Diario de Perú, Bolivia & Chile (13): El valle de la Luna.

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Como ya tenemos la ciudad bien vista, nos levantamos con calma y salimos del hostal rumbo a la plaza de San Francisco, donde tenemos que coger nuestro autobús con destino a Mallasa para llegar al Valle de la Luna, situado a las afueras de la ciudad. La ciudad está muy activa a estas horas. Una de las cosas que más nos sorprende es que en los pasos de peatones hay gente disfrazada de cebra ayudando a cruzar a los peatones. Según nos cuentan, es una medida que se ha implantado para tratar de mejorar el caótico tráfico de la ciudad e inculcar a los conductores el respeto por los pasos de cebra. A nosotros sin duda nos parece una medida llamativa.

Cogemos un micro bus con destino Mallasa, por 2’6 bolivianos por persona. Suelen traer los precios escritos en su interior y su funcionamiento es muy curioso, ya que llevan carteles con todos los sitios por los que pasan que van retirando a medida que avanza el recorrido, con lo que siempre es fácil saber hacia dónde van. El trayecto total es de aproximadamente una hora, debido al tráfico que hay.

El valle de la Luna

Sacamos las entradas y comenzamos la visita, que está dividida en dos itinerarios de 10 y 50 minutos respectivamente. La verdad es que el valle es espectacular: se trata de una formación rocosa donde la erosión ha consumido la parte superior de la montaña. Por poner algún símil, se podría decir que es como un desierto de estalagmitas. La pena es que está rodeado de viviendas y cuando alzas la vistas el resultado es un poco decepcionante. Es una autentica pena que no hayan mantenido en estado natural la zona porque sería una maravilla.

El precio de la entrada al valle de la Luna es de 15 bolivianos por persona. 

Se dice que el nombre se lo puso Neil Amstrong durante una visita fortuita al lugar, al encontrarlo muy similar a la superficie lunar. No hemos estado en la Luna (ya nos gustaría!) pero sí podemos decir que este lugar es increíble. Nos deja totalmente alucinados que algo así pueda estar tan cerca de una gran ciudad como es La Paz.

Una despedida agridulce

Para regresar a la ciudad, una vez hemos concluido la visita, cogemos el pumakatari 43. Los pumakatari son los autobuses públicos de La Paz y su precio es de 2’5 bolivianos. Esta vez tardamos algo menos, 45 minutos. Nos bajamos en el Mercado de Lanza, donde nos sentamos a comer en un local llamado Dulce Rosita. Hay un sitio un poco más abajo donde hay cola para entrar a comer, pero tenemos hambre y no queremos esperar tanto.  Queremos probar el famoso plato paceño, que parece ser el plato estrella del lugar y  que está en todas las cartas, así que pensamos que da igual un sitio que otro.

Nos equivocamos. Tras preguntar el precio, pedimos un plato paceño por 16 bolivianos y otro de queso humacha por 12, ambos con sopa de acompañamiento.  Cuando nos lo traen nos llevamos una enorme decepción: está excesivamente salado y en absoluto tan sabroso como imaginábamos. No es lo mejor que hemos probado aquí y es una pena porque es nuestra última comida. Además tenemos una pequeña discusión con ellos porque, pese a que el total que nos habían dicho es de 28 bolivianos, nos cobran 31 ya que deciden que el plato de queso humacha repentinamente cuesta 15 bolivianos. Sabemos que es mentira porque el resto de comensales, todo ellos bolivianos, están pagando 12, pero no queremos perder más tiempo por 3 bolivianos así que nos retiramos (Rosita, de dulce no tiene nada 🙁 ).

La ciudad desde las alturas

Nuestra siguiente parada es el mirador Killi Killi, al que llegamos en micro. El nombre de este mirador proviene de un ave rapaz que habitaba la zona y sirvió de cuartel general al cerco de la ciudad cuando los indígenas liderados por Tupac Katari acecharon la ciudad en 1781. 

Puedes llegar al mirador Killi Killi en el micro 309, que se coge en el cruce de la calle Comercio con la calle Llamacocha y cuyo precio es de 2 bolivianos. 

Las vistas desde el mirador son absolutamente impresionantes. Una panorámica de la ciudad de La Paz rodeada de montañas, con los picos nevados de los Andes al fondo. Al estar situado en el centro de la ciudad, ofrece una perspectiva diferente a la que dan los teleféricos, ya que te permite tener una visión de 360 grados, una pasada.

El mercado que se hizo ciudad

Bajamos a pie hasta la plaza de San Francisco y empezamos a recorrer mercados, o el gran mercado que es esta ciudad. Calles y calles repletas de puestos con todo tipo de objetos, vendidos por las coloridas cholitas que descansan con tranquilidad entre sus productos, muchos de ellas incluso dormidas. 

Compramos unas telas en un puestecillo de la calle y tenemos una pequeña discusión, nuevamente, porque la mujer del puesto de enfrente pretende cobrarnos una bolsa. Y es que, al parecer, sus bolsas están ubicadas en el puesto en el que hemos comprado las telas, así que cuando la señora nos ha dado las telas hemos cogido una que no era suya. No sabemos si es cierto o no, pero no tiene sentido que haya esperado hasta ahora para decirlo. Lo suyo es que hubiera protestado cuando nos ha visto cogerla, no ahora. Le devolvemos la bolsa y nos dice que no la quiere porque está usada y que paguemos. No vamos a pagar porque nos parece que nos está tratando de engañar y ya estamos un poco cansados de que todo el mundo nos tome el pelo. Finalmente, la señora que nos ha vendido las telas paga la bolsa, y se la queda.

Nos compramos una llauchas para cenar esta noche y después nos vamos al mercado de Lanza a por unos apis de despedida. Volvemos al local donde los probamos el primer día y cogemos un api con pastel especial, que es una mezcla entre empanadilla y buñuelo rellena de queso: una delicia!. Nos encanta este mercado y nos encanta la comida de esta ciudad, y no nos extraña nada que McDonalds quebrara aquí. 

Después de la merienda nos sentamos un rato más en la plaza, que está tan animada como siempre, antes de regresar al hostal. Nos da una pena enorme irnos de aquí, La Paz con su caos y sus contrastes se ha colado en la lista de mis ciudades preferidas.

De esta ciudad nos quedamos con sus mercados, con la vida de sus calles, sus puestos de comida, su ajetreo, el tráfico que a última hora de la tarde parece colapsar la ciudad, sus supersticiones y sus teleféricos (que ofrecen increíbles vistas desde las alturas y te hacen sentir como si volaras), con la amabilidad de su gente, con su delicioso api y las pintorescas cholitas. Con el Alto iluminado al caer la noche, la música y los espectáculos callejeros improvisados en la plaza de San Francisco, la inesperada calle Jaén y el sabroso mercado de Lanza, con la intensidad de una ciudad que son muchas a la vez, que avanza al tiempo que retrocede y que tiene un reloj que se empeña en llevarle la contraria al mundo.

Otra noche sobre ruedas

Ya en el hotel, nos sentamos a esperar el taxi que dijimos en recepción que nos pidieran esta mañana. Cuando llevamos un rato esperando y vemos que no vienen a buscarnos, nos da por preguntar: resulta que el chico se ha olvidado completamente de que le habíamos solicitado esto, así que sale a la calle y nos para al primer taxista que pasa. No nos gusta nada esto porque precisamente queríamos que nos lo pidieran ellos para que fuera un taxista de confianza y así evitarnos problemas, pero ya vamos mal de tiempo y no podemos esperar más, así que lo cogemos tras pactar un precio de 15 bolivianos. 

La estación es un caos absoluto: las cosas están bastante mal indicadas y hay como mil agencias, así que nos cuesta un poco encontrar la nuestra: TransOmar. Finalmente, cuando localizamos la puerta, nos sentamos a esperar mientras nos cenamos nuestras deliciosas llauchas.

 El precio de un billete de La Paz a Uyuni en bus cama es de 150 bolivianos aproximadamente.

Los asientos parecen cómodos, nos facilitan mantas y nos han asegurado que funcionan tanto la WiFi como los baños. Al poco de montarnos nos piden 2’5 bolivianos de tasa de embarque y, una vez hemos pagado todos, salimos. Sin embargo, la noche es un desastre. El conductor nos pone música de manera aleatoria durante toda la noche, impidiéndonos dormir con tranquilidad. Nos da las luces pero no pone la calefacción (aunque hace un frío horrible). Además deja los baños cerrados durante casi todo el trayecto, hasta que varios pasajeros protestamos y acaba cediendo. Obviamente la WiFi no funciona y, para colmo, hace varias paradas en las que permite subir a gente a vender cosas o pedirnos dinero, lo cual me parece terriblemente grave ya que viajamos con todas nuestras pertenencias y muchos vamos, o intentamos ir, dormidos. No me siento nada segura en este autobús, por lo que apenas pego ojo durante la noche.