Diario de Colombia (17, 18 y 19): El eje cafetero
Diario de Colombia (17, 18 y 19): El eje cafetero

Diario de Colombia (17, 18 y 19): El eje cafetero

 

Empieza nuestra primera mañana en Salento con una aguapanela caliente en nuestro alojamiento. Se nota que aquí estamos a cierta altura porque hace bastante más fresco que en la costa… menos mal que ya tenemos agua caliente, porque ducharnos con agua fría sería una tortura con este clima.

Nos tomamos unas arepas en un puestecito que hay junto a nuestra casa, muy ricas, con mantequilla y sal. La verdad es que las arepas son todo un invento. Están buenísimas y valen para todo: comida, cena, almuerzo… una maravilla.

En la plaza de Salento ya están esperando los Willys, esos 4×4 característicos de la zona que hacen las rutas más turísticas a modo de taxis. El de las 7 de la mañana ya se ha ido y el siguiente no sale hasta las 9, que es una barbaridad de tiempo, así que nos juntamos los que estamos por allí esperando y pagamos uno para todos. El precio por trayecto individual es de 4.000 pesos y salir ahora nos cuesta 40.000 pesos en total, a dividir entre los 6 que nos hemos juntado, así que ni tan mal.

El valle de Cocora

El valle de Cocora empieza a prometer nada más llegar, cuando nos encontramos con las primeras palmeras de cera de frente. Estas palmeras son el árbol nacional de Colombia y cuentan de una gran protección porque se encuentran en peligro de extinción.

El problema principal es que estos árboles tardan muchísimos años en crecer y durante todo ese tiempo cualquier cosa puede acabar con ellos. Estamos hablando de 16 años solo para germinar y luego no empezar a desarrollarse hasta los 40… y todo eso para un árbol que tiene de vida media unos 100 años. Si a esto le sumamos que durante muchos años fue típico en el país cortar palmas de cera para celebrar el Domingo de Ramos, pues ya la tenemos liada. A día de hoy está totalmente prohibido hacer cualquier daño a estos árboles y algo tan aparentemente inocuo como escribir tu inicial en su tronco te puede llevar a la cárcel. Y no podemos decir que nos parezca mal.

Empezamos la ruta sintiéndonos un poco idiota con las botas de agua que nos han alquilado en nuestro alojamiento, sobre todo viendo a personas que van en mocasines, pero bueno… la primera parte es la zona de las palmeras, lo que se conoce como el Bosque de las Palmas. El acceso cuesta 5000 pesos por personas y se trata de un sendero en subida, pero amplio y bien trazado, sin ninguna complicación y con varios miradores en el trayecto. Muy asequible.

Al llegar a la finca La Montaña la cosa se complica. Nos dice un señor que está por allí trabajando que atravesar esa zona del sendero está prohibido bajo pena de multa, y de hecho en los carteles dicen que se necesita un permiso especial para hacerlo… pero ni nos dijeron nada abajo, ni nos dijeron nada en el alojamiento, el sendero aparece en el mapa oficial, no paran de venir personas en el otro sentido y dar la vuelta es perder una cantidad tremenda de tiempo que no tenemos. Una pareja argentino-colombiana hace una llamada a Parques Nacionales y no le dan una respuesta negativa, parecen no tener claro que esté prohibido…así que nos aventuramos por el sendero.

Ya el camino empieza a no ser tan fácil. El sendero deja de ser un trazado amplio, aparecen las primeras piedras, los primeros ríos y unos puentes muy precarios para cruzarlos… las botas de agua ya no nos sobran, más bien nos están pareciendo muy prácticas.

El siguiente punto es la Casa de los colibrís, que es un desvío realmente de la ruta principal pero que merece mucho la pena porque ver a estos pájaros en plena acción es una pasada y los colibrís únicamente se pueden ver en Sudamérica, así que es una oportunidad que no hay que desaprovechar. Aquí nos dan, previo pago de 15.000 pesos, una taza de chocolate y un trozo de queso. Lo típico es mojar el chocolate en el queso y así lo hacemos. Aproximadamente mil fotos de colibrís más tarde, salimos.

El resto de la ruta ya se vuelve una locura absoluta. Barro por todas partes, unos caminos que son tremendamente escabrosos y ríos que hay que cruzar a pie, más por supuesto todos los puentes que cada vez están peor. ¡Benditas botas de agua! ¡Y menos mal que estamos haciendo esta zona en bajada! El resto de la gente que no lleva botas de agua están ya con las zapatillas hasta arriba de barro o haciendo auténticos malabarismos para no mancharse. A la mujer de los mocasines ni se la espera en esta zona, claro está.

Al acabar la ruta toca pagar otros 5000 pesos para salir. Hemos tardado en hacer los 14 km de la misma unas 8 horas aproximadamente.

Agotados, nos vamos a comer a un sitio llamado «Donde Juan B», recomendado por nuestro amigo JD. Nos vamos con la pareja que conocimos en la Casa de los colibrís y otro español con el que hemos ido en el willy esta mañana. La comida resulta estar deliciosa (los patacones aquí son como más finos y crujientes y están increíbles). Lo típico en esta zona es la trucha, que está también de impresión. Un acierto este lugar, desde luego.

Para regresar a Salento vemos que la cola de los willys es iterminable pero, afortunadamente la pareja con la que hemos cómido & caminado sí consiguieron alquilar coche y nos acercan. Además, hablando con ellos, llegamos a la conclusión de que podemos cuadrarnos mutuamente bastante bien mañana: ellos tienen coche pero no tienen ni idea de qué pueden visitar en la zona, nosotros tenemos un itinerario hecho pero nos falta el coche… así que nos ponemos de acuerdo y decidimos hacer la ruta del día siguiente juntos, pagando nosotros la parte del alquiler que corresponde 🙂

El eje cafetero

A la mañana siguiente nuestros nuevos amigos nos esperan en la plaza, así que tras coger nuestras respectivas arepas en el puestecillo del día anterior, allá vamos. Nuestra primera parada es Circasia, un pueblecito estilo Salento, con sus fachadas de colores. En realidad, todos los pueblos de la zona son por el estilo. Cuando se produjo el gran terremoto de Armenia en 1999 muchos de estos pueblos quedaron destrozados. El Gobierno de la época repartió 1,6 billones en la zona, con la idea de que los vecinos rehabilitaran y mejoraran sus casas. Así lo hicieron y las pintaron de los colores que ahora conocemos, convirtiendo así la zona en uno de los destinos turísticos más importantes del país.

La siguiente parada se supone que va a ser Calarcá, pero al llegar vemos que es una ciudad sin mucho que ofrecer, más que un pueblecito, así que decidimos seguir con la ruta. La otra pareja tiene ganas de ver el Mariposario, pero a nosotros nos parece excesivamente caro (50.000 pesos) y ya hemos estado en bastantes mariposarios, así que decidimos cogernos una buseta para ir a Armenia con la idea de visitar a la madre de nuestro amigo JD. Sin embargo, al llegar a Armenia nos encontramos con que la mujer ha salido y no puede quedar con nosotros, así que aprovechamos para recorrer la ciudad: Armenia es una ciudad de tamaño mediano, con mucha animación y bastante tranquila si no te sales de determinadas zonas. La verdad es que está agradable para dar un paseo. Especialmente porque nos volvemos locos probando cosas, todo sea dicho: Desde una limonada de coco -que son una cosa increíblemente deliciosa- a un jugo de borojo para beber. Para comer, compramos buñuelos de queso -que no conseguimos explicarnos cómo no habíamos probado semejante delicia antes-, pan de bono y un cremoso de queso y bocadillo, que viene a ser un helado de queso y guayaba y que nos encanta. Total, que otra vez que no comemos.

Cuando acaban con el mariposario, vienen a recogernos y nos vamos todos a Pijao, que es un pueblecito precioso, muy parecido al resto pero como con más encanto porque no hay turistas y parece todo bastante más auténtico. Subimos al mirador que hay donde los bomberos, desde donde tenemos una panorámica preciosa del lugar.

La siguiente parada es Córdoba, que es otro pueblecito similar a los anteriores y menos turístico aunque Pijao, aunque tenemos que decir que Pijao es el que más bonito nos ha parecido de todos. De camino paramos en la entrada de Buenavista, desde donde se puede ver un paisaje espectacular.

Nuestra idea es llegar hasta Filandia y el mirador del Quindío, pero de camino pillamos un atasco tremendo por culpa de la báscula de vehículos de la carretera y se nos hace de noche, por lo que ya no tiene mucho sentido ir y decidimos regresar a Salento. Nuestros amigos nos dicen que ellos estuvieron ya en Filandia y que no deja de ser más de lo que ya hemos visto. Menos mal porque no nos da tiempo ya a ir a este pueblo.

En Salento subimos al mirador, donde probamos el cortado de leche, y luego bajamos ya al alojamiento para cambiarnos antes de salir a cenar. La verdad es que Salento es un pueblo tremendamente agradable que equilibra bastante bien la parte turística, así que da gusto pasear por sus calles. Nos parece un acierto habernos quedado aquí alojados.

Una finca cafetera

Nuestra última mañana en Salento la empezamos con nuestras arepas habituales. Ya se conocen el encargo, así que nos lo preparan sin necesidad de decir nada.

Los willys que van a la finca cafetera cuestan 3000 pesos por trayecto y salen cada dos horas, también a la vuelta. Hay muchas fincas para visitar, aunque algunas son más famosas y visitadas que otras. Todo el mundo nos ha hablado de la misma, «El Ocaso», pero por lo que sabemos en esta finca no se hace todo el proceso de manera tradicional y no es lo que buscamos. Alguien la define como el «McDonalds» del café. Nosotros, orientados por el propietario de nuestro alojamiento, que hasta la fecha ha sido infalible con sus recomendaciones, decidimos ir a «La Arzacia».

Es una finca pequeña a la que solo llegamos nosotros dos y otra pareja que se aloja donde nosotros, así que han recibido la misma recomendación. Es una finca familiar, donde se hace todo de manera artesanal.

El proceso del café es muy interesante: Primero se planta la semilla, como es obvio, se dejan crecer los plantones que se van trasplantando a medida que crecen hasta que están listos para el cultivo. Una vez empiezan a producir café, se retiran las semillas cuando están de color burdeos y se seleccionan manualmente. Las semillas que tienen mejor pinta son las que se destinan al mercado internacional y las que están peor son las que se destinan al consumo local. Sí, es curioso pero es así, el peor café colombiano se toma en Colombia.  Es cierto que nos cuentan que hay mucha parte de la producción «buena» que se destina a consumo interno, principalmente para sitios turísticos y venta, pero el café de día a día, el que se consume en las casas colombianas, es el «peor».

Las semillas se separan de la vaina con unos aparatos diseñados para ello, se remojan en agua para limpiarlas y después se dejan al sol para secarlas en secaderos especiales. Tras todo ese proceso, se tuestan en función de la intensidad que se desea que tengan, se muelen y se prepara el café. Nosotros tenemos la oportunidad de tomarnos dos tazas, todo incluido en los 20.000 pesos que cuesta la visita, así que quedamos encantados con todo, las explicaciones, la finca, el café y la experiencia. Encima al acabar hay un willy esperándonos en la puerta para llevarnos de regreso a Salento, así que perfecto.

Al llegar a Salento nos vamos al mirador: nos lo estábamos guardando para el final y no nos decepciona.. ni la vista para el propio pueblo, ni la que hay abajo, hacia el otro lado, mirando hacia las montañas y el valle. La verdad es que esta zona inspira una tranquilidad maravillosa.

Bajamos y vamos a dar una vuelta por el pueblo, paseándolo con calma, y aprovechamos para comer algo (otra trucha bien rica, con sopa, queso rebozado.. muy rico). A las 15:00 sale nuestra buseta para Pereira, y de ahí cogemos un taxi el aeropuerto. Nuestro último vuelo interno en Colombia sale, increiblemente, puntual y nos lleva a la última parada del viaje: Medellín.