Diario de Colombia (14, 15 y 16): El desierto de la Tatacoa
Diario de Colombia (14, 15 y 16): El desierto de la Tatacoa

Diario de Colombia (14, 15 y 16): El desierto de la Tatacoa

 

Nos despertamos en Riohacha con una mala noticia: algo ha sentado mal a D, que está con la tripa hecha polvo.  Como no se encuentra muy bien, salgo yo sola a buscar el desayuno. En la plaza Bolívar (en todos los pueblos de Colombia hay una) han montado una especie de mercadillo de agricultores, así que cojo un queque, una almojábana y unas piezas de maracuyá que me tomo en un banquito tranquilamente. David viene al rato, con mejor cara.

Damos una última vuelta por esta ciudad, que por cierto es la ciudad de nacimiento de los padres de Gabriel García Márquez y por eso aparece en Cien años de soledad, cosa que me gusta especialmente y que me hacía mucha ilusión. No es que haya nada del escritor por aquí, o de Macondo, pero no deja de ser curioso estar en un lugar que aparece en una de tus novelas preferidas.

Volando voy…

Nos vamos para el aeropuerto en taxi, cómo no, para dirigirnos a nuestro siguiente destino. Nos toca hacer escala en Bogotá y además volamos con dos compañías distintas: Avianca para el trayecto de Riohacha a Bogotá y Easyfly de Bogotá a Neiva. Los aviones  de Easyfly son como de broma, muy pequeños y con apenas 12 filas de asientos, dos a cada lado del pasillo, aunque siempre que hemos volado con ellos han ido llenos.

El primer vuelo sale a su hora y llegamos a Bogotá a tiempo. Posiblemente El Dorado sea el aeropuerto que mejor conocemos del mundo, después de la cantidad de veces que lo hemos visitado este viaje (y la cantidad de tiempo que hemos pasado en él). Tenemos oportunidad de disfrutarlo bien porque nuestro vuelo a Neiva se retrasa unos treinta minutos. Hace un frío que pela en el aeropuerto, así que el tiempo de espera es una penitencia.

Llegamos a Neiva bastante de noche con la tontería. Menos mal que cambié la idea inicial de ir directamente a Villavieja al llegar porque es tardísimo y va a ser imposible encontrar transporte. Bueno, seguramente pagando lo suficiente sí se consiga, pero qué necesidad.

Neiva

Llegamos al hostal que tenemos reservado desde hace meses con Booking y… sorpresa, no tiene habitaciones libres. No damos crédito. Además que nos lo dicen con una dejadez increíble, como si fuera algo que les sucede a diario. No nos dan ninguna solución, obviamente, y ni siquiera nos ofrecen una disculpa. Simplemente nos despiden y nos dicen que no pueden ayudarnos. Tremendo.

Volvemos a coger el taxi que acabábamos de dejar y le pedimos que nos lleve a buscar hoteles. Vamos a un par de sitios, donde tienen todo completo, y al final acabamos encontrando habitación en un hotel que nos sale algo más caro que lo que teníamos inicialmente pero tampoco es que estemos para elegir.  Cenamos, o mejor dicho ceno, en un puesto de hamburguesas de la calle y nos acostamos.

Rumbo al desierto

A la mañana siguiente, tras el desayuno, nos viene a recoger el taxista del día anterior para llevarnos a la terminal terrestre. Allí cogemos la buseta para Villavieja que, por suerte, cuando llegamos ya está a falta de un pasajero y no tarda demasiado en salir. Las busetas son pequeñas, tendrán capacidad para unas 12 personas aproximadamente y, aunque tienen horas fijas de salida, normalmente suelen demorarse hasta que se llenan.

Llegamos a Villavieja y cogemos una mototaxi para que nos lleve hasta nuestro alojamiento que, por cierto, sí tiene hueco para nosotros pero nos reconocen que no tenían anotada la reserva ni nada porque les escribe mucha gente preguntando que luego no aparece. Alucino bastante con este asunto pero bueno, tenemos nuestra tienda de campaña disponible y, además, no hay nadie más alojado esa noche por lo que tenemos también los baños para nosotros solos.

En el desierto lo que se lleva son los estaderos, una especie de granjas abiertas en las que se pueden alquilar carpas, hamacas o, en algunas, también habitaciones privadas. Una especie de rancherías o, para que nos entendamos, unos camping. Algunos también te alquilan las carpas para que las pongas donde tú quieras… y vemos a gente que las coloca al borde del mirador de desierto, a ver si con suerte hace aire por la noche y se caen dentro.. .vaya ideas, en fin.

El desierto rojo

El desierto es impresionante, nos encanta nada más verlo.  Lo tenemos a cuatro pasos del alojamiento y, curiosamente, gran parte del mismo pertenece a la familia de nuestros anfitriones. Se nota que el turismo aún no ha explotado aquí: lo primero porque las infraestructuras dejan bastante que desear y segundo porque no vemos demasiados visitantes durante nuestra estancia. Y se agradece, la verdad, es un lugar increíble, bellísimo e hipnótico.

Esta es la segunda zona árida más extensa de Colombia. ¿Adivináis cuál es la primera? Exacto, La Guajira. En realidad no es un desierto, es un bosque seco tropical. Vamos, que en su día esto estuvo repleto de plantas, como el Tayrona, pero se secó y ahora queda esta especie de serpiente roja… que por eso los españoles lo llamaron Tatacoa, por la serpiente de cascabel.

Empezamos la ruta con el propietario del estadero, que nos hace una minivisita guiada. Probamos el fruto de los cactus de la zona, una especie de guindilla fuxia que por dentro recuerda al maracuyá y que, ojo, solo se puede probar porque en grandes cantidades es tóxica. Luego recorremos la zona del laberinto y nos vamos hasta la de los miradores. Ahí nos quedamos solos haciendo el recorrido de regreso.

Entre lo que hemos recorrido solos y acompañados, el paseo nos habrá llevado como unas dos horas, más o menos, haciendo multitud de fotos y llegando incluso a perdernos en la zona de laberinto (es facilísimo perderseee!). Luego vamos a almorzar, que por cierto menudo almuerzo de lujo nos preparan, para por la tarde ir al desierto gris en mototaxi.

El desierto gris

Al desierto gris, o Los Hoyos, tardamos una media hora en llegar en mototaxi. Es una zona similar a la del desierto rojo, pero de color grisáceo y, claro, menos resultona. Aunque nos encantan unas curiosas formaciones llamadas por los locales «Congreso de fantasmas». Y es que uno mirándolas podría pensar que se trata de cientos de fantasmas reunidos y cubiertos por sus sábanas.

El paseo por este desierto nos lleva como otra hora y nos perdemos un par de veces también, las indicaciones son bastante reguleras y hay partes en las que parece que el sendero va por un lado pero en realidad va por otro mucho menos intuitivo. Por suerte siempre aparece algún grupo con guía para reconducirnos.

Regresamos al estadero, no sin antes parar en el Zoológico de piedra, un mirador desde el que uno puede ver (echando imaginación) varias formas animales en las formaciones rocosas de la zona… y nos vamos a ver el atardecer en los miradores de desierto rojo.  El cielo está nublado y no sabemos si podremos ver alguna estrella esta noche.

Para cenar, otra comida espectacular: deliciosos tamales del desierto. Nos encanta la cocina de este lugar.

Un cielo sin estrellas

Por la noche nos vamos al Observatorio Astronómico Astrosur, que es el que nos han recomendado porque es el más enfocado a la astronomía. Al parecer el otro va más en el camino de la astrología. La verdad es que no se ve ni una estrella porque las nubes están a tope, pero el profesor que da la charla se defiende de una manera admirable. Es fascinante su manera de explicar una ciencia tan compleja de una manera tan didáctica y asequible. Nos quedamos embobados escuchándole hablar, aunque solo veamos su láser apuntar sobre las nubes el lugar donde deberían estar planetas, estrellas y galaxias. Nunca hubiéramos imaginado que una observación nocturna de estrellas sin ver ni una sola de ellas pudiera ser tan apasionante.

Un amanecer pasado por agua

A la mañana siguiente nos levantamos para ver el amanecer… pero justo cuando llegamos al mirador del desierto rojo, rompe a llover. Y lo hace con muchísimas ganas. Todo se vuelve un barrizal increíble, tremendo, nos ponemos las zapatillas hasta arriba de barro…¡otra vez! Menuda pesadilla, todavía no tenía el otro par seco y ahora se me han empapado estas.

Regresamos al estadero calados y cubiertos de barro, por suerte nuestra carpa está bajo techo y nuestras cosas limpias y secas… no podemos decir lo mismo de los que acamparon al borde del mirador, me temo.

Nos cambiamos y recogemos las cosas, acaba de pasar la buseta que va a Neiva y nos ha dicho que a la vuelta nos recoge porque el camino está imposible para las mototaxi. Cuando estamos ya para salir, llega una mototaxi y nos dice que no, que nos lleva él. Le decimos que hemos quedado con la buseta pero dice que ya está aclarado, que esta zona es de las mototaxis y que no pueden quitarles así el negocio… nos da un poco de mal rollo por si la mototaxi no es capaz de llegar, pero al final sí que lo consigue. Y en Villavieja está esperando la buseta, que sale según llegamos y va recogiendo al resto de pasajeros por el camino. En un golpe de suerte, resulta que el resto de los pasajeros también van al aeropuerto, por lo que a cambio de una propinilla nos deja directamente allí y nos evitamos tener que estar buscando taxi.

Más aeropuertos

Volvemos a hacer escala en Bogotá y esta vez el retraso es doble. Han cerrado una pista de El Dorado por un cambio de luces y todos los vuelos llevan retraso. El de Neiva a Bogotá se nos retrasa una hora y el de Neiva a Pereira algo más. Estupendo. Para colmo, llamamos a la compañía de alquiler de coches con la que reservamos un vehículo hace más de dos meses y nos dicen que no tienen coches disponibles. Que tienen nuestra reserva pero que no hay coches. Y se quedan tan panchos.

Así que pasamos el resto del tiempo entre vuelos tratando de solucionar el problema. Y aquí tenemos que decir que nos encontramos con bastante ayuda inesperada. En primer lugar, un amigo colombiano de D que vive en Reino Unido pone a nuestra disposición a su familia en completo, afincada en Armenia. Por otro lado, unos pasajeros del vuelo que nos escuchan y que también tiene familia en Salento, empiezan a hacer llamadas para tratar de buscarnos una solución.

Las noticias no son buenas: no quedan coches de alquiler en la zona y los autobuses para ir de Pereira a Salento acaban a las cinco de la tarde… y no llegamos a tiempo. Nos toca ir a Armenia y desde allí tratar de coger el último bus a Salento, que es a las ocho. Lo vemos difícil.

Un golpe de suerte

La situación es la siguiente: vamos a realizar un intento de coger el último autobús desde Armenia a Salento, pero ya son las 7 pasadas y se supone que sale a las 8, así que entre llegar y demás… tenemos los dedos cruzados para que lleve cierto retraso, cosa que tampoco sería tanto de extrañar aquí. El plan b es quedarnos a dormir en Armenia, en casa de la madre de un buen amigo que, aunque está en UK y allí ya son las tantas, está haciendo todo lo posible por ayudarnos (Gracias, JD!). El plan c es coger un taxi desde Armenia a Salento, que nos han dicho que desde allí cuestan como la mitad que desde Pereira porque no hay peaje y el trayecto es más corto… aunque nos han contado algunas historias sobre taxis que hacen que no nos apetezca mucho coger uno para un trayecto tan largo, de noche (y el taxista que nos ha traído hasta la terminal no ha ayudado mucho).

Llegamos a la estación y nos ponemos a la fila del mostrador donde venden los pasajes a Armenia. Mientras, yo me acerco a preguntar si por casualidad aún queda algún autobús que vaya hacia Salento directamente. Y entonces tenemos un golpe de suerte. Uno de los guardias de seguridad  me señala a una pareja y me dice que ellos también están buscando transporte a Salento. Me acerco a hablar con ellos, son franceses y van a pedir un Uber. El problema del Uber es que cuesta la friolera de 130.000 pesos y que no queríamos ir los dos solos, pero a mitad de precio y siendo 4 la cosa ya cambia. Nos venimos genial mutuamente porque los franceses no hablan nada de español y están teniendo problemas para conseguir un uber al no conseguir hacerse entender, así que les resolvemos ese tema en un segundo.

Por cierto, Uber en Colombia es «alegal». No está legalizado, pero tampoco prohibido… con todo, son bastante discretos. Te suelen pedir que si os para la policía digáis que sois amigos y cosas así. Para ciertas cosas es más seguro que un taxi porque la aplicación registra quién te recoge e incluso avisa a quien tú digas, por lo que es interesante usarlo en casos como este, en los que vas a hacer un trayecto largo de noche. A veces es más barato que un taxi, pero a veces no. Por ejemplo para esta ruta los taxis nos pedían 150.000 pesos, 20.000 pesos más que el uber.

Llegada a Salento

Por fin llegamos a Salento. Nuestro alojamiento se llama Art Vélez y es una casa típica de la zona. La verdad es que el sitio está chulo y el propietario es una persona muy agradable. Nos enseña su colección de objetos antiguos, entre los que hay juegos de mesa con más de cien años, como un Monopoly de principios del siglo pasado en versión colombiana. Una pasada. Además nos cuenta cosas bastante interesantes sobre la zona y sobre el valle de Cocora, que visitaremos mañana…. y nos da una recomendación que resultará fundamental: llevar botas de agua.