de libertad y aventura que nos ofrece el mar.  

Padar island

Nuestra primera parada es esta isla, la tercera más grande de todo el archipiélago del Parque Nacional de Komodo. Es una isla con una forma muy curiosa, que forma cuatro bahías con unas bonitas playas en ellas. Vamos a subir al mirador que hay en lo más alto, así que detienen el barco y nos dicen que saltemos. Así, sin medias tintas. Guardamos la ropa y el calzado en una caja que van a llevar en una barquita y nosotros saltamos al agua y nadamos hasta la orilla. 

Llegamos mojados pero eufóricos. En la orilla hay un grupo de hombres que venden artesanía, cocos y cervezas (podéis adivinar qué compran nuestros compañeros de barco). Subimos a pie hasta el mirador, desde donde tenemos unas vistas alucinantes de la isla. La verdad es que es una preciosidad. Además estamos solos, ya que había un grupo de turistas cuando hemos llegado pero ya se han marchado.

Regresamos al barco, también a nado y nos ponemos a navegar. Al poco rato nos llaman para comer: arroz con verduras y tofu, todo muy bueno, con piña de postre. La comida rica y abundante, nos ponemos hasta arriba. Habíamos leído en algunos blogs que recomendaban llevarse snacks… pues bien, nosotros llegamos a Lombok con los nuestros intactos. 

Pink beach

Nuestra siguiente visita es esta famosa playa de arena rosa. Nuevamente nos toca saltar al agua, aunque esta vez con gafas y aletas ya que vamos a hacer snórkel. Nos ponemos nuestra camiseta anti UV y nos lanzamos al agua para empezar a disfrutar de la vida que hay bajo el mar… sin embargo, nos llevamos un pequeño chasco porque la visibilidad no es muy buena. Hay algo de marea y el fondo del mar está revuelto (se ve algo pero no con la nitidez que esperábamos). Además, vemos algo que nos preocupa: entre los corales hay muchos restos de plásticos y vidrios 🙁

La arena tiene un ligero color rosado, aunque no tanto como imaginábamos que tendría. Se lo debe a los corales que hay en la zona, que al romperse debido al oleaje o la fauna marina, van soltando sedimentos que son los responsables de este color rosado.  La pega es que hay bastantes turistas. 

Nadando contracorriente

A la hora de volver al barco la cosa se complica. Han dejado el barco bastante lejos de la orilla -sospechamos que porque hay un servicio de barquero que te acerca a cambio de unas rupias-, así que nos toca nadar un buen rato. El problema es que la corriente nos empuja hacia la playa y nos cuesta horrores llegar al barco. Nos lanzan un cabo para que nos agarremos, pero aun con esas D tiene que ayudarme a nadar porque, para colmo, se me ha movido la máscara y no para de entrarme agua. La verdad es que lo paso bastante bastante mal y subo al barco agotada del esfuerzo y por la cantidad de agua que he tragado. D se mosquea bastante con la tripulación y les reprocha el haber anclado tan lejos de la playa, aunque no nos queda claro si le entienden.

Después de lavarnos con unas toallitas como buenamente podemos, cenamos más arroz con cosas y llegamos a una pequeña bahía cercana a Komodo donde pasaremos la noche. Estamos un rato en cubierta hasta que anochece y nos retiramos a nuestros aposentos (con vistas a las estrellas!). 

Los dragones existen

Nos despertamos viendo un amanecer increíble. Es una maravilla ver la manera en que incide la luz sobre las rocas, cómo se reflejan los rayos del sol en el agua, que se mece pausada y tranquila mientras escuchamos el sonido de los pájaros que sobrevuelan la costa. Un delfín que se asoma tímidamente y, a lo lejos, bajo el juego de colores del cielo, un barquito pesquero que se detiene bajo la luz del primer rayo de sol de la mañana mientras a su espalda la silueta de los árboles se recorta en la sombra de la montaña.

Nuestra primera visita del día es la razón de que estemos aquí: la isla de Komodo, una de las únicas cinco islas en el mundo en la que se puede ver a los dragones de Komodo. Estos reptiles son los de mayor tamaño del mundo, pudiendo llegar a medir tres metros y pesar hasta 70 kilos. El Parque Nacional de Komodo fue fundado para protegerlos, ya que son una especie vulnerable según la lista roja de la UICN. 

El precio de la entrada al Parque Nacional de Komodo es de 310.000 rupias por persona.

Para llegar a la isla anclamos en el muelle, así que no es necesario que nos mojemos. Nada más llegar vemos a dos dragones en la entrada, tomando el sol en la orilla del mar. Nos quedamos alucinados. Son majestuosos. Enormes, preciosos, increíbles. Uno de ellos se mueve muy lentamente para cambiar de posición y su forma de desplazarse es hipnótica. Más tarde nos explicarán que, aunque son capaces de moverse hasta a 30 km por hora, normalmente se encuentran en este estado ya que solo están activos cuando tienen hambre y quieren cazar. Por suerte, los dragones de Komodo pueden sobrevivir alimentándose solo doce veces al año, eso sí, cada vez que lo hacen consumen hasta el 80% de su volumen. Es por eso que ahora están al sol, para acelerar su metabolismo y que la comida no se pudra antes de que puedan digerirla.

Pasamos por el puesto de control donde nos registramos, pagamos la entrada y nos asignan un guía. Como es evidente, no se puede visitar el parque sin guía bajo ningún concepto. De hecho nos cuentan que un turista japonés lo intentó una vez y apareció repleto de mordeduras de dragón. No sabemos hasta que punto es cierto o una leyenda para meternos miedo, pero yo agradezco horrores llevar al guía. 

Cuando salimos vemos a otro dragón paseándose tranquilamente por la orilla de la playa. Mientras tanto, el guía nos sigue contando cosas. Como, por ejemplo, que las hembras son capaces de reproducirse sin haber sido fecundadas o que se alimentan principalmente de los ciervos que habitan la isla. También nos habla de su saliva, que contiene una elevada cantidad de bacterias, siendo capaz de producir una sepsis en sus presas. Además, cuentan con una leve cantidad de veneno que, entre otras cosas, inhibe la coagulación de la sangre de sus víctimas, les produce parálisis muscular e hipotermia. 

Decidimos realizar el trekking medio, que es el que nos dice el guía que garantiza ver mayor número de dragones. Hace bastante calor, así que el largo se ha descartado de inmediato. Las indicaciones son ir en fila india y no separarse del grupo, no hacer ruido y no acercarse a un dragón cuando lo veamos. Sencillo. 

Nos encontramos con una cría por el camino, el guía nos dice que tendrá aproximadamente dos años. Es pequeño en comparación con los otros que hemos visto y bastante más ágil. Tanto que, de hecho, durante sus primeros años de vida son capaces de trepar a los árboles.

Cuando llegamos a la explanada donde han construido una charca para los animales, nos encontramos con otro dragón. Aprovechamos que está muy tranquilo para hacernos algunas fotos con él. Le pregunto al guía si es normal que esté tan quieto, ya que he leído en Internet que los drogan para el turismo, y me asegura que no están drogados. Según me explica, tienen este carácter y, salvo que te acerques demasiado , no suelen atacar. 

Manta Point y Gili Lawa

Tras la visita a los dragones de Komodo, que nos ha dejado maravillados, seguimos navegando hasta llegar al Manta Point. Se supone que aquí podremos nadar con mantas, pero hoy hay bastante corriente y no se ve ninguna. D y otro par de chicos se tiran al agua pero confirman que no hay nada y que, además, la corriente es muy fuerte, así que con mucha pena, continuamos la travesía hasta la isla de Gili Lawa, donde volvemos a hacer snórkel.

D es el primero en tirarse y la naturaleza le recompensa con una tortuga que se le acerca y nada con él un rato, hasta que se sumerge. El resto no hemos llegado a verla pero, aún así, podemos ver un montón de peces y vida marina entre los corales (la pena es que también podemos ver bastante basura). En cuanto a la isla, es bastante pequeñita y estamos solos. Antes se podía hacer un trekking para ir a un mirador pero ahora está cerrado. A cambio, nos entretenemos un rato interactuando con los ciervos salvajes que hay en la playa y que se acercan curiosos a vernos -e incluso a comer de nuestra mano!-

Después de un rato largo de snórkel, ciervos y relax en general, volvemos al barco, cenamos y nos vamos a la cama. Hoy se supone que tenemos que navegar hasta Mojo Island, así que estaremos toda la noche en marcha.