Phillip Island pingüinos: el desfile más adorable de Australia con bebé (Día 6)
Sin despertador no hay vida. Nos levantamos justos de provisiones y con el plan del día bastante claro: terminar de recorrer el Parque Nacional de Port Campbell, poner rumbo a Phillip Island y llegar a tiempo para ver los pingüinos. Lo de Ballarat se quedó en el aire, dependiendo de cómo fuera el día. No llegó a entrar en la ecuación.
Loch Ard Gorge: una garganta con nombre de naufragio
Primera parada de la mañana: Loch Ard Gorge, y el nombre ya lo dice todo. El 1 de junio de 1878, el clipper escocés Loch Ard completaba tres meses de travesía desde Inglaterra hacia Melbourne cuando, entre la niebla espesa y sin avistar tierra a tiempo, encalló en la isla Muttonbird frente a esta costa. De las 54 personas a bordo —tripulación, emigrantes, una familia entera con cinco hijos que iba a empezar una nueva vida en Australia— solo sobrevivieron dos: Tom Pearce, un grumete de 18 años, y Eva Carmichael, una joven irlandesa de la misma edad. Tom fue arrastrado hasta la playa por las olas, y al escuchar los gritos de Eva entre el agua volvió a nadar para sacarla. Ambos encontraron refugio en una cueva al pie de los acantilados y esperaron a que la tormenta amainara. Tom escaló los acantilados para pedir ayuda. La historia acabó convirtiéndose en leyenda local.
El arco de la cercana Island Arch colapsó en 2009 y hoy son dos pilares separados. Los han llamado oficialmente Tom y Eva.
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No pudimos bajar a la playa por los desprendimientos, pero la garganta desde arriba ya es impresionante: acantilados de piedra caliza de 20 a 30 metros cayendo en vertical sobre el agua turquesa. Nos encontramos con un trabajador del parque que conocía cada roca y cada corriente de esa costa. Nos contó sobre las mareas, las olas y los senderos del entorno con esa mezcla de orgullo local y conocimiento genuino que solo tienen quienes llevan años en un sitio. Un encuentro de esos que enriquecen cualquier visita.
Island Arch, Razorback y el resto del parque
Seguimos hacia Island Arch y el Razorback, y este último nos sorprendió especialmente. Una cresta de roca afilada y alargada que emerge del mar de forma casi agresiva, con una silueta que en ciertos ángulos resulta incluso más dramática que los propios 12 Apóstoles. Menos famoso, más impresionante. Una de esas paradas que conviene no saltarse por ir directo al icono.
London Bridge —ahora rebautizado como London Arch desde que su puente central colapsó en 1990, dejando a dos turistas atrapados en el tramo exterior sin posibilidad de volver— tiene la curiosidad de que hay excursiones organizadas que lo incluyen. Hasta ese punto, habíamos tenido el parque prácticamente para nosotros. Una sensación de tranquilidad y autenticidad que cuesta encontrar en un lugar tan visitado.
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The Grotto es otra formación diferente: una oquedad circular en la roca que conecta con el mar a través de un túnel. Cuando el oleaje entra, el efecto es hipnótico. La carretera entre todas estas paradas ya merece la pena por sí sola: curvas con el océano al fondo, sin tráfico, con esa luz horizontal de la mañana que lo pone todo en valor.
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Como teníamos tiempo, seguimos hasta Bay of Islands, el punto final del parque hacia el oeste. Y fue, sin duda, la sorpresa del día. Una formación de islas, arcos y pilares de piedra caliza que en conjunto resulta visualmente más impactante que los 12 Apóstoles, aunque sin la fama ni las multitudes. Menos mítica, más salvaje. Si llegáis hasta aquí, no os arrepentiréis.
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Campiña australiana, hamburguesas griegas y baños gender neutral
Pusimos rumbo norte hacia Phillip Island, cruzando paisajes de campiña abierta: granjas, pueblos pequeños de estética americana —aunque con más ladrillo y menos madera que en Estados Unidos—, y esa sensación de país enorme y poco denso que te acompaña en cuanto te alejas de las ciudades.
Parada para comer en Colac, un pueblo tranquilo con una cafetería que funcionaba también como espacio de trueque local —puedes traer cosas, llevarte otras, intercambiar lo que sea—, una iniciativa que nos llamó bastante la atención. Las hamburguesas griegas estaban muy bien de precio y mucho mejor de lo que esperábamos. Los baños del parque municipal eran gender neutral, algo que en la Australia de fuera de las grandes ciudades sorprende más de lo que debería.
El atasco de Melbourne: hora y media de bonus track no pedido
Paramos a echar gasolina antes de entrar en el área metropolitana de Melbourne. Buena idea, porque lo que vino después fue un atasco monumental. Intentamos esquivarlo metiéndonos por el centro de la ciudad. No sirvió de nada: todo colapsado, semáforos mal ajustados, incorporaciones a autopistas con ciclos de 3 segundos que permiten pasar un coche cada vez que te preguntas qué estás haciendo con tu vida. Hora y media de retraso sobre el plan. Sin posibilidad de pasar por el hotel ni de hacer compra para cenar. Frustrante en toda regla.
Un apunte práctico para quien venga detrás: si salís de la Great Ocean Road con intención de llegar a Phillip Island el mismo día, calculad bien los tiempos y evitad cruzar Melbourne en hora punta. Alternativamente, podéis plantearlo como dos días separados. Nosotros lo aprendimos a las malas.
Phillip Island: el desfile de pingüinos más adorable del planeta
Llegamos directamente al Penguin Parade a las 19:40, con la puesta de sol prevista para las 20:30. Había varios aparcamientos y, viendo la afluencia, nos quedamos en el primero que encontramos. Buena decisión. La organización es excelente: pasarelas bien señalizadas, miradores a distintas alturas, todo accesible. Walabis moviéndose con toda tranquilidad cerca de la entrada, como si fueran los anfitriones oficiales del evento.
Vale la pena saber qué se va a ver antes de llegar. Los pingüinos pequeños —o fairy penguins— son la especie de pingüino más pequeña del mundo, con apenas 33 centímetros de altura y poco más de un kilo de peso. Solo se encuentran en Australia y Nueva Zelanda, y Phillip Island alberga la colonia más grande del mundo, con más de 30.000 parejas reproductoras que superan en número a los 14.000 habitantes permanentes de la isla. Cada noche, tras pasar hasta cuatro semanas pescando en mar abierto, vuelven a tierra al atardecer para alimentar a sus crías. Lo hacen siempre, llueva o haga viento, los 365 días del año. La razón por la que no hay fotos ni vídeos permitidos es que sus ojos son extremadamente sensibles a la luz, y un flash puede desorientarlos y asustarlos hasta hacerlos volver al agua, dejando a las crías sin comer.
A las 21:15 llegaron los primeros. Con poca luz, lo que más se percibe es el movimiento: pequeñas siluetas saliendo del agua en parejas o en grupos pequeños, mirando a un lado y al otro antes de subir por la ladera. Algunos se lo piensan dos veces y vuelven al agua. Es gracioso y enternecedor a partes iguales.
Cuando nos levantamos para irnos nos dimos cuenta de que la pasarela de salida, que pasa por encima de la ladera, ofrecía vistas mucho más cercanas que las gradas. Los pingüinos cruzaban literalmente a nuestros pies. La pena fue ver a bastante gente grabando con el móvil a pesar de la prohibición, algo que ningún cartel ni ningún vigilante consigue erradicar del todo. Alguno pasó tan cerca que casi lo rozamos. Además, el cielo esa noche estaba extraordinariamente estrellado, algo que en la oscuridad del parque se aprecia de una forma que en la ciudad ya no recordábamos.
Si vais a Phillip Island a ver los pingüinos, comprad las entradas con antelación a través de Civitatis. En temporada alta se agotan, así que es mejor no arriesgar (y te cuestan lo mismo que allí). También existe la opción de ir en excursión organizada desde Melbourne con Civitatis, que incluye transporte y guía en español, y os evita el problema del aparcamiento y los tiempos. Si vais por libre como nosotros, tened en cuenta que volver a Melbourne de noche por autopista está bien, pero calculad que el atasco de salida de la isla no es tan malo como el de entrada a la ciudad.
No se pueden hacer fotos, pero sí te dejan utilizar las fotos profesionales que tienen colgadas en su página web, por cierto. Os dejamos una para que os hagáis una idea de lo que os vais a encontrar.

Cowes, Meat Pie y hotel sorpresa
Sin atasco de salida —era tarde y la gente ya se había ido— llegamos a Cowes, el pueblo principal de la isla. Paramos en una gasolinera, cogimos un Meat Pie y unas tiras de pollo para cenar —el Meat Pie es básicamente el bocadillo nacional australiano, una masa hojaldrada rellena de carne picada con salsa, que se vende en gasolineras, panaderías y kioscos de toda Australia y que resulta mucho mejor de lo que su descripción sugiere— y llegamos al hotel. Que estaba muy bien. Que a esas alturas del día era exactamente lo que necesitábamos.