Diario de Indonesia, Malasia y Singapur (10): Templos, monos y cascadas.

 

Hoy nos despertamos con el cielo nublado. Hemos repetido hora en el despertador, en vista del buen resultado de ayer. Nuestro conductor está un poco sorprendido con nosotros porque, al parecer, la hora normal de comienzo del resto de turistas suele ser las 8:30 – 9, de hecho tuvimos que insistir bastante para que aceptara empezar a las 7:30 (y ya nos parecía tarde). 

Pura Taman Ayun 

Cuando llegamos a este templo, aún no han abierto. Sin embargo, nos dejan pasar sin problemas y nos dicen que ya pagaremos a la salida. Perfecto porque hoy sí que estamos absolutamente solos -no hay ni gente haciendo ofrendas!-. 

El precio de la entrada al templo de Taman Ayun es de 20.000 rupias.

Es un templo precioso, con un jardín muy cuidado a su alrededor que propicia un ambiente muy tranquilo y apacible. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2012 y destaca por sus bonitas merus o pagodas, uno de los elementos más característicos de la construcción tradicional balinesa.

Monkey Forest

Optamos por visitar el bosque de los monos de Kedaton, ya que está bastante cerca y está menos masificado que el de Ubud (Además, la entrada es más barata). Este templo es uno de los más antiguos de Bali y la visita se realiza con la compañía de dos guías que, curiosamente, no piden nada por sus servicios salvo que visites su tienda a la salida. Lo cierto es que hubiera pagado lo que pidieran por protección, porque menuda tensión de visita!. 

La verdad es que el templo no tiene gran cosa, pero hay montooones de monos. Además, como nuevamente hemos llegado antes de que abran (nos cobran la entrada al salir, otra vez), estamos completamente solos y los monos no tienen a nadie más a quién acechar. Qué suerte la nuestra.

El precio de la entrada al bosque de los monos de 30.000 rupias.

En el templo también hay una zona con murciélagos gigantes que, no sé si por desgracia o suerte, está cerrado aún. No me siento especialmente pesarosa porque los murciélagos me dan una grima horrorosa en tamaño normal, no quiero imaginar a tamaño gigante. 

A la salida pasamos por la tiendecilla de las mujeres que nos han acompañado y acabamos negociando la compra de diez sarongs, que necesitaremos para la boda, por 70.000 rupias la unidad. Lo cierto es que no volveremos a ver en todo el viaje unos sarongs de la misma calidad a un precio tan bajo, así que se puede decir que es una gran compra :-).

Un templo al borde de un acantilado

Nos desplazamos hasta el templo Luhur Batukaru, ubicado en el monte del mismo nombre -el segundo más alto de la isla, detrás del Agung-. Este templo posee un bonito meru de siete tejados dedicado a Mahadewa, el dios del monte Batukaru, y dicen de él que es el templo más espiritual de la isla. Como curiosidad, este templo se destruyó por completo en 1604 y no fue hasta 1959 que se reconstruyó. 

La entrada al Pura Luhur Batukaru es de 20.000 rupias por persona y facilitan sarongs a la entrada de manera gratuita.

El siguiente templo que visitamos es el impresionante Pura Tanah Lot. El significado de su nombre es “templo de la tierra en el mar” y describe a la perfección lo que aquí encontramos, ya que el templo está ubicado en un islote en medio del mar. De hecho, para llegar no queda otra que mojarse (aunque con marea baja serán solo los pies).

Este templo fue construido en el siglo XVI y está dedicado a los espíritus guardianes del mar. Los balineses tienen la creencia de que está protegido por las serpientes marinas que lo habitan, verás que bajo las grandes rocas del acantilado, hay personas vendiendo ofrendas para las mismas. En el mismo entorno, muy cerquita, está también el templo de Batu Bolong, ubicado en un acantilado que tiene un puente natural sobre el mar. Un lugar espectacularmente bonito, que suma la belleza del templo a la belleza natural del acantilado sobre el que se encuentra.

La entrada para ambos templos, Tanah Lot y Batu Bolong, es de 60.000 rupias.

Cascadas y filtros de Instagram

Como no nos da tiempo a ver las cascadas que queríamos, ya que están demasiado lejos y está a punto de anochecer, el conductor nos ofrece como alternativa visitar las de Blangsinga. 

La entrada a la cascada de Blangsinga es de 10.000 rupias.

Lo cierto es que nada más llegar comienzan a hacernos sospechar: el camino de bajada tiene varios punto de “decorados de Instagram”. Corazones o nidos en los que la gente se sitúa para hacerse una fotografía, algunos de ellos acompañados con maderitas escritas con hashtags. También hay uno de los famosos columpios, tan de moda en la isla. Son tan populares que nuestro conductor estuvo ayer un buen rato tratando de entender por qué no queríamos ir (nos decía que somos los primeros turistas que pasan del tema). Así que, aunque la cascada y en entorno son espectaculares, la sensación general es un poco de bajón.

La verdad es que esta Bali no nos termina de convencer: nos resulta artificial, ajena. Como si hubieran pasado la isla entera por un filtro Nashville. Nos gusta mucho más esa otra Bali, la que se vive sin hashtags. Esa isla en la que dos hombres intercambian una gallina en plena calle, donde se cultivan los campos de arroz con sombreros de paja y la gente compra fruta en un puesto callejero que hay en el arcén de la carretera. Una isla llena de templos que esperan vacíos su ofrenda diaria, un Bali que huele a madera quemada, un Bali de palmeras infinitas , de niños bañándose en un río, de extraños que te sonríen al cruzarse contigo, de perros que deambulan a su ritmo por las carreteras, de warungs construidos con cuatro chapas y un banco de madera. Un Bali de puertas que no llevan a ninguna parte y de mujeres pelando verdura en la puerta de sus casas, de gente echada la siesta bajo la sombra de un árbol, de cometas sobrevolando los arrozales al ritmo del viento, una isla donde las estatuas visten sarong blanco y amarillo. Una isla que está ahí, pero que hace falta querer verla.

La danza del fuego

Después de una ducha, nos vamos al Palacio de Ubud, donde queremos ver una danza balinesa. Después de ver las que ofrecen en los distintos recintos de la zona, ya que no todas se realizan todos los días, optamos por la Kecak Ramayana y la danza de fuego.

El precio medio de una entrada para ver danza balinesa es de 80.000 – 100.000 rupias y suelen comenzar alrededor de las 7 de la tarde.

Esta danza, creada en 1930, también es conocida como Ramayana Monkey Chant: Los bailarines representan cómo el príncipe Rama rescató a su amada esposa Sita, raptada por el rey Rahwana en la isla de Lanka. Es muy curiosa porque la música la pone un coro de cien voces masculinas repitiendo la palabra “chak” en diferentes intensidades y melodías, según la acción que esté teniendo lugar. Además, durante toda la representación hay un enorme candelabro encendido en el centro del escenario. No todas las opiniones son favorables aunque a nosotros sí que nos gusta. Más que por la danza en sí, por la estética que tiene, perfecta para la fotografía. Además, las expresiones faciales de las actrices son tremendas.

Después de la danza buscamos uno de los warungs que teníamos recomendados, el Sen Sen, que resulta estar escondido en un callejón y nos cuesta un poco encontrarlo. Un  sitio bastante auténtico que nos gusta mucho aunque, nuevamente, las opciones de la carta son reducidas. Tras la cena, regresamos al hotel para descansar.