Diario de Perú, Bolivia & Chile (9): Puno, una ciudad a orillas del lago Titicaca.

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Llegamos a Puno las 5 de la mañana, después de haber descansado más de lo que esperábamos. El trayecto se nos ha pasado volando, ya que nos dormirmos nada más salir de Cuzco y no nos hemos despertado ni una sola vez en toda la noche.

Lo primero que hacemos al llegar, aprovechando que la estación está repleta de agencias y vendedores, es negociar un autobús para mañana a Copacabana y la excursión a Taquile y los Uros, que conseguimos por un total de 150 soles (incluyendo comida, entradas, traslados en taxi al puerto y la estación de autobuses). No es mal precio, pero estamos seguros de que podríamos haber conseguido algo mejor.  Simplemente es que pero estamos cansados, tenemos poco tiempo y no nos apetece estar regateando. Lo que queremos es darnos una ducha y cambiarnos de ropa.

Llegamos al hotel sobre las 5:30 de la mañana, acordando que nos recogerán sobre las 7:30 para empezar la excursión. Cuando llegamos el hotel está cerrado, pero llamamos al timbre y no tardan en salir a abrirnos. Aunque avisé por Booking de nuestra hora de llegada, no he recibido respuesta, así que no tenemos claro si nos dejarán hacer el check in ahora. Afortunadamente sí que nos dejan, algo que agradecemos enormemente porque morimos por una ducha -que es lo primero que nos damos al subir a la habitación-.

Tras descansar un rato en nuestra habitación, bajamos a sacar algo de dinero ya que nos hemos quedado sin nada después de pagar la excursión de esta mañana. Vamos un poco pillados de tiempo porque hemos tenido que esperar al desayuno, así que nos dividimos y, mientras D. va al cajero, yo me quedo esperando por si aparecen los de la excursión. Para nuestra desgracia, aparecen justo cuando D. no está y me dicen que tienen que recoger a mucha gente y que no pueden esperarnos, pero que nos vemos en el puerto. Finalmente D. llega dos minutos más tarde, sin dinero porque no ha conseguido sacar del cajero que ha encontrado (¡la comisión era tremenda!). 

Cogemos una moto taxi que por 2’5 soles nos deja en el puerto. Es un poco caótico porque hay muchísima gente y un montón de barcos -todos salen a la misma hora-, así que nos cuesta un poco encontrar el nuestro. Finalmente lo localizamos y nos subimos justo a tiempo para salir.

Las islas flotantes de los Uros

Nuestra primera parada son las islas flotantes de los Uros, concretamente la isla Corazón. Tenemos sentimientos encontrados en este lugar. Por un lado, nos parece excesivamente turístico y masificado, un teatrillo montado para satisfacer la curiosidad de los visitantes, perfectamente escenificado y, para nuestro gusto, quizás incluso sobreactuado. Por otro lado, nos resulta muy impresionante ver cómo están construidas las islas, ser testigos del ingenio del ser humano y conocer de primera mano una cultura tan interesante como esta. 

Tenemos que pensar que, aunque lo que vemos hoy día es una representación de lo que fue, lo cierto es que los Uros existieron. Hay quien incluso asegura que son la raza más antigua del continente americano. Los Uros negociaban y se casaban con los Aymara, por lo que finalmente abandonaron su lengua uro y la sustituyeron por la de los aymaras. 

Era un pueblo de pescadores, pero la base de su existencia es la totora, planta con la que construyen sus islas y hogares, de la que se alimentan y que incluso utilizan como remedio natural para la resaca. 

Las islas están construidas sobre raíces de totora, una planta acuática que crece en la superficie del lago Titicaca. Sobre la primera capa de raíces, se van sobreponiendo otras de totora trenzada.

Y, ¿por qué un pueblo de pescadores decide vivir en medio del lago Titicaca? La culpa fue de los conquistadores españoles, que empujaron a este pueblo, que originalmente poblaba los márgenes del lago, a irse a vivir a sus barcas. Después de un tiempo tuvieron una idea mejor, utilizar las plantas de totora para construir sus islas flotantes, el resto es historia.

El turismo ha traído prosperidad a los Uros y esta prosperidad ha provocado, inevitablemente, que muchos de los habitantes de las islas hayan abandonado el modo de vida ancestral de las mismas. Sería imposible, y muy hipócrita, pretender que este pueblo siguiera viviendo como sus ancestros, ignorando los ingresos que el turismo puede proporcionarles. No es la primera vez que lo vemos: los maasai tienen teléfonos móviles y cuentas de Facebook. La tecnología existe para todos, las sociedades evolucionan, incluso las más remotas, ¿no es un poco absurdo pretender que los Uros se mantengan fieles a sus orígenes mientras nosotros les fotografiamos con nuestros smartphones? Nosotros preferimos tomarnos la visita como un museo viviente, no como una realidad.

Lo que sí criticamos es el abuso comercial al que se somete a los turistas en la isla. No solo es necesario pagar una entrada, cosa normal por otra parte, sino que los precios son exageradamente elevados y se nos obliga a pasar la mayor parte de la visita en una isla que nos es más que una tienda gigante y nos parece una completa pérdida de tiempo. 

Taquile

Nuestra siguiente parada es Taquile, una isla mucho más tranquila y en la que apenas nos cruzamos apenas con ninguno de sus 2200 habitantes. Esta isla fue una de las últimas localidades peruanas en capitular frente a los españoles. Curiosamente, sus habitantes adoptaron las vestimentas campesinas que a día de hoy siguen utilizando cuando los conquistadores les prohibieron utilizar las vestimentas tradicionales Incas.

La isla de Taquile fue una prisión durante la Colonia Española. 

Aquí no hay apenas atracciones turísticas, aunque sí se pueden realizar algunas actividades. Por ejemplo, hay gente que pasa la noche en la isla, alojándose en la vivienda de alguno de sus habitantes. También hay algunos restaurantes. Nuestra ruta consiste en cruzar la isla de un extremo a otro, visitando las ruinas, aunque para nosotros lo más espectacular de esta isla son las vistas que se tienen desde ella del lago Titicaca.

Después de la caminata, de apenas una hora, paramos a almorzar una trucha, un plato muy popular en esta zona ya que la trucha es uno de los peces más abundantes del lago.

Puno

Regresamos a Puno en el mismo bote en el que llegamos, conversando tranquilamente en el techo del barco con una pareja de argentinos. Cuando llegamos a la ciudad son las 5 de la tarde y está empezando a anochecer, por lo que directamente nos bajamos en la Plaza de Armas.

Puno es una ciudad pequeña pero con mucha vida, nos sorprende el ambiente animado de sus calles y la cantidad de gente que hay en ellas. Nos quedamos un buen rato paseando por el centro, que es peatonal y tiene varias plazas muy agradables para estar. 

Como no tenemos mucha hambre y sí demasiada curiosidad, acabamos haciendo una cena de picoteo a base de puestecitos callejeros: probamos la mazamorra, que es una especie de arroz con leche con gelatina de frutas, el famoso api -una bebida caliente a base de maíz morado-, una hamburguesa al estilo peruano y, para finalizar, bajamos la comida con unos emolientes (un cóctel de infusiones digestivas).

A medida que nos alejamos de la zona turística, empezamos a ver cosas cada vez más curiosas, como una esquina de la plaza en la que un montón de gente está intercambiando cromos o una pared de la calle plagada de anuncios por palabras (alquileres, trabajos, ventas…), también vemos cines ubicados en pequeños locales comerciales y un mercadillo callejero que recorre una de las avenidas. Esta ciudad nos gusta, nos da pena irnos sin haber tenido tiempo de explorarla más.

Aprovechamos que en el centro hay varias casas de cambio para cambiar algunos bolivianos para mañana, antes de irnos al hotel a descansar.