Diario de Irán (8): Una noche inolvidable

 

Hoy nos espera un día completo. Hemos contratado una excursión con conductor con el hostal, a la que vamos acompañados de una pareja de turcos a los que convencimos ayer de que se sumaran al grupo para así ahorrarnos costes.

Castillos y peregrinos

Nuestra primera parada es Kharanaq, un pueblo con unos tres mil años de antigüedad que tiene un castillo que, curiosamente, fue construido por los comerciantes del lugar para protegerse de los ladrones, ya que estaban en plena ruta de la seda.  En este pueblo hay una pequeña mezquita que solo tiene un minarete, nuestro guía nos cuenta que al principio los minaretes se usaban como si fueran faros, para orientar a los viajeros, por eso solo había uno. Más tarde, pasaron a ser dos y a usarse en las mezquitas.

La siguiente parada es Chak Chak. Es un lugar curioso porque realmente no tiene nada, es una cueva sagrada para el Zoroastrismo, en torno a la cual se han construido varios edificios destinados a albergar peregrinos… pero no deja de ser interesante la historia y, sobre todo, lo relativo a esta religión. No en vano, este lugar el el más importante para los peregrinos de esta fe. Hay unos cuatrocientos mil zoroastras en el mundo, de los cuales unos quince mil viven en Irán y al menos cuatro mil en Yazd. La peregrinación se realiza en junio y vienen peregrinos de todo el mundo aquí, donde se alojan. El lugar se llama Chak chak porque es el sonido que hacen las gotas del techo de la cueva al caer.

 

En el interior hay una llama que nunca se apaga, ya que los zoroastras rezan a la luz. Al sol durante el día y al fuego durante la noche. Esta es una de las primeras religiones monoteístas del mundo, con unos cuatro mil años de antigüedad. Era la religión oficial de la dinastía sasánida y también de los grandes reyes Aqueménidas. Ciro, Darío, Jerjes… todos ellos eran zoroastras, aunque permitían libertad de culto. De hecho, en Persépolis se pueden ver muchos símbolos del zoroastrismo. 

Curiosamente, los persas en principio creyeron que los zoroastras adoraban el fuego pero, más tarde,se descubrió que lo que adoraban era la luz. El nombre viene del profeta Zaratrusta, cuyo significado es estrella dorada y los cuatro elementos que se veneran son el fuego, el aire, el agua y la tierra.

Lo más impactante de esta religión es lo que hacen con sus muertos. Cuando alguien fallece, su cuerpo se coloca en lo alto de la montaña para que se lo coman los buitres, en unos lugares conocidos como Torres del Silencio. Estas torres deben estar apartadas de las ciudades, de las fuentes de agua y de los campos de cultivo, con el fin de evitar enfermedades. Si no hay montañas cerca también se pueden hacer en lugares planos y no es difícil ver alguna cuando se viaja a Irán. 

Hoy día la tradición está en desuso porque no hay apenas buitres que se coman los cuerpos aunque, según nos cuentan, hasta hace apenas 50 años se practicaba en Yazd. 

Castillos y palomas

La siguiente parada es Meybod, una ciudad que cuenta con uno de los castillos más antiguos del país, llamado Narin Ghaleh y que data de la dinastía sasánida. También visitamos el Shah Abbasi Caravanserai y la Ice House, que es una construcción muy curiosa. Lo que hacían era llenar de agua el suelo de la plaza contigua en invierno, durante la noche. Esperaban a que se congelara y, después, picaban el hielo y lo almacenaban en la Ice House. De esta manera conseguían tener hielo para todo el verano. 

Paramos también en la Torre de las Palomas, un sitio que a priori no nos parece que merezca la pena visitar, pero por insistencia de nuestro guía acabamos entrando… y menuda sorpresa. El lugar es una pasada, el juego de luces del interior es alucinante. Se trata de una torre diseñada por los granjeros de la zona para conseguir atraer a las palomas y así generar fertilizante. Es un diseño que tiene unos 400 años y nos parece una genialidad… eso sí, no nos gustaría ser el que tiene que recoger el fertilizante. 

Después de la excursión regresamos a Yazd, hoy es festivo y nos cuesta encontrar un sitio donde comer. Acabamos en un kebab en el que nos cuesta horrores explicar qué queremos… y eso que tienen cuatro platos y dibujos en la carta XD.

Fiesta en la Housseyniyeh

Después de comer vamos a un tejado que hay sobre la librería Rafieian Old House. Normalmente la entrada cuesta 50.000 riales, pero a la propietaria le caemos en gracia y nos deja subir de manera gratuita. 

De ahí nos trasladamos a la Heyrani House, a la que llegamos casi de casualidad y nos encanta. Es una antigua casa tradicional que los jóvenes de la ciudad han reconvertido en una galería con distintos puntos: una cafetería, una tienda de alfombras, de ropa, una exposición permanente de pinturas… muy curioso y, sobre todo, bonito porque tiene una torre de viento inmensa. Además, hay varios grupitos de jóvenes reunidos tomando algo y muy buen ambiente.

Al salir nos para un chico. Nos cuenta que hay una celebración en una Housseyniyeh cercana. Al parecer hoy es festivo porque se conmemora la muerte del profeta y en este lugar, que es más un sitio para reuniones y ceremonias que una mezquita, están haciendo un evento. El nombre viene del profeta Houssein, uno de los sucesores de Mahoma y muy importante para el Chiismo porque toda su familia murió por el Islam.

Al entrar nos quedamos mudos. Hay mucha gente porque en esta ciudad la gente es muy devota. El chico y D se van hacia la izquierda y yo hacia la derecha, a la zona de mujeres (estamos separados por una pequeña tela, aunque nos sentamos juntos). No puedo ni explicar la sensación que tengo al llegar y verlas a todas ahí, con su chador negro, mirando al frente. Por un momento pienso que me van a decir algo, que no pinto nada aquí, con mi hiyab mal puesto y mis vaqueros… pero entonces me fijo mejor y veo que me están sonriendo, que me saludan, que me invitan a sentarme. Y, extrañamente, en este lugar, rodeada de desconocidas, me siento bienvenida.

De inmediato nos traen un té y unas pastas. Un hombre, que al parecer es un tipo importante en la comunidad, se acerca a D para agradecerle que estemos ahí. A mí no me dejan de traer pastas. Y té. Y más pastas. Las mujeres se acercan a mí. Me saludan, me piden selfies. Hago fotos sin problemas, muchas de ellas incluso me piden que las fotografíe. Es increíble, no damos crédito. Nos están tratando tan sumamente bien, haciéndonos sentir casi en familia, que incluso nos emocionamos. 

En un momento dado, la cosa se intensifica. El mulá está recitando y los hombres comienzan a golpearse el pecho repetidamente. Algunas mujeres lloran y el ambiente es un tanto intenso. Nuestro amigo nos explica que están lamentando la muerte de profeta y también la de dos miembros de la comunidad que fallecieron recientemente, y cuya familia ha financiado el evento a modo de homenaje. 

Nos sentimos muy afortunados de poder estar viviendo esto, de sentirnos tan bienvenidos e integrados, de que nadie nos haya puesto ni una sola mala cara, más bien todo lo contrario… es algo indescriptible. Llevamos años viajando, pero nunca habíamos sentido algo así. 

Cuando decimos que nos vamos, varias personas se despiden de nosotros y, de nuevo, nos dicen que ha sido un honor tenernos aquí hoy. Estamos muy emocionados.

Una shisha y mucho amor

A la salida hay mucha, muchísima gente. Todos nos saludan y quieren hablar con nosotros. Están repartiendo café y nos insisten para que tomemos uno. Un grupo de chavales para a D para pedirle fotos y, mientras espero, un grupo de mujeres me pide que me siente con ellas.

Son mujeres de distintas edades y niños. Me sonríen y me tratan de hacer las preguntas típicas, que ya me sé y no me cuesta adivinar: mi edad, de dónde soy, si D es mi marido, si me gusta su país. Son muy amables conmigo y me piden que nos hagamos varias fotos, una de ellas incluso me abraza. Luego nos traen un faloodeh para cada uno y nos empiezan a decir algo de un coffee shop. 

Son tan encantadoras que decidimos seguirlas. Nos llevan por las laberínticas calles de Yazd, de noche, sin que sepamos a dónde vamos. Por el camino nos van parando para hacerse fotos con nosotros, muertas de la risa. Están encantadas. Comento con D que en cualquier otro lugar estaríamos con todos los sentidos alerta, pero aquí estamos totalmente relajados. Es Irán, tiene un no sé qué que te hace confiar en su gente. Se les ve en la cara una bondad que se contagia. 

Llegamos a una casa con un patio interior, la típica construcción de aquí. Curiosamente hemos pasado antes por aquí buscando un sitio donde cenar, pero nos hemos ido pensando que era una casa particular. Pues resulta que no, que es una especie de restaurante pero tan local que a nosotros solos nos costaría un mundo pedir. Las señoras nos traen la carta y nos dicen que pidamos. Como estamos hasta arriba de galletas, café y demás, optamos por una shisha. Es muy divertido porque el chico intenta traducirnos los sabores con el móvil, pero salen frases de lo más raras como «cabeza de cerdo» o «corazón de papel». Al final le decimos que elija él. O algo así, no lo tenemos claro porque aquí nadie habla inglés… pero nos traen la shisha, que  compartimos con una de las chicas más jóvenes.

La escena es pintoresca, nosotros allí sentados con toda esta familia, los niños, las abuelas, las madres… todas sonriéndonos todo el rato, haciéndonos fotos, ofreciéndonos cosas de comer diversas que llevan en el bolso. También va apareciendo gente, sospechamos que han estado avisando a familiares y amigos. Vienen algunos que chapurrean algo de inglés, aunque no mucho. Conseguimos medio entablar una conversación. Les enseñamos las fotos que hemos tomado hasta el momento. Estamos encantados, es un momento muy especial. Estar ahí, sin un idioma común, pero compartiendo un momento tan mágico… y ver qué sencillo puede llegar a ser todo. Que nuestras culturas no pueden ser más distintas, que no podemos ser más diferentes y que, sin embargo, basta con una sonrisa para derrumbar todos los prejuicios. Esto es Irán, un país que derrumba todas tus barreras, que te enseña que lo que importa son las personas… ni banderas, ni idiomas, ni religiones. Creo que esta es la noche en la que entendemos que este viaje nos va a dejar una huella mucho más profunda que ningún otro. Irán tiene de todo: cultura, paisajes, gastronomía, historia… pero tiene algo, algo que lo hace inmenso: su gente. La gente de aquí es increíble, te recuerda todo lo bueno del ser humano, todo lo bueno de viajar, te hace querer ser mejor persona, mejor anfitrión, mejor viajero. Irán nunca será solo un país para nosotros, no después de esta noche. En Irán nos dejamos un trocito de nuestro alma hoy, aquí, en una calle cualquiera de Yazd. 

Escúchanos

Si te apetece escuchar cómo vivimos este día, contado aquella misma noche, puedes hacerlo en nuestro podcast Otoño en Persia