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Great Ocean Road con bebé: canguros, cascadas y el monumento más grande del mundo (Día 4)

Madrugada. Galletas del Woolworths de desayuno —ricas, por cierto— y a la calle antes de que la peque cambie de opinión. Hoy nos espera la Great Ocean Road, y la logística empieza bastante antes de llegar a ella.


Transporte público hasta el aeropuerto: la alternativa barata que nadie te cuenta

Para llegar a recoger el coche necesitábamos ir al aeropuerto. La opción obvia —y cara— es el Skybus, que ya habíamos cogido a la llegada. La opción inteligente es el tren de cercanías + autobús, y sale por 5 AUD por persona en vez de los 24 del Skybus. La diferencia es considerable. aunque cada momento pide una cosa diferente.

Compramos la tarjeta Myki en la estación central y la recargamos con 6 AUD —con 5,30 tienes para dos horas de transporte combinado—. El tren no tardó casi nada, es nuevo y en 10 minutos ya estábamos viendo casas bajas y campo al otro lado de la ventana. En 25 minutos llegamos al intercambiador, donde cogimos el bus 902. Aquí hubo un momento de estrés: la tarjeta Myki no nos pasaba. Cruzamos los dedos, nos montamos igualmente y no pasó nada. Durante el trayecto la niña recibió un peluche de una niña y una pegatina de otra. Bajamos sin incidencias en el aeropuerto.

Si vais a Melbourne y tenéis que ir al aeropuerto sin prisa, esta combinación tren + bus es perfectamente viable y os ahorra un buen pellizco. Guardadlo bien.


El coche: conducir por la izquierda (y el primer susto)

Recogimos el coche sin problemas, aunque arrancarlo nos costó un poco más de lo esperado. Habíamos comparado varias opciones —entre ellas Discovercars, que suele tener buenas tarifas en destinos como este— pero en Australia, y especialmente fuera de temporada alta, Apex salió bastante más barato para la combinación de fechas y categoría que buscábamos. No siempre el mismo comparador gana en todos los destinos: merece la pena revisar varias opciones antes de reservar.

 

Conducir por la izquierda se hace raro desde el primer momento. Más raro todavía cuando en el primer desvío lo coges por el lado equivocado. No hubo drama, pero sí un buen susto. A partir de ahí, concentración máxima en cada incorporación.

 

Torquay: la capital del surf, una multa y el azul imposible del mar

Dirección Torquay, primera parada oficial de la ruta. Antes de llegar, parada en un centro comercial para hacer la compra del día. La sala de cambio de bebés era alucinante: parque de juegos, zona de lactancia, cambiadores amplios… un nivel de infraestructura familiar que en España no hemos visto igual.

En el Coles —una de las grandes cadenas de supermercados australianas— nos sorprendió que no hubiera prácticamente precocinados, y que los precios fueran similares a los de España o incluso más baratos. A las 11 de la mañana ya había gente comiendo dentro. Nosotros cogimos pizza y ensalada y nos fuimos a comerlos a la playa de Torquay.

Torquay no es solo una playa bonita: es la capital mundial del surf de Australia, el lugar donde nacieron marcas como Rip Curl y Quiksilver y donde el surf profesional echó raíces en los años 70. La playa es larguísima, con un parque delante, muy natural, con mucha gente pero sin agobios. Lo que más llama la atención es el color del agua: un azul increíblemente intenso y transparente que no esperábamos en una costa con tanto oleaje. Las casas que la rodean son de diseño, con mucho cristal y vistas al mar.

Al volver al coche nos encontramos con una multa. 122 AUD por aparcar cerca de una raya amarilla. No encima, no: cerca. Un mes para pagarla. Tomad nota: en Australia las señales de aparcamiento son estrictas y las multas, generosas.

 


Bells Beach y los canguros de Anglesea

Seguimos hasta Bells Beach, la playa más famosa de Australia para el surf. Aquí se celebra una de las pruebas del campeonato del mundo de surf , el legendario Rip Curl Pro cada Semana Santa. Desde el mirador la vista es preciosa: acantilados rojizos, olas potentes y ese mismo azul improbable que habíamos visto en Torquay. No bajamos a la playa, pero merece la parada aunque sea para mirar desde arriba.

De allí a Anglesea, donde está el club de golf más peculiar que hemos visto en la vida: un campo de golf con población estable de canguros. Nos habían dicho que era mejor ir al atardecer o por la noche, y siendo las 15:00 y con mucho calor, no íbamos con grandes esperanzas. Pero nada más aparcar, justo cerca de la entrada, había uno. Con su cría asomando de la bolsa. Verlos saltar y apoyarse en la cola para moverse tiene algo que no se cansa uno de mirar. Un momento de esos que no estaban en el plan y que se quedan grabados.


El Memorial Arch: donde empieza la Gran Ruta Oceánica de verdad

Unos kilómetros más adelante cruzamos el Memorial Arch, la entrada simbólica a la Great Ocean Road. Y aquí vale la pena parar y leer los paneles, porque lo que parece solo un arco bonito a la entrada de una carretera costera es en realidad mucho más que eso.

La Great Ocean Road fue construida por aproximadamente 3.000 soldados que regresaron de la Primera Guerra Mundial como monumento en memoria de sus compañeros caídos. La construcción comenzó el 19 de septiembre de 1919 y los trabajos se realizaron principalmente a mano, con explosivos, picos, palas y carretillas. El equipo de avanzada abría camino a través de la selva densa a un ritmo de apenas 3 kilómetros al mes. A los soldados les pagaban 10 chelines y seis peniques por ocho horas de trabajo. Varios murieron durante la construcción. En 2011 la carretera fue incluida en la lista de Patrimonio Nacional de Australia como el monumento de guerra más grande del mundo.

Hay una leyenda —no confirmada— que dice que en 1924 un carguero quedó varado cerca de Cape Patton liberando 500 barriles de cerveza y 120 cajas de licor, que llegaron a manos de los trabajadores, resultando en un descanso inesperado de dos semanas. No sabemos si es verdad, pero la imagen tiene algo de épico.

La carretera en sí cumple todo lo que promete: miradores continuos, curvas constantes, subidas y bajadas entre bosque y costa, con el Océano Antártico al fondo. Paramos en varios puntos de camino a las cascadas. La conducción es concentrada —no es una carretera para ir deprisa ni con el piloto automático puesto— pero el paisaje lo justifica todo.


Erskine Falls y Teddy’s Lookout

Bajamos por un bosque tropical precioso hasta las Erskine Falls, con una caída en un valle muy bien encuadrado. Con la luz de esa hora la foto no hacía justicia, pero en directo es un rincón que sorprende por lo verde y lo tranquilo. El recorrido es corto y con bebé no hay ningún problema.

De vuelta arriba, compramos algo para cenar y agua, y fuimos a Teddy’s Lookout, el mirador sobre la ría de Lorne. Vistas amplias, poco turismo a esa hora y un silencio que se agradece después de un día de conducción intensa. Una parada que merece mucho más tiempo del que le dimos.


Kennett River: canguros, serpientes y koalas esquivos

Llegamos al Kennett River Nature Walk ya con la tarde avanzada. El centro estaba cerrado, pero el sendero está abierto y nos adentramos a buscar koalas. Kennett River es uno de los mejores lugares de la región de Victoria para ver koalas en su hábitat natural, con una importante colonia entre los eucaliptos. Los carteles de bienvenida al camino, eso sí, no tienen mucho de acogedor: avisan de la presencia de serpientes de las más venenosas del mundo. Bienvenidos a Australia.

Los koalas no aparecieron —duermen unas 21 horas al día, así que las probabilidades no estaban de nuestro lado—, pero sí nos encontramos con una manada de canguros moviéndose con total tranquilidad por la zona. Un señor de EEUU que caminaba por allí nos dijo, sin que nadie se lo preguntara, que le avergonzaba su país. Tampoco nos sorprende en los tiempos que corren.


Llaves bajo la alfombrilla y planes que cambian

Llegamos al alojamiento justo cuando se ponía el sol. No es recomendable conducir de noche por la Great Ocean Road —la fauna cruza con frecuencia y fuera de los pueblos no hay iluminación—, así que habíamos reservado el motel con tiempo. El motel estaba cerrado cuando llegamos. Las llaves estaban debajo de la alfombrilla. Australia y Noruega a la vez.

Cenamos ensalada con pastrami, ducha y a preparar el plan del día siguiente. Aquí llegó la primera mala noticia: muchas de las rutas del Parque Nacional de Otway estaban cerradas por incendios, y tanto Gibson Steps como Loch Arch lo estaban por desprendimientos. Nos descargamos la app de emergencias local para seguir las actualizaciones y nos fuimos a dormir sin poner despertador. La peque llevaba rato durmiendo. El contador del día: kilómetros y kilómetros de Great Ocean Road, dos canguros con cría y cero koalas.


La Great Ocean Road es de esas rutas que no defraudan, pero que también tienen sus trampas: ciertos puntos cierran por temporadas o por incidencias climáticas, y conviene revisar el estado de los accesos antes de salir. Para la parte de alojamiento en ruta, nosotros buscamos por Booking y los moteles pequeños de costa tienen encanto propio, aunque los servicios son los justos. Si preferís ir en tour organizado desde Melbourne sin preocuparos de la conducción por la izquierda, Civitatis tiene excursiones de un día y de varios días con guía en español. Y como siempre, nada de esto sin un buen seguro de viaje con Hey Mondo: en Australia la sanidad es cara y la fauna, impredecible.

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