Hamilton Gardens, Nueva Zelanda: la sorpresa que no esperábamos (26 y 27)
El día que Hamilton nos sorprendió
El día 26 lo tenemos de transición. Hamilton no está en ningún plan especial —es simplemente el camino hacia Auckland—, y así lo vivimos: sin expectativas, sin itinerario fijo, dejando que el día decida por nosotros. A veces eso es lo que mejor funciona.
Salimos despacio de la casa. Nos han dejado plátanos, buns y cereales para el desayuno, y nos los tomamos sin prisa. Es el tipo de mañana que da el intercambio de casas con HomeExchange: sin reloj, sin urgencia, con la sensación de estar en casa aunque estés a doce mil kilómetros de la tuya.
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Hamilton Gardens: la sorpresa que no esperábamos
Hamilton Gardens, en Nueva Zelanda, llega al plan por recomendación de un amigo, y lo cierto es que llegamos con pocas expectativas. Pensamos que es gratis. No lo es. Y durante un momento dudamos si merece la pena entrar, después de tantos jardines acumulados en el viaje.
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Al final entramos. Y es una de las mayores sorpresas del viaje.
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Esto no son jardines en el sentido convencional. Hamilton Gardens es un proyecto único en el mundo: una colección de jardines temáticos que recrean culturas, épocas y filosofías de la historia humana, cada uno construido con arquitectura, materiales y plantas auténticas de su lugar de origen. La idea surge en los años 80 de la mano del paisajista Peter Sergel, con la visión de crear no un simple espacio verde, sino un museo vivo de la relación entre el ser humano y la naturaleza a lo largo del tiempo.
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Hoy el complejo cuenta con más de veinte jardines agrupados en distintas colecciones temáticas. Están los jardines de fantasía —el japonés, el chino, el del Renacimiento italiano, el modernista, el psicodélico—, los jardines de producción que muestran cómo distintas culturas han cultivado sus alimentos, y los jardines de los ecosistemas, que reproducen paisajes naturales de Nueva Zelanda. Hay uno egipcio del antiguo Imperio, uno indio de la era mogol, uno inglés de la época victoriana. Y aún tienen más en construcción.
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Estamos tres horas sin darnos cuenta. Y podríamos haber estado más tiempo si no nos hubiera entrado hambre.
Paua pie: el sabor que se hace en casa
Antes de seguir camino buscamos dónde comer y acabamos en Golden Pie Bakery. Pedimos un Paua pie —la elección más neozelandesa posible— y otro de marisco. El paua es un tipo de abulón endémico de Nueva Zelanda, un molusco de concha iridiscente azul y verde que los maoríes han recolectado y consumido durante siglos. La carne es intensa, de textura densa, y necesita un tiempo de preparación específico para que no quede gomosa. Por eso, nos dicen, el paua pie se hace más en casa que en restaurante: es un sabor de cocina familiar, de receta heredada. Encontrarlo en una bakery ya es una rareza.
Precios razonables, postre también bueno. El tipo de sitio que encuentras cuando no buscas nada en concreto.
Bridal Veil Falls: la despedida de las selvas
De camino a Auckland paramos en las Bridal Veil Falls, conocidas en maorí como Waireinga. La carretera llega con obras y nos echan la bronca por saltarnos un stop que, sinceramente, no estaba nada claro. Pero la cascada lo compensa.
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Waireinga cae 55 metros en vertical sobre una poza rodeada de selva nativa. La visita es gratuita y hay tres miradores: el superior, junto al aparcamiento, da una perspectiva cenital impresionante; el medio, a mitad del descenso por un sendero bien marcado, es quizás el más fotogénico; el inferior lleva hasta el borde de la poza, donde se siente toda la fuerza del agua. La vegetación que rodea la cascada es densa y húmeda, el tipo de verde oscuro que solo crece cuando llueve mucho y hace mucho tiempo.
Una despedida silenciosa de los verdes de Nueva Zelanda, que ya sabemos que vamos a echar de menos.
Auckland: entrada caótica
Google Maps se lía varias veces de camino y nos saca de la autovía sin ningún motivo aparente. Pasamos de carretera abierta a atasco. Llegamos a las ocho de la noche.
El hotel está en el centro, pero el parking está lleno. Los que encontramos cerca tienen mala pinta. Acabamos en el del Civic Centre, más caro, pero al menos con garantías. El hotel está lleno de gente de fiesta. Nos piden fianza por las sábanas. Con la peque ya dormida, salgo solo a buscar algo de cena. Casi todo cerrado: combinis y poco más.
El ambiente en la calle es raro. Auckland tiene el CBD más extraño que hemos visto en el país: mezcla de zona de fiesta y de marginalidad, con muchos borrachos y una presencia notable de maoríes en situación de calle. No es algo que hayamos visto igual en ningún otro lugar de Nueva Zelanda, y tiene su explicación. A partir de los años 50, el gobierno neozelandés impulsó una migración masiva de maoríes desde las comunidades rurales hacia las ciudades, en una política que se conoce como urbanización forzada. Auckland absorbió la mayor parte. Pero la promesa de integración nunca llegó del todo: hoy los maoríes urbanos son el grupo con mayores índices de pobreza, desempleo y exclusión social del país. Lo que vemos en estas calles es el resultado de décadas de una política fallida que arrancó a la gente de su tierra sin darles nada sólido a cambio.
Cenamos quiché, pie y ginger beer. Cenamos, ducha y cama.
Auckland en un día
Al día siguiente salimos con todo el equipaje en el coche y bajamos a pie hacia el CBD. Muchas obras. Pasamos por la Strand Arcade, que está bonita, y nos acercamos a la Sky Tower, que desde fuera deja bastante indiferente. Cruzamos hacia Albert Park —también sin más— y seguimos por el campus de la universidad hasta el Auckland Domain. Cuesta considerable para subir, parque enorme estilo Central Park, con un museo en un edificio clásico que ese día está cerrado por evento.
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Parnell y la catedral de madera
Salimos por el otro extremo hacia Parnell. Barrio más tranquilo, casas coloniales, ambiente bohemio. Por el camino vemos una gasolinera con cola infinita: el precio es 2,13 NZD por litro. El más bajo que hemos visto en todo el país —lo normal en las baratas ronda los 2,40 o 2,50—.
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En Parnell tenemos suerte: coincidimos con una visita guiada a St Mary’s, la primera iglesia de Auckland, que habitualmente está cerrada al público. Está construida casi en su totalidad con madera de corazón de kauri , el árbol nativo más emblemático de Nueva Zelanda —un conífera que puede vivir más de dos mil años y que hoy está protegido por ley, lo que hace que este edificio sea ya imposible de replicar. Con más de 50 metros de longitud, es la iglesia gótica de madera más grande del mundo. Lo que hace aún más extraordinaria su historia es que en 1982 fue trasladada físicamente desde su emplazamiento original al otro lado de Parnell Road, elevada hidráulicamente y girada 90 grados para situarla junto a la nueva catedral. Tiene una atmósfera muy acogedora, casi doméstica. A su lado, la catedral anglicana: diseño contemporáneo, vidrieras interesantes y una capilla exterior completamente acristalada que contrasta con la austeridad de St Mary’s. Merece detenerse aunque no se sea especialmente de iglesias.
Comemos cerca en un restaurante persa. El kobideh está bueno y el precio es más barato que en Madrid. Seguimos bajando por Parnell hasta volver al puerto y al CBD. Auckland es una ciudad bastante fea, hay que decirlo —funcional, con el puerto con más vida que el centro—. No es la despedida más emocionante de Nueva Zelanda, pero es la que nos toca.
El taxi que no era tarifa plana
Volvemos al coche, pagamos el parking —13 de noche más 25 del día— y salimos hacia el aeropuerto. Atasco. Para colmo, han cambiado la ubicación de la devolución de coches sin avisar y no hay gasolinera cerca. Damos una vuelta extra por el atasco para encontrar dónde repostar. Al final todo bien con la devolución, aunque otros viajeros están discutiendo con el personal. No hemos tenido la mejor experiencia con esta empresa de alquiler, todo sea dicho.
El vuelo con Qantas, correcto. La llegada a Sídney, fácil, salvo el control de pasaportes, que se colapsa por un vuelo cancelado (después descubriremos que es uno de los vuelos afectados por las cancelaciones masivas que produce la guerra de Irán). En aduanas declaramos lo que llevamos y pasamos sin problema.
Llueve con alerta de tormenta fuerte. Vamos a pedir un Uber cuando un taxi se nos acerca y nos dice que hay tarifa plana al centro. Mentira. Taxímetro a 10 céntimos por segundo aunque el coche esté parado. Acabamos pagando 103 AUD en lugar de los 60 que hubiera costado el Uber. La estafa de siempre. Nunca más.
La casa es de HomeExchange y está muy bien. Llegamos mojados y cansados. Mañana será otro día.