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Melbourne con bebé: primera tarde, mucho frío y una ciudad que nos conquistó (Días 1 y 2)

Hay viajes que empiezan bien desde el primer momento, y este fue uno de ellos. Os contamos cómo fue llegar a Melbourne con bebé tras casi 40 horas de viaje, una escala en Shanghái y una ola polar que no teníamos en el guión Salimos de casa a las 7:30 de la mañana con el equipaje más reducido que hemos llevado nunca —cada vez lo hacemos mejor— y llegamos al aeropuerto con tiempo suficiente para disfrutar de algo que, viajando con la peque, se ha convertido en un auténtico lujo: las colas prioritarias para el control de seguridad y pasaportes. Una maravilla. En el control nos pidieron el DNI para verificar que éramos los padres. Curioso porque cuando fuimos Japón no nos preguntaron nada parecido, pero al parecer es norma en España. La niña, por su parte, ya se había hecho amiga de los policías antes de llegar al mostrador.

El vuelo: cámara en la cola, cuna amplia y cero películas

El avión de China Eastern era nuevecito, y uno de esos detalles pequeños que no esperabas acaba siendo lo que más recuerdas: la cámara instalada en la cola que transmite en directo a las pantallas de a bordo. Ver el despegue y atravesar las nubes desde esa perspectiva tiene algo hipnótico, especialmente con una bebé en brazos que no entiende muy bien qué está pasando pero lo mira todo con los ojos como platos.

Desde Trip nos gestionaron la reserva de la cuna vía email, una comodidad la verdad. No tuvimos ni un solo problema y la tuvimos en los 4 vuelos sin incidentes. La verdad es que un 10 para Trip y para China Eastern.

El espacio para la cuna era generoso, aunque lo que de verdad se agradece cuando viajas con un bebé no es tanto la cuna en sí como el sitio extra que viene con ella. La peque se hizo amiga de varias azafatas —hay que reconocerle ese don social— pero casi no durmió en todo el vuelo. Ni películas, ni leer, ni descansar: solo jugar y un ratito dormir. La comida estaba bien, y el sándwich del snack resultó sorprendentemente rico.

 

Escala en Shanghái: rapidez, brochetas callejeras y una llave navaja confiscada

La llegada a China fue sorprendentemente rápida. Las huellas dactilares ya las tenían registradas, el registro de entrada lo hicimos en el avión con un QR y en inmigración apenas había cola —la mayoría del pasaje era chino—. En comparación con otras escalas que hemos hecho, esta fue un 10. Una chica que hablaba español nos identificó en cuanto salimos y nos llevó hasta el minibús del transfer, aunque el atasco para salir del aeropuerto a las 7 de la mañana ya era de campeonato.

El hotel estaba justo al lado. Lo reservamos con Booking porque nos permitía comunicarnos con ellos y así pudimos solicitar el check in temprano ( a las 6 de la mañana, ni más ni menos). Dormimos un poco, pusimos la SIM global —que funcionó del tirón— y salimos a buscar algo de comer. Casi todo estaba cerrado, pero nos encontramos con un puesto callejero con brochetas de todo tipo para freír. Un poco de todo vegetal: muy rico, aunque bastante picante.

De vuelta al aeropuerto —otra hora de transfer, otra vez inmigración sin problemas— recorrimos la terminal entera. Compramos un sándwich, unas patatas, y la niña se hizo amiga de una estudiante de medicina que se iba de intercambio. Las conexiones humanas en los aeropuertos son de otro nivel cuando viajas con bebé.

Pasamos los primeros al avión. Unos chicos nos felicitaron por lo bien que se había portado la peque en el vuelo anterior. Los azafatos de este segundo vuelo hablaban mejor inglés que los del primero. Antes de despegar, rociaron todos los equipajes con un spray —suponemos que por bioseguridad— algo que no habíamos visto nunca. La niña cayó rendida… hasta que nos pusieron la cena, bastante pronto, con opciones de pollo y cerdo que nos parecieron arriesgadas. Le costó bastante volver a dormirse —solo quería jugar y seguir haciendo amigos—, pero al final aguantó 11 horas más como una campeona. Al aterrizar, todos se despedían de ella.

Nos dieron las tarjetas de declaración de entrada al país. Marcamos que llevábamos medicinas, leche y varios productos para la bebé, y al llegar nos preguntaron por ello sin mayor problema: ni revisaron el equipaje ni los zapatos.

Llegada a Melbourne: el Skybus, un señor de Brisbane y la sensación de estar en otro mundo

Compramos los tickets del Skybus (49 AUD los dos) y salimos en cuatro minutos. Fácil, limpio, sin complicaciones. Nos sentamos al lado de un señor mayor de Brisbane que venía a ver la final del Open de Australia. Simpático, hablador, dispuesto a contarnos cosas de la ciudad y del país durante los 39 minutos de trayecto. Uno de esos encuentros casuales que hacen que el viaje empiece bien antes de llegar al hotel.

La estación central está en pleno centro. El hotel, justo al lado. Y la primera sensación al salir a la calle fue curiosa: muy americano, parecido a Estados Unidos, pero con muchísima presencia asiática. Melbourne es, en realidad, una de las ciudades más multiculturales del mundo, algo que tiene mucho que ver con su historia. Fundada en 1835 como asentamiento en la desembocadura del río Yarra, vivió una explosión demográfica brutal durante la fiebre del oro de la década de 1850, que atrajo a miles de personas de todo el mundo y la convirtió en pocos años en una de las ciudades más ricas del Imperio Británico. Llegaría a ser, de hecho, capital provisional de Australia entre 1901 y 1927, antes de que ese papel pasara a Canberra. Todo eso explica por qué el centro sigue lleno de edificios victorianos imponentes, y también por qué la mezcla de culturas que ves en la calle parece tan natural.

Hicimos autocheckin, dejamos las maletas y salimos a recorrer sin pensarlo demasiado.


Primera tarde: el río, los jardines y un Melbourne inesperadamente frío

Fuimos hacia el río Yarra y paseamos por el North y South Decks. Hacía bastante frío —había una ola polar; la semana anterior habían estado a 40 grados— pero había mucho ambiente. Llegamos hasta el parque y los Alexandra Gardens, un espacio verde que se extiende junto al río entre Federation Square y el recinto de las Artes, perfecto para un primer paseo tranquilo con la peque.

Nos acercamos al Arts Centre y a la entrada de la National Gallery of Victoria, donde nos llamó la atención la puerta con cascada y una proyección de aves australianas en las pantallas de la calle. La National Gallery es el museo de arte más visitado de Australia y uno de los más importantes del hemisferio sur, con colecciones que van desde arte indígena hasta impresionismo europeo. La entrada a las exposiciones permanentes es gratuita, algo que siempre se agradece.

Cruzamos el Princes Bridge hasta Federation Square. El puente, construido en 1888 en piedra azul, granito y hierro fundido, fue levantado a tiempo para la segunda Exposición Internacional celebrada en Melbourne y lleva en pie más de 130 años. Es uno de los cruces más fotografiados de la ciudad, y al cruzarlo de noche se entiende perfectamente por qué: las luces del río, la silueta de Flinders Street Station al fondo y el bullicio de Federation Square al otro lado forman una postal que no necesita filtros.

 

Federation Square fue inaugurada en 2002 para conmemorar el centenario de la Federación Australiana KLM, y lo que había antes —vías de tranvía, un centro de clasificación— quedó enterrado bajo la plaza en una obra que tardó años y generó mucho debate. Hoy es el punto neurálgico de la ciudad, capaz de albergar hasta 10.000 personas en eventos especiales. Ese día había mucho ambiente por el Open de Australia, con pantallas gigantes y gente sentada por todas partes siguiendo los partidos.

La catedral de St Paul’s: historia desde el primer servicio religioso

Cruzamos a la catedral anglicana de St Paul’s, justo enfrente de Federation Square. Muy bonita, con una sensación hogareña que no esperábamos en un edificio tan imponente, y la gente de allí, extraordinariamente amable.

St Paul’s se levanta exactamente en el lugar donde se celebró el primer servicio cristiano público de Melbourne, en 1835 Tomelbourne. Antes de ser catedral, el terreno fue mercado de cereales, y no fue hasta 1848 cuando se cedió al uso religioso. El edificio actual, diseñado por el arquitecto inglés William Butterfield en estilo neogótico, fue consagrado en 1891, aunque sus tres características agujas no se completaron hasta 1933. La aguja central alcanza los 97 metros y es la segunda más alta de toda la Comunión Anglicana, solo por detrás de la catedral de Salisbury. Un dato que no habríamos imaginado al entrar.

 

Hay algo que nos contaron dentro que nos pareció especialmente curioso: en 1986, el Papa Juan Pablo II visitó esta catedral anglicana —solo la tercera vez en cuatro siglos que un papa hacía una visita oficial a una catedral anglicana— como gesto de diálogo ecuménico. Un momento histórico que tiene su propia capilla conmemorativa en el interior.


Atardecer en Princes Bridge, un historiador ciclista y el Philly Cheesesteak

Volvimos al Princes Bridge para ver el atardecer. Muy bonito, con el río reflejando las últimas luces del día. Y allí conocimos a un señor que resultó ser historiador y que se había recorrido el mundo en bici. Simpático hasta el extremo, nos estuvo contando historias de la ciudad y del país durante un buen rato. Hace frío, pero la conversación compensa.

Nos fuimos a cenar el Philly Cheesesteak que habíamos localizado antes: muy rico. De postre, el famoso Tim Tam, la galleta de chocolate australiana que aparece en todas las listas de «cosas que comer en Australia» y que, por una vez, cumple exactamente con lo prometido.

Ducha, ver cómo terminaba el tenis y a dormir. Las 23:30. Ya era hora.


Melbourne llega cargada de historia, pero también con una energía muy particular: es una ciudad que se toma en serio la cultura, el deporte y la vida al aire libre, y que lo mezcla todo sin esfuerzo aparente. Primera impresión muy buena, aunque el frío nos cogió un poco desprevenidos. Hay que asumir que en Australia el clima hace lo que quiere.

Si llegáis en las mismas fechas que nosotros, tened en cuenta que el Open de Australia (enero-febrero) llena el centro de ambiente pero también de gente. Y si os movéis en transporte público, el tranvía gratuito de la línea 35 recorre los puntos más importantes del centro y es una opción estupenda para orientarse el primer día.

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