Lago Sandoval y Reserva Natural de Tambopata (7)
Lago Sandoval y Reserva Natural de Tambopata (7)

Lago Sandoval y Reserva Natural de Tambopata (7)

 

Hoy es el día fuerte de esta parte del viaje, ya que vamos a entrar en la reserva Natural de Tambopata (concretamente a la parte del lago Sandoval). Este lugar es un santuario de la fauna autóctona y una reserva de la biodiversidad, con más de 1000 especies de aves diferentes. Además, si tenemos suerte conseguiremos ver nutrias, caimanes negros, monos, garzas, grullas o guacamayos, entre otros.

Salimos después del desayuno para coger la barca que nos llevará hasta la entrada de la reserva. Durante el trayecto seguimos embobados mirando hacia ambas orillas (creo que no nos cansaríamos nunca de recorrer este río, ¡la vegetación que se agolpa en sus orillas es impresionante!). Al desembarcar, nos internamos por el margen derecho del río unos tres kilómetros hasta llegar al acceso del lago. Este camino está completamente embarrado por la lluvia de ayer y nos cuesta horrores caminar entre el barro. Incluso hay alguna caída porque el suelo está resbaladizo y las botas de goma que nos han dejado no tienen precisamente un gran agarre, aunque las agradecemos enormemente porque sin ellas estaríamos cubiertos de barro.

Por el camino vemos varios árboles que ya conocíamos, como el estrangulador, la palmera caminante o el que está repleto de hormigas. Con este último y la palmera cubierta de espinas tenemos que tener cuidado, ya que si nos apoyamos en ellas podemos tener un problema. También tenemos suerte y vemos un grupo de monos cruzando el camino por las copas de los árboles. Es increíble como nuestro guía los escucha llegar mucho antes de que podamos vernos y reconoce de inmediato de qué especie concreta se trata -la manera en que reconoce cualquier sonido de la selva al instante nos tiene maravillados-.

Hoy se han sumado a nuestro grupo se han sumado tres chicas belgas, y aunque no hemos podido hablar con ellas aún, no han empezado con muy buen pie: no paran de hacer ruido y cantar pese a que Hernán les ha dicho repetidamente que tienen que guardar silencio si quieren que veamos animales, ya que con sus ruidos los espantan. Esto es lo que menos me gusta de realizar excursiones en grupo: puedes tener suerte y dar con gente con la que te lleves bien, como la pareja que nos acompaña, o puedes dar con una panda de impresentables como las belgas, que no tienen respeto alguno ni por la naturaleza ni por nosotros, que sí queremos ver animales y disfrutar de la experiencia.

El lago Sandoval

Una vez que hemos llegado a la entrada del lago, montamos en una canoa. La salida al lago es espectacular, ya que nos encontramos con él después de avanzar entre los árboles que crecen en el río. El lago es impresionante: su inmenso tamaño es lo primero que nos sorprende. Lo segundo es el efecto espejo que el cielo produce en sus aguas. Nos sentimos como exploradores llegando a una zona inhóspita porque, para nuestra alegría, somos los únicos visitantes que hay hoy en el lago. Tenemos toda esta maravilla de la naturaleza para nosotros solos.

El único pero es que hoy hace mucho calor y el sol nos pega de lleno. Teniendo en mente que vamos a pasar varias horas de aquí, agradecemos mucho cada vez que nos aproximamos a la orilla y nos da mínimamente la sombra de los árboles que crecen en ella . Menos mal que nos avisaron ayer y veníamos preparados con gorra, protector solar, camisetas de manga larga y gafas de sol.

A pesar del calor (que hace que los animales busquen la sombra y sean más difíciles de ver), nuestro paseo es bastante fructífero, ya que vemos un grupito de nutrias gigantes comiendo y pasándoselo en grande. Son realmente enormes y verlas tan relajadas a tan pocos metros de nosotros nos deja muy impresionados. También vemos tortugas y bastantes aves. Lo mejor de todo es que vemos un caimán negro. La primera vez en medio del lago, la segunda vez asomando la cabeza a tan solo unos metros de la barca. No tenemos capacidad de reacción y le pasamos por encima sin tan siquiera tener tiempo de tirar una foto.

A media mañana hacemos un descanso para comer en un refugio cercano. Como contamos ayer, no está permitido construir dentro de la reserva, con excepción de una familia que vivía aquí mucho antes de que fuera declarada Reserva Nacional. Esta familia alquila habitaciones y ofrece su hogar a los grupos de turistas para comer. Nosotros hemos traído del lodge unos unos juanes, que un plato típico de la selva peruana consistente en una base de arroz con carne o verdura -en nuestro caso champiñón y soja al ser una de las chicas vegetariana-, envuelto en una hoja de bijao, una planta muy abundante en la zona.

Cuando acabamos de comer nos quedamos un rato descansando, lo cual agradecemos porque ahora el sol pega fuerte y necesitamos estar un rato a la sombra. Nosotros nos quedamos hablando con Hernán y el propietario del lugar, que nos preguntan cosas sobre España y diversos conflictos políticos recientes. También hablamos sobre Perú y sus proyectos personales, como la idea de Hernán de apostar por un turismo más de aventura en la selva, utilizando refugios o acampando y, sobretodo, adentrándose en la selva virgen.

Después de la pausa regresamos al lago, donde pasamos el resto de la tarde hasta que llega el momento de emprender el temido camino de vuelta por el fango. Hernán nos deja volver a nuestro ritmo mientras él amarra la barca. Nosotros le esperamos y así ponemos un poco de distancia con las belgas, que siguen haciendo ruido. Aprovechamos para que nos siga contando cosas sobre la vegetación que nos rodea. Acabamos perdidos de barro, pero muy contentos con todo lo que hemos visto. Además, casi al llegar a la salida, tenemos suerte y vemos unos capibaras, los roedores más grandes del mundo, y un atardecer precioso sobre las aguas del río Madre de Dios.

 Después de una necesaria ducha de agua fresquita vamos a cenar. El lodge se ha llenado hoy y todas las mesas están llenas, por lo que no disfrutamos de una velada tan relajada como la de ayer. Una pena, por que es nuestra última noche aquí.

Caimaneo nocturno

Cuando acabamos de cenar nos vamos de caimaneo. Somos tanto que llenamos el bote hasta arriba. La actividad consiste en recorrer el río con una linterna, buscando caimanes en sus orillas. Vemos cuatro caimanes en total, en distintas ubicaciones, aunque dos de ellos apenas son crías. Es imposible realizar fotografías por el movimiento del bote y la falta de luz, pero nos llevamos el recuerdo. Aunque, si nos tenemos que quedar con algo, es con el espectacular cielo nocturno que vemos desde la barca. Parece que las estrellas se nos cayeran encima, son increíblemente brillantes y la vía láctea se puede apreciar en todo su esplendor. No hay trípode que salve el vaivén del bote, por lo que de nuevo nos quedamos sin fotografías, pero no va a haber manera de que olvidemos en nuestra vida ese cielo cuajado de estrellas sobre las copas de los árboles que bordean el río.

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