Diario Viena, Bratislava y Budapest (4): Bratislava, la ciudad de las estatuas

 

Cogemos el tren en Wien Hbf de las 8:15 a Bratislava. El trayecto es de una hora, así que llegamos temprano a la capital eslovaca. Habíamos comprobado por adelantado que en la estación hay consignas (2€ por cada pieza de equipaje), con que continuamos con nuestro plan de dejar allí las mochilas y bajamos caminando hasta el centro, que está a unos 20 minutos.

Por el camino pasamos por el Palacio Grassalkovich, residencia del Presidente de Eslovaquia. Después seguimos hasta el centro de la ciudad. Damos una vuelta por las calles y plazas principales mientras hacemos tiempo, ya que el Free Tour empieza a las 11 en la estatua de estatua de Hviezdoslav, frente a la Embajada de USA. La verdad es que Bratislava es una ciudad pequeña, sin nada en concreto que ver, pero con bastante encanto en sus calles (que parecen sacadas de algún cuento). Nos dejamos llevar por la ciudad y probamos en un puestecillo cercano un dulce típico (orechove rozky), que es una especie de empanadilla rellena de manzana asada o nueces.

Comenzamos nuestro tour.. y desde el principio resulta ser un desastre: no sólo está sobredimensionado, si no que la guía es bastante caótica y resulta imposible seguir sus explicaciones, pues salta de una época a otra sin ton ni son, dejando las cosas a medias. Pasamos las casi dos horas del tour con la sensación de estar perdiendo el tiempo.  Básicamente, recorremos todo lo que ya habíamos visto hasta llegar a la famosa Iglesia azul, o Iglesia de Santa Isabel, situada en una zona ligeramente más retirada. Total, que no lo recomendamos (el tour. la iglesia sí 🙂

 

Aprovechamos que terminamos casi a la hora de comer para buscar un sitio que tenemos recomendado por la zona, el Slovak pub. Sin embargo, antes de llegar nos encontramos con un sitio llamado Umbría que tiene una carta de platos del día que nos llama mucho la atención, así que optamos por entrar. La carta es muy curiosa porque los platos llevan indicados los gramos, algo que nos recuerda bastante a Cuba. Los precios son de 3 – 4€, algo muy razonable: para beber, probamos la famosa Kofola, un invento de la época soviética (básicamente una coca-cola con menos azúcar, menos gas y un sabor completamente diferente). Para comer, pedimos los bryndzove pirohy -una especie de raviolis rellenos de queso y bacon muy típicos de la zona- y vyprazany, que es algo así como un san jacobo de queso (riquísimo todo)

Después de comer volvemos al centro. Hace bastante calor. Aquí, al igual que en Viena, han instalado puertas con vaporizadores de agua en las plazas para que la gente se refresque. Hay bastante ambiente en las calles (mucho más del que esperábamos),  con muchos turistas, la mayoría de los cuales parece venir de los cruceros que hay amarrados en el Danubio (al parecer, la forma más popular para llegar a Bratislava desde Viena es el barco, aunque no la más económica).

Pasamos por la Plaza Hlavne Namestie, la plaza central de la ciudad, la calle Kapitulska y vemos la estatua de Čumil, el famoso obrero de la alcantarilla. En realidad hay estatuas de lo más curiosas por toda la ciudad, pero esta es quizás la más famosa. El centro histórico es bastante pequeño y se ve en un paseo.

Sobre las 4 de la tarde, cogemos en el tranvía 1 hasta la estación de tren y recogemos el equipaje. Volvemos en el mismo tranvía aprovechando que el billete, que vale 0’9 €, tiene una duración de 30 minutos. Después caminamos hasta desde donde sale el autobús a Budapest: Most SNP no es una estación de autobuses como tal, si no, más bien, una parada que hay debajo del puente. Nuestro autobús es de Flixbus, que resulta ser un auténtico desastre de compañía, ya que llegan más de una hora y media tarde y ni siquiera nos explican por qué.

Por suerte el trayecto es relativamente corto y no se hace muy pesado. Llegamos a Budapest ya de noche. El autobús nos deja en la estación de Najbližšie Panské, desde donde cogemos un metro al apartamento. Estamos alojados en el barrio judío, muy cerquita de la sinagoga y en la misma calle del ruin bar más famoso de Budapest: el Szimpla Kert. Curiosamente, desde la habitación no se escucha un ruido.

Hoy la cosa ha sido mucho más relajada y sólo hemos caminado 15 kilómetros.